viernes, 1 de octubre de 2010

Steven no tiene un bolso negro en su placard, pero mi mujer sí

La cámara lo enfocaba de frente, Steven montado en su camioneta “Cadillac Escalade ESV” junto a su equipo de élite policial, monologaba con una escopeta en la mano y sin enfocar su mirar a la lente de la cámara. Desde otro ángulo, una segunda cámara divisaba a dos muchachos de color caminando por las calles de Louisiana, y éstos al ser interceptado por el "gordo" Seagal y su grupete de gorilas arrojaban un papel al suelo.
El fundido de la imagen en negro dio inicio a la tanda publicitaria, me levanté de un envión de la cama y asenté los pies sobre el suelo, tomé de la mesita de luz el atado y encendí un cigarrillo ha espera de que comenzara el episodio siete de Steven Seagal Lawman por la televisión.
Estando sentado en el borde de la cama con el cigarrillo en mis labios, miré el bolso negro que se encontraba guardado en un rincón del placard, ella no me decía nada y yo notaba su mirada profunda e intranquila sobre mi nuca. Por el silencio y la rigidez que percibía detrás de mí, me daba cuenta que ella pensaba que armaría un escándalo si no veía lo que había dentro del bolso.
Sonreía ante la situación y recordaba, mientras el fulgor del televisor impactaba sobre el parietal derecho de mi cara, que la segunda vez que la vi a ella llevando el bolso negro de las manijas rellenadas de goma espuma, con la insignia de General Paz Juniors, fue cuando nos mudamos al departamento de bulevar Illia en el barrio de Nueva Córdoba. Pero la primera vez, fue cuando la conocí en el camping municipal de Mina Clavero un día de enero donde acampábamos en una carpa iglú con dos amigos, y ella junto a su familia aparcaban el motorhome al lado nuestro.
Había sido raro el encuentro, tuve que tocar la puerta de la caravana andante para pedir un poco de yerba mate, y cuando me abrieron observé que ella estaba transpirando y jadeando un poco, sus padres al parecer no se encontraban y ella parada al frente mío con el bolso negro en la mano derecha y la mano izquierda en el picaporte, me deslumbró, la miré de arriba abajo, tenía un pantalón corto rojo con el botón desprendido y la parte de arriba de la bikini color piel. Al subir la mirada hasta sus ojos, se me cayó el cigarrillo de la boca quemándome el dedo gordo del pié por contemplar tanta hermosura. Le pedí yerba, la invité a tomar un amargo y también, que se quedara la vida eterna a mí lado. Ella aceptó aferrándose a su bolso negro y luego de diez meses de romance decidimos vivir juntos.
Así, comenzaba la época del 8 “C” en Illia, un monoambiente de mierda que medía cuatro metros de largo por cuatro metro de ancho, además, la única ventana que conservaba el piso daba a una pared de concreto gris de un edificio colindante al nuestro. El paisaje del “orto” que amanecía todos los días al correr las cortinas, hizo que ubicáramos la cama debajo de la ventana para no mirar la pared gris de concreto al despertarnos. Entonces, decidimos cambiar el muro de las mañanas por la cocina grasienta y diminuta que se limpiaba solamente gracias a las lluvias torrenciales que se filtraban por la campana del extractor.
Pasaron dos años y no mudamos nuevamente, hasta ese momento nunca me había percatado que debajo de la cama, Marcela dejaba el bolso negro entre sus pantuflas y las cenizas amontonadas de los cigarrillos fumados por mí.
Alquilamos esta vez un departamento de dos ambiente en la calle 25 de Mayo de barrio General Paz, a unas pocas cuadras donde vivían los padres de Marcela. Desde la ventana las copas de los árboles eran verdes y no grises, los pájaros volaban atravesando el firmamento del cielo celeste y sus cagadas no se resbalaban por una pared de concreto gris y húmeda, sino que ahora se imprimían en las baldosas del balcón de casi un metro cuadrado adosada a la ventana.
Hago un pitada extensa dándole la espalda a ella y le digo –Sé qué seguramente me lo dijiste un montos de veces– exhalo el humo un momento y pregunto –¿pero realmente es importante lo que hay dentro?
Sin dejar de darle la espalda escucho que ella me contesta –¡Para mí sí! y vos sabes bien por qué– y agrega –te he contado un montón de veces que no aguanto las ganas d...
–Shhhh…! –atino a callarla con el dedo índice en la boca antes de que terminase la frase.
Seagal baja de la camioneta “Cadillac Escalade ESV” y detiene a los dos muchachos de color, los coloca contra el paredón de la cuadra y los interroga sobre el papel que acaban de tirar. Dos jóvenes oscuros en los “state” detenidos; como si fueran dos guachos caminando por las veredas de barrio Oña y porque no, como dos orientales que pataconéan por la acera de Seúl o dos turcos deslizándose por las callejuelas de Estambul. En fin, los formatos “realitys” de poli son todos iguales, pienso.
Marcela se levanta de la cama y distingo que su silueta cruza entre el televisor y mi cuerpo flácido sin dureza alguna que se amalgamaba al colchón “Piero” de una plaza y medio. Dirigiéndose hacia el placar, escucho que saca algo y se mete rápido al baño.
Mientras tanto, los morochos intentaban explicar que no estaban haciendo nada malo y que sólo caminaban por el barrio; el “Lawman” dudando se desplazaba como media cuadra hacia el lugar en donde uno de los pibes habría tirado el papel.
La vibración y los gemidos que salían del baño me extrañaron, giré la cabeza en dirección al placard y divisé que en el rincón no se encontraba el bolso negro con la insignia de General Paz Juniors. Vuelvo la vista al televisor y veo que Steven levanta un papel de “Chiclets Adams” y putea por haberse equivocado con los jóvenes afroamericanos, él se disculpa y justifica su error haciendo un chiste a cámara donde sostiene que su vista lo traicionó porque no tuvo sexo la noche anterior con su secretaria, y riendo sube al “Cadillac Escalade ESV”.
La vibración y los gemidos se detienen y Marcela sale del baño traspirando y jadeando, no distingo el bolso en sus manos, pero supongo que lo dejó arriba del bidet para que yo lo viera cuando vaya a mear y así, al abrirlo y observar el contenido del bolso negro, me hiciese sentir culpable y menos hombre por no tenerlo a pila.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Devolviendo el toque

En las after de las homilía blogeras,
mueren mujeres.
Especialmente mujeres bellas,
Sí mueren mujeres feas,
mejor que nadie se entere
o posteé.
No me disculpo si mato a un engendro.
Es que sus líneas, dimensiones y contornos
me emocionan, me instruye,
me alumbran y me modifican.
Pero, sólo me suele suceder
cuando la temperatura chirlea mis mejillas
con unos 38 grados centígrados
dejándolas aún más coloradas que de costumbre.
Y sobretodo, cuando leo los obituarios del gran diario argentino.
Siempre, en la web
multiplican panchos y birras
como Jesús de Laferrere.
Además, de vez en cuando
les crece la nariz al dialogar con un grillo,
un gato o a una zorra parlante
que cree ser una hada azul
en la cuadra de Hipólito Yrigoyen 183...
Ahora, "mataré a todos,
no quedará ninguno vivo,
servirá de prueba,
cuando entre con metrallas"
Dice un soldado bloKero
mientras prepara tereré,
escucha a Calamaro
y come maíz pisingallo.
Oh sí,
en las after,
para darle un toque
hay sangre,
uñas rojas, art nouveau
y cámara web.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Las sabanas de las chicas del 2 "K"

Bajo el cielo monopolizado de azul, me asomé a verla por la ventana. Ella, sobre la terraza, colgaba las sabanas blancas haciéndoles dobleces para que el viento acariciase los bordes de satín.
Sujetó con el broche de madera la última sabana y encendió un cigarrillo. Inhaló dos bocanadas y volvió a su departamento descalza, mojada y con la remera del Ché anudada por encima de su ombligo. La miré haciéndome el oso desde la ventana imparcial mientras tomaba café con malta y fumaba un cigarrillo pensando, que nunca supe como hablarle. Sólo me atrevía a fingir un saludo casual las pocas veces que la cruzaba por los pasillos del block.
Ahora, ella apareció por el balcón, se agachó y envolvió con la sección política del gran diario argentino, las cagadas nocturnas que dejaban sobre los mosaicos las aves de rapiña por las noches.
Sin asco, ella depositó el bollo de heces secas dentro del basurero, enlazó la bolsa roñosa dejándola debajo de la bacha de servicio y se dirigió al living donde prendió el televisor, se sentó sobre el futón y sonrió al ver en 678 la sociedad Duhalde-Magneto al son de Malayunta.
Tomó el papel prensa (Tiempo Argentino) que se desasía a un costado del almohadón, lo ojeó rápido y volvió a dejarlo en el mismo almohadón. Pitó una vez más y abollo el cigarrillo contra el cenicero que estaba sobre la mesita ratona.
La ventana que hay junto a mi baño me mostraba una postal panorámica del 2 “k”. Observo a ella recostada sobre el futón y pienso que tiene un cuerpo hermoso, sobretodo cuando su pelo ensortijado se anuda entre varios invisibles por encima de sus hombros. Levanto la vista hacia la terraza sabiendo que todavía es temprano y las sabanas, seguramente no se han secado.
Un estruendo en la puerta me obliga a posar nuevamente la mirada sobre el 2 “k”. Las sonrisitas picaras me indicó que llegaba Naty (la compañera de piso). Naty, llevaba una pollera corta y un strapless florido, se sentó encima de las piernas de ella y la besó en las mejillas.
Yo, sólo atinaba a mirarlas por la ventana sin decirles nada.
Entre caricias y felicitaciones, las chicas se quedaron abrazadas una sobre la otra en el futón del living. Naty había sido elegida como presidente del centro de estudiantes en la Escuela de Trabajo Social, su agrupación nacional y popular ganó por tan sólo 18 votos electrónicos.
Con lágrimas en los ojos, ella le dijo a Naty que ya le habían dado turno en el Registro Civil para noviembre. Naty se levantó sonriendo y fue a la cocina, puso la pava y preparó el mate amargo como lo preparaba su madre Miriam. Recordó sonándose la nariz a su madre y pensó, como se sonrojaría al saber que ella se casaría en noviembre.
–¡Pobre vieja!–se decía, tuvo que llegar exiliada desde la banda oriental a fines de los ’70 ya que su abuelo, perseguido y encerrado en el ’68 tras el ataque a la emisora radial Ariel con el MLN-T, la condenó. La pava silbó fuerte y Naty volvió en sí.
Yo, terminaba de leer El perro del Hortelano de Lope de Vega y recordé que con Naty tampoco había cruzado palabra alguna. Tiré en el inodoro el cigarrillo y la borra de café pastosa anidada en el fondo de la taza. Me percaté desde el tragaluz que ella volvía descalza a la terraza para levantar las sabanas. Eclipsado por su belleza y la pulcritud de los bordes de satín, reflexioné irónico diciéndome:
–¡Qué bien que le quedaron! son tan blancas como la sonrisa de Dady Brieva.
Sin quitar la vista de la terraza me estiré hacia un costado desenvolviendo un poco de papel higiénico. Me pregunté –¿por qué mis sabanas no quedaban así? y me respondía, bambaleando la cabeza de un lado al otro, que tal vez ya era hora de hablarle a las chicas.
Me limpié el culo y jalé la tira del inodoro teniendo en claro que cuando me subiera los pantalones, les tocaría la puerta y les preguntaría –¿Qué jabón en polvo usaban?

sábado, 28 de agosto de 2010

La ventana II (María)

La Toyota Hilux chocada avanzaba por la ruta E-53 y la ciudad empezaba a quedar atrás. El sonido envolvente de una turbina de avión que despegaba del aeropuerto internacional “Ingeniero Taravella”, anunciaba el final del ejido municipal. Adelante, la casilla del peaje detenía momentáneamente los autos. Autos que manejaban personas de entre 25 a 50 años. Personas que habían decidido vivir fuera de la ciudad, en una parcela de tierra cerrada y aislada de la inseguridad del mundo de hoy.
A paso de tortuga la caseta devoraba monedas y billetes sin vergüenza alguna. Ellos cruzaron por la arteria de cobro manual al encender las balizas. Los cuatro en la cabina marchaban mientras la base de operaciones del comando radioeléctrico les indicaba que el occiso se encontraba en el barrio cerrado “Estancia Q2” de la localidad de Mendiolaza. Un country con servicios subterráneos de agua y luz; 73 hectáreas de campo delimitadas por hileras de añosos algarrobos, álamos carolinos, robles, plátanos y liquidámbar, todo coronado con una vista majestuosa a las Sierras Chicas en el departamento Colón.
Diariamente, mientras reposaba en su cama cerca de la ventana, sin que nadie se percatara de ello, María admiraba el cuadro apaisado que entraba en la pequeña habitación de la parte trasera de la casa.
La escena natural de grandes árboles secos sin pájaros silbando y brisas frescas del mediodía invernal, sugirió que el céfiro descompuesto que provenía de la morada se esparciera hacía los vecinos.
Giraron hacia el portal de ingreso. El barrio contenía un cerco perimetral olímpico con postes de hormigón y tres hilos de alambre de púas. Además, en cada pilar se adherían sensores de movimiento. La Hilux del CAP ploteada con el camuflaje naranja, se detuvo en el lote 31 y bajaron los cuatro. Al ingresar, María seguía acostada. Ella, una mujer de ojos pardos, tez marrón oscuro, con unas caderas bien determinadas por lo alta y buena moza que era, tenía la cabeza girada hacía la izquierda con la mirada clavada en la ventana. En el extremo de la cama el brasero se encontraba apuntando a sus pies descalzos.
La intoxicación por inhalación de monóxido de carbono le había moretoneado en parte el cuello y el cuerpo, o al menos eso creía el subcomisario, ya que por lo que habían declarado los habitantes de la casa contigua, ella, al parecer vivía sola.
Por la radio llegó la orden del cabo primero para retirar el cuerpo y llevarlo a la morgue judicial. El suboficial anotó en la planilla la salida del femenino sin vida y el caso fue caratulado como "muerte por etiología imprudente".

martes, 10 de agosto de 2010

Nariotebicen


En el Ministerio de Educación les había sorprendido que en el último censo escolar mostrara que el promedio más alto correspondía a un colegio de un pequeño poblado del interior cordobés. Las calificaciones oscilaban la media de ocho puntos en todos los cursos y ningún repitente en los diferentes años lectivos. Por esta razón, la administración nacional decidió mandar dos inspectores a cerciorar semejante desempeño, ya que buscaban postular a la mejor escuela para que la presidenta inaugurara el año del bicentenario de la patria.
Los dos fiscalizadores partieron en colectivo desde Retiro hasta la terminal de Córdoba. El viaje fue largo y Rosa, una de las encargadas de legitimar los resultados del colegio, mató el tiempo leyendo un artículo sobre los resultados del “Colisionador de Hadrones” en la revista “muy interesante”. Ella, era apasionada por la física moderna y le generaba inquietud el choque de partículas subatómicas, sobretodo si descubrían el “bosón de Higg” ó “partícula de Dios”, porque según la teoría de los científicos, de esa porción minúscula, proveía de masa a todo el universo.
Por otra parte, Eduardo, el otro elegido para inspeccionar el establecimiento punillense, tenía una idea apocalíptica sobre el tema de experimentar con el origen del “Big Bang”.
–Ya vas a ver Rosa, esa maquina va hacer que el mundo cambie para mal. –decía con una mueca alarmista en su cara y con un tono de voz alto, ya que tenía puestos en los oídos los auriculares de su Ipod, escuchando las viejas versiones musicales de Alejandro Lerner, Serrat ó Alberto Plaza.
Al llegar a la sala de embarque mediterránea, luego de diez horas de viaje en bus. Debieron hacer transbordo en un micro interurbano que se dirigiese a la ciudad de Cruz del Eje, se sabía que la institución se encontraba en las cercanías. Eduardo, se dirigió hacía la boletería de la empresa “Ciudad de Córdoba”, pregunto por la localidad de Bartolomé Mitre y nadie supo contestarle, entonces indagó por la escuela “Libertador Domingo Perón”. Un chofer recordó que solía llevar a un par de chicos a ese seminario, pero no sabía realmente donde quedaba, sólo tenía en claro que los niños bajaban en la Ruta 38 a unos 23 kilómetros de la ciudad de Cruz del Eje.
Partieron y los examinador descendieron donde el conductor les dijo. Caminaron a campo adentro por una acequia polvorienta durante treinta minutos, cansados de estar sentados en los colectivos, ambos se sintieron a gusto estirando las piernas por un rato. Luego de un par de kilómetros encontraron a un baquiano que le supo indicar donde quedaba la comuna llamada Bartolomé Mitre. Aseguró que no figuraba en ningún mapa porque la escuela es la única construcción que se erige en la punta del cerro serrano. Además, comentó que Bartolomé Mitre, era un empresario sojero de la zona y dueño de las tierras donde se levantaba la escuelita y no un poblado.
Luego de los saludos pertinentes con aquel buen hombre, Rosa divisó una aureola brillante flameando por el firmamento del cielo, sin darle mucha importancia los dos marcharon hacía el “Libertador Domingo Perón”. Al llegar a la punta de la montaña, encontraron un rancho roído por el tiempo y rodeado por un pastizal alto y seco. El frío, azotaba en la zona sin dar tregua.
Ingresaron al establecimiento y se encontraron con una pulcritud y una organización envidiable; en el hall central, la directora del instituto los esperaba con un té calentito. Saludó cordialmente y sin perder tiempo invitó a los oficiales que relevaran los diferentes cursos. Entraron al cuarto grado y Eduardo distinguió que el manual de estudia llevaba por nombre “Perro Santillán”, en vez de “Santillana” y que el bloc de hojas rayadas “Rivadavia”, aparecía bajo el nombre de “Menem”.
Rosa, también se percató que las imágenes del padre de la patria sobre el pizarrón, era el de “Juan Domingo Perón” y que al lado se extendía un mapa planisferio de de las Islas Malvinas, con el retrato de San Martín como general de aquella contienda. Atónitos una y otro, se miraron sin comprender que ocurría, la regente le hizo una seña con su mano derecha para que la siguiesen a la sala de tecnología. Quería mostrarles y agradecerles a los dos examinadores por el importante aporte que la nación hacía con las herramientas informáticas. Se asomaron al gabinete y vislumbraron las maquina de escribir portátil “Olivetti Lettera 42”.
Uno de los preceptores irrumpió en la aula llamando urgente a la directora para que se dirigiese a la sala de los maestros, ella se disculpó y obligó al dúo que la acompañase. El personal estaba reunido alrededor de un viejo televisor con armazón de madera en blanco y negro, marca Grundig, sintonizaba la señal de cadena nacional y mostraba al presidente Bartolomé Mitre anunciando la “Guerra de la Triple Alianza”. Pasmada, Rosa observó por la ventana lateral de la habitación una nueva aureola brillante que flameaba en el firmamento.
El “Colisionador de Hadrones” vino a la mente de ella y recordó las palabras de Eduardo en el ómnibus sobre como iba a cambiar el mundo por ese aparato ambicioso. Sacó de su bolso la revista y ojeó el texto una vez más, los científicos afirmaban que era un paso clave para estudiar la materia y saber por qué el mundo es como lo vemos.

Por el libro de Cumbio, intentó asesinar al “tuerto” de La Sonora de Bruno Alberto

Leyó en el diario la noticia de que la viuda de Lennon se oponía a que Mark Chapman recobrara la libertad condicional por dispararle al líder de los Beatles en 1980. Cerró "La Voz del Interior" y tras las rejas de Bower, pensó que él también tendría que pedir su absolución carcelaria.
Mario purgaba condena por intentar asesinar al “tuerto” Wirzt, cabecilla de La Sonora de Bruno Alberto en la puerta del hotel alojamiento “Madrid” de calle Obispo Trejo. El tribunal accedió a una junta para evaluar las condiciones psíquicas de él, con la intención de otorgarle el beneficio del 2 por 1.
Se sentó frente al tribunal con su remara del “Ché” y una biblia entre sus manos, recorrió con la vista la sala hasta posarla frente a los consejeros y dijo:
-Siento que ahora, luego de 3 meses del hecho, tengo la comprensión de mis actos y estoy avergonzado, pido disculpa, lamentando el daño ocurrido, pero he cambiado.
Bajó la mirada hacía su biblia un momento y continuó con su excusa:
-Recuerdo que esa mañana de enero compré un ejemplar de “Yo soy Cumbio”, en la librería el Ateneo de General Paz. Escuchaba en mi mp3 el tema de La Sonora “tu tienes que entregármelo”. Rápidamente abrí el libro y escribí en la primera página “Bien ahí, va mi confesión”. –comentó riéndose de lo escrito.
Mario era hipocondríaco, evitaba todo contacto con temas relacionados a la medicina o enfermedades, ya que con cualquier referencia empezaba a padecer síntomas como derrames sanguíneos, tos, arcadas y falencias físicas. Gracias Sergio por tus ganas, estoy de vuelta. Tuve un par de días agitados en el trabajo. Un abrazo Amigo y que estés bien.
Claro que esto no ocurría cuando ya pasaba el cuarto vaso de fernet. Los indicios eran otros, pronunciaciones con ritmos pausados y timbre agudo, palizas dolorosas que le propinaban luego de las homilías descaradas y gallardas que bravuconeaba a toda mujer. Sin embargo, los restos polvorientos que quedaban en el vaso y su nariz, le brindaban una noche de comparsas y lugares platónicos. Deambulando por lo general entre diarios y radios, pero como suceso policial.
Reflexionó y con un tono más serio prosiguió con su visión de los hechos:
-Me acuerdo que el “tuerto”, luego de bajar del escenario del boliche Palmira Seniors, abrazó a Coyo Eno, una piba lánguida sin curvas, con flequillo rubio (similar a Sailor Moon), vestida con pollera corta sin volados, medias larga (de fútbol con los colores de Talleres) sobre las rodillas y una musculosa de los Power Ranger; ella era hija del coreano Chuni, dueño de un supermercado en la esquina de Corriente e Ituzangó.
Logré estrecharle la mano y que me firmase un ejemplar de su disco “Cuando debuté”, pese a ello, seguí a la pareja hasta el telo Madrid. Esperé alrededor de tres horas en la puerta del mueble. Cuando salieron, desde la vereda del frente llamé al “tuerto”, al darse vuelta le disparé cuatro corchazos, dos impactaron en las piernas, uno en el hombro y el último en la maseta de entrada del alberge transitorio. Permanecí un momento en la escena, ingerí una pastilla de menta y corrí hacía un baño químico de una edificio en construcción en la esquina de Trejo y Laprida. Me senté en el inodoro con tapa asiento de plástico, tubo de ventilación de 4 pulgadas reforzado con fibra de vidrio y saqué el ejemplar de “Yo soy Cumbio”. Lo leí recordando los consejos del curso de yoga que asistía dos veces a la semana. -finalizó a la vez que respiraba profundo mientras los provisores lo observaban.
Mario, le explicó al tribunal que hacía muchos años que tenía la necesidad de matarlo a él, sobretodo después de escuchar el disco “Pérez-Troika”, el coro del estribillo en las canchas y en las manifestaciones del país, era insoportable. Además, intentó suicidarse de manera infructuosa al leer la biografía de la niña fotolog, porque no podía imitar la vida de ella.
El triunvirato lo detuvo y decidió concertar unos minutos, para luego releer un pasaje del libro donde decía “Yo me llamo cumbia, yo soy la reina por donde voy (...) mi piel es morena como los cueros de mi tambor”. Una vez finalizado, decidieron que era aceptable el intento de suicidio e homicidio al constatar que el libro y el tema “La canoa”, fue sin duda el éxito más nefasto que le dio popularidad a la joven de la webera y a la banda. Sin vestigio de algún otro triunfo radiofónico o textual, bastó con la frase "y ahora, y ahora, que nos chupen bien las....”. Gracias a dios alguien intentó hacer justicia pensaron los calificadores y firmaron la absolución.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hubiera querido saberlo antes (El tártaro)

Carola tenía 18 años y preparaba los cuerpos fallecidos que viajaban al Hades, ó por lo menos así lo pensaba. Sabía del silencio y del sueño metódico que rendía frutos en los brazos tiernos de los difuntos. La creatividad para ella, era una mirada, un frenesí de baboseos, una inquietud sin tiempo en el lugar mas profundo de todos. El tártaro.
La farsa glamorosa y melancólica que pesaba en el idealismo irónico y corrupto paterno, le denostaba asco. Ella, conocía la capacidad universal del alma, y también la vehemencia de la condición humana. Estoicamente, Carola, fue hasta el Olimpo en un día lluvioso, tardó algunos meses regresar a su casa y cobrar ahínco. Sus lágrimas se volvieron bronce y detuvieron el tiempo.
El patriarca, sin cambio alguno, se asemejaba a aquellos perros de la calle que han perdido el rastro y el sentido de guardián, convirtiéndose en un rabioso depredador de nenas que ostentan el perfume cándido, inocente y virginal. Así, limpiándose los mocos con el puño del pullover, Carola recordó que él mientras le hablaba, siempre la miraba con lujuria y le susurraba amenazas al oído, obligándola a satisfacer los instintos más macabros y desagradables.
Día y noche despotricaba contra el cielo por tanta misericordia permitida. Entre una de tantas pesadillas absurdas que atormentaba su ser, vislumbró la gota que colmo el vaso. Ella, se había enterado que su progenitor arriaba ovejas de jardín en jardín con su transporte escolar, sin que el periódico sobre la mesa y la televisión, lo denunciara.
La odisea cobró sentido diciéndose:
-Hubiera querido saberlo ante; sí lo hubiera visto, olido, palpado ó asimilado. Seguramente afuera no crecería un mundo pleno de perversión.
-Mi padre es una personalidad malvada y cruel. –se dijo con seguridad.
Tras ese pensar, fue hasta la cocina donde estaba él. Tomó una sábana del lavarropa y amarrándolo con un nudo en la garganta, le clavó el escalpelo en la nuca. El cuerpo se desplomó lentamente hasta quedar tendido sobre los mosaicos en nock out. Carola se refregó las manos en el pullover una vez, volvía a agarrar el escalpelo y con fuerza lo desclavó de la cabeza sufrida.
Quizás, por el interés en la mitología del señor de los infiernos, el cielo se le hizo visible en sus ojos, y con melodías de deseo preparó el brazo paterno mientras fileteaba la dermis muerto y exhumado.

viernes, 30 de julio de 2010

El depto.

Era sencillo, entrábamos, apostábamos y nos íbamos con un colchón de plata del tugurio del “Corcho” López. Messi, iba hacer el jugador del mundial. Sus goles, similar a los que hacía en el Barcelona, nos daría el oro. Pero una estaca en el semblante azul marino que nos propinó Alemania, cambió todo.
Tras el fracaso del mundial de Sudáfrica, Mirna y yo buscábamos un departamento para irnos a vivir juntos. Sí hubiese estado solo, sin duda alguna, caminaría con mis botas camperas de piel de iguana por las grandes inmobiliarias, riendo y hablando, mientras tomo café al paso. Pero junto a ella, el traqueteo se hace muy largo y hay que ir lento; observando cada habitación, cada piso, cada edificio.
Sin perder el tiempo, fuimos a la inmobiliaria Martínez. Me lo había recomendado Carlos, uno de los muchachos que jugaba con nosotros a las cartas en el café Victoria los jueves a la noche. Carlos, era sobrino de Martínez y como un favor acepté la recomendación de ir a verlo, ya que jugábamos hasta el final.
Las oficinas estaban en el 1º piso de la Galería Norte por Rivera Indarte. No me daba mucha confianza, por la ubicación, la gran mayoría de la gente sabe lo que mueve la Norte. Sin embargo, Carlos me comentó que Martínez tenía buenos muebles y baratos.
Como quería finiquitar rápido el asunto, al ingresar hablamos con un empleado para que nos muestren los departamentos. Mirna, no estaba de acuerdo con mi premura, porque quería chequear los pisos y las zonas. Además, la plata era de ella, ya que yo estaba quebrado, me entregó los billetes para hacer la transacción con la condición de que encontrásemos el mejor.
Cargué los 55 mil dólares en un sobre de papel color madera contra mi pecho, atándola con cinta aisladora sobre la camiseta de Belgrano, justo debajo de la tetilla. Pensé que era el lugar más seguro de todos, junto a mi corazón y el escudo “pirata”, lejos de pungas, motochorros y facinerosos que podrían robarme.
El empleado, un joven lánguido con un corte franciscano en su cabeza, bigote estilo “fu manchú”, bien parejo, vestido con saco y pantalón azul, nos invitó a que fuésemos a recorrer las viviendas. Cansado, tras visitar cinco inmuebles por casi toda la ciudad, masticaba caramelos de goma sin dejar de bambolear mi mandíbula de un lado al otro. Advertí en los gestos del agente de bienes raíces, una irritación inocultable de fastidio que le producía mis muecas. Lo miré fijo y reflexioné sobre las ganas que él tendría de aplicarme un golpe de puño en el medio de la cara por mal parido; y la patada en el culo que le propinaría a ella, por ser tan hincha pelotas. Salimos, a Mirna le gustó el departamento. Era en un tercer piso sobre calle San Jerónimo, a pocas cuadras de la plaza San Martín.
Regresamos a la Norte, pero esta vez ingresamos por Santa Rosa, subimos las escaleras hasta el entrepiso mientras sonaba en la galería un tema de “Bobi Gora y Tremendo Son”. El vendedor nos dijo que era una sala vip. Cruzamos la puerta y el tal Martínez no atendió, aparentaba un hombre cálido y cauto como una ciénaga mansa. No obstante, noté que le sudaban las manos y la frente, levantó la mirada hacía nosotros y atinó a solicitar con voz temblorosa y entrecortada la plata. Se la entregué y nos hizo tomar asiento en un sillón, nos ofreció café de máquina y nos concedió un formulario para llenar. Dirigiéndose hacia la puerta -dijo -Ahora vengo.
Esperamos media hora hasta que Mirna decidió salir afuera, nos habían engañado. No había nadie y ella empezó a gritar. Luego de hacer la denuncia, dejé a Mirna con sus padres y fui a ver a Carlos.
Al llegar, Carlos me preguntó si Mirna sospechó de la estafa. Le respondí que no y que iba a reponerse. Me entregó los 55 mil dólares y me explicó que con eso no alcanzaba para pagar la deuda. Había que reunir más, pero por lo menos, nos daba tiempo hasta que él convenciese a su novia de buscar departamentos juntos.

jueves, 29 de julio de 2010

El sicario que tomó mate por la luna, el húngaro y los viejos amigos


Sentado sobre la banca de la plazoleta del Fundador y debajo de un níspero añejo donde se juntaban algunos jóvenes en ronda, tomaba un mate simple. Esperaba que bajase el pobre diablo que había estafado al “húngaro”, un gringo sojero de la localidad de Coronel Molde y conocido por sus estrechas relaciones con el difunto empresario Alfredo Yabrán.
El embaucador, era un abogado de treinta años que trabajaba en Rentas de la provincia. -tenés que encargarte del tipo -me dijo el sembrador cuando me contrato. Había malversado ciertos planos de unos campos repletos de sojas que pertenecían al húngaro, con nombre de otro.
Seguramente, el mal parido estaría finiquitando la transa en la oficina del 3 “B” de la calle Obispo Trejo y 27 de Abril, frente a la plazoleta del Fundador. El pícaro, había estacionado su auto, un Chevrolet Corsa, sobre 27 de Abril. Coloqué una “bomba lapa” bajo el chasis del rodado, perforándolo y adhiriéndolo con un imán, la activación sería por medio de un sensor de movimiento (o sea, con el encendido de las llaves).
Mientras hacía tiempo, recordé el 20 de julio de 1994, cuando Gustavo, Lucero y yo tomábamos mate bajó el mástil de piedra y recostados arriba de una bolsa arpillera en el césped de la plaza Gutemberg de Villa Belgrano. Con una remera de Nirvana y las chuzas largas hasta la cintura, Gustavo cebaba mate y comenzaba la ronda por la izquierda. Lucero ofuscada, lo puteaba considerándolo como una falta de respeto.
Ella, vestía unos hot pants por encima de las calzas negras, botas de caña alta (negras también), un batido monumental con fijador en su cabeza (similar a Gloria Trevi). Siempre muy pintada, cubierta de anillos, pulseras, aros y la cruz malta como colgante, regalo que le había hecho para su cumpleaños.
Yo, enfundado con mi vaquero Uniform que en el bolsillo trasero derecho tenía bordada la estrella roja, zapatilla Nike air azules y mi camisa hawaiana con dos botones prendidos, les mostré el articulo que había salido publicado en la revista “muy interesante” sobre el aniversario de los 25 años de la llegada del hombre a la luna.
-¡Qué groso!, amiga. – le dije, y además, le cité una frase de la nota.
-El amigo Armstrong pone el pie en la luna y dice: “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
-Sí, es cierto – me había contestado Lucero, y prosiguió con su reflexión de amistad: -pero Collins dentro de la nave en el día del amigo, es el “hombre más solitario del universo”. –finalizó, mientras cargaba el porongo con tres cuartas partes de yerba y con la palma de la mano derecha lo tapaba, dándolo vuelta boca abajo y agitándolo enérgicamente.
Luego de sus palabras, Gustavo le arrebato el mate llenándose de polvillo las manos y lo tomó hervido.
-¡Ves! por porfiado, eso delata envidia y sos un tonto porque yo estaba cebando. -susurró ella sonriendo y jugando con sus bucles en la cabeza.
Me acuerdo que yo me levanté y fui a comprar unos churros con el walkman en la cintura y los auriculares colgados en los oídos escuchando el tema “Amigos” de Los Enanitos Verdes al puesto del flaco Gigena, en la esquina de calle Boyle y Gauss, justo frente de la plaza.
Volví en mí y miré el reloj, ansioso quería que el abogado saliese ya, tenía que juntarme con Lucero en la plaza Gutemberg para festejar. Corrí la mirada hacía la izquierda y divise al truhán salir del edificio, paró a comprar un atado de cigarrillo en el quiosco antes de llegar al auto. Prosiguió su marcha, subió al Corsa y cinco segundos después, el trabajo fue perfecto. No hubo que sufrir daños colaterales. Había utilizado “Tovex”, un explosivo gelatinoso que sirve para implosionar edificios.
Apure el último mate con espuma mientras se tapaba la bombilla, no quería decepcionarla a ella llegando tarde. Porque seguramente se iba a decepcionar cuando no llegase Gustavo hoy a la plaza. Y peor aún, se entristecería mucho mañana a la mañana cuando leyese en el diario que murió calcinado en su auto, luego de la explosión.

miércoles, 28 de julio de 2010

Bla, blá

Es tan sencilla la historia, pero a la vez difícil de contarla. El encanto de las palabras tienen dolor, y el dolor tiene palabras certeras. Ella se enloquece de vez en cuando. Todos enloquecemos de vez en cuando. Sin embargo después de unos años, cansado de estar embarrado, perdido y empantanado por los caminos despierto y devuelto de devoción, paramos. El destino bifurca el corazón embriagando impestivamente, con mil kilómetros anteriores a uno.
El largo traqueteo al hogar, a la tierra ancestral llena de maravillas y fábulas, sinceriza meticulosamente el recuerdo misterioso y solitario de cuerpos desnudos. La locura galopa por toda la familia: ¿Quien querría ver florecer los colores del mundo, sí el gradiente aparece en pantallas de LCD?
La tarde invernal es fría, responder una pregunta de Goethe es demasiado y tener que comprender que mucha gente no quiere ser desconectada me enloquece nuevamente. Siempre que veo a uno de ellos, me acuerdo de ti, de la ansiedad que te lleba a desenvolverte dentro de la estructura, baby.
La vida va demasiado rápido y no hay tantas llaves que abran puertas... Me miras y me haces recordar que cuando acabe de hablar, por favor me callé.

sábado, 24 de julio de 2010

Obediencia debida

-No alcanza la vergüenza rutilante ni las excusas ensayadas -me dije sin percatarme de la silueta humana que se deslizó junto a mi. “Chupénme un huevo, chupénme los dos”, escuché entre la muchedumbre absorta en la dársena 33. El miedo estreso que se sumó al ritmo acelerado que percibí peligrosamente mientras consumía pitadas cortas de tabaco, no alcanzó para adaptarme rápidamente a tantos cambios bruscos.
Acabando el pucho rubio hasta el filtro que sostenía entre mis dedos, índice y mayor, observé a Ana. En su cara reposaba un esbozo de sonrisa diabólica, pícara, donde sus dientes apretaban el maxilar con dureza. El ahogamiento de desamor rodeo el brillo de sus ojos. Ella, prefirió el resplandor filoso del puñal y explícitamente clavarlo en mi torso. Con un agujero en el pecho y el corazón perforado, grité desesperadamente. Esas palabras enfermas que callaron mis labios, sugirieron refugiarse en la crudeza del alma.
"Mucha cerveza y whisky", aseguraron los especialistas después de haber encontrado mi cuerpo apuñalado en la estación de ómnibus. Combiné la pasión con el engaño violentamente de esa mujer extrovertida casi ríspida quién me quitó la lealtad y el corazón. El trastorno depresivo no fue un estado pasajero de tristeza. Sólo a segunda vista me provocó una reacción sentimental de fascinación y repugnancia al mismo tiempo.
Zumbó en mis oídos las melodías que acarrean los pájaros nocturnos. Un podrido olor a rancio que me envolvía, no por el alcohol; presumió la llegada de la tempestad. Riéndome, me pregunté sí esto nos daría el destino. Osado contemplé la vasta y revoltosa estación mientras miraba la respingada y colorada nariz mojada, entristecida y desorientada de Ana.
Supe que iba a ocurrir. Aquel cántico ardiente y primitivo de abril que descendió desde el ocaso hasta lo más profundo de su anatomía desnuda, me condenó. Los bríos de sueños que navegué temblorosamente por el frutal claroscuro de su bajo vientre, caducó en la noche que me dijo -sé lo que hiciste.
Rememoré aquella noche de 1979 en el terraplén de San Vicente. Consciente de mi oficio lo golpeé una y otra vez. Me acerque a las gavetas de la mesa, saqué con una mano el cinturón ribeteado de balas y con la otra tomé la cacha del revólver. Lo miré y sonreí a medida que el cabo primero le recorría la picana de punta a punta. Esos días acabarían y también mi vida. Saber que Ana era hija del subversivo expió mis pecados. La oscuridad golpeó más fuerte, las nubes estaban más cerca, me pregunté si lo podría haber evitado ó por lo meno, si sólo no hubiese sido tan cobarde en esos tiempos. Pero no.
Qué bella transformación inesperada, “debí regalarle más láminas de la vieja Paris”, cavilé con el último exhalo justo cuando el balsero apuraba la transacción que me depositara encapuchado en aquel horizonte donde el paisaje se burla de la vida ajena.

lunes, 19 de julio de 2010

Carta de julio al viejo

Hola viejo, parece que han pasado como doscientos años que no nos vemos. Te comento que “La Fuente de Trevi” es exactamente igual a como me lo describías de chico. Seguramente no ha cambiado nada desde que te fuiste, e Italia es tan linda como en tus relatos. Con Manuel caminábamos por las estrechas callejuelas y encontramos una placita que me hizo recordar a la del pueblo.
¡Te acordás cundo íbamos!. Yo, le daba de comer a las palomas con las migajas de pan casero que horneaba Catalana todos los días a la cinco de la mañana y vos me enseñabas la grandeza del país. De como ese ecuestre general de mármol en el centro del ágora sorteó las dificultades de cruzar por el paso de Uspallata.
Aquí, en la vieja Europa la situación no esta nada bien, decidimos volver a la Argentina con una gran valija de recuerdo para que llevemos a Manual a la plaza y el olor de la tierra indígena nos abrace nuevamente con un guiso de garbanzo calentito.

Primerizo

Siempre descubrís, con el café de las mañanas tus nuevas capacidades y habilidades que despliegan un abanico de risas cruda. Con las pantuflas al lado de la cama recordás que la partera dijo que tenés falta de rutina hogareña. Tartamudeando con el corazón sordo advertís y mostrás otra cara, la cara del amor.
Cuidas tu respiración. No intentas cambiar la forma en el fluido del aire por tu cuerpo y sentís como el final sólo es el principio de algo más. El llanto te alerta, corres desesperado con el poder y la gloria de atenderlo sin importarte, la suegra, la gorda y los cuernos.

miércoles, 7 de julio de 2010

Diente libre en la parrilla Do Santo

Marchó hacía la plazoleta Carlos Gardel para encontrarse con Rony y El Picante, dos medios hermanos que vivían en villa La Tela e hijos de Marita, una mujer que sostenía un comedor infantil y de un changarín conocido como el “Tomate”, famoso porque fue encontrado bajo una zanja cubierta de portland en la zona de la Circunvalación hace un par de años. El “Niño” Pintos, descendió del R8 en la parada de calle Belgrano y se dirigió a la intersección con Cañada donde los medios hermanos se encontraban esperando bajó la estatua de mármol erguida del cantor arrabalero. En la mano derecha llevaba las estampitas del Gauchito Gil, San La Muerte y de otros patronos populares para no levantar sospecha, en tanto que la izquierda empuñaba un Nokia Palm 650 donde sonaba “Bailarín asesino” de Kapanga. Saludó al dúo y guardo el “chiche” en el bolsillo izquierdo del pantalón, agarró la tuca de marihuana que estaban fumando los muchachos, la pito tres veces y la devolvió.
Había que laburar por la zona de Nueva Córdoba dijo el Nene mientras se acomodaba la entrepierna. Prosiguió, invitándolos a que fueran a visitar “La Parrilla Do Santo”. A esa hora estarían haciendo la caja, suponía Pintos y la guita sería segura. Rony dubitativo, intentó persuadirlos para que no fueran a bajar el restaurante porque tenía un vigilante y todos sabían de lo intocable que era el parrillero. Les recordó que el “Manteca”, conocido punga de Villa La Tela, lo intentó en dos ocasiones y fue guardado en ambos casos, en la segunda lo acuchillaron en una riña dentro del pabellón. El Niño Pintos, con una mueca de soberbia en su cara y tras darle de nuevo dos pitadas cortas a la tuca, gritó que el Manteca era un perejil.
En cinco minutos estaban encañonándolo al parrillero. Tomaron 2 mil pesos y una tira de asado. Corrieron hacía la Cañada nuevamente y atrás de una Tipa se manducaron la carne seca, ni el Gauchito Gil ó San La Muerte los salvo de la mala jugada. El guardia junto a dos policías venían trotando por la vereda opuesta, picaron sin dudarlo hacía el río Suquía.
–¡Para, para! ¡No doy más! –se quejó Rony. El Niño y el Picante pararon, se miraron fijos tratando de inhalar y exhalar un poco de aire, el Niño levantó sus cejas y ambos rajaron. El alarido de Rony no los detuvo, quedó relegado por sus pulmones extasiados de cannabis y su estomago pesado por el atracón de aberdinangus a las brasas.
Los policías no le dijeron nada, lo capturaron y zamarrearon golpeándolo en la cabeza, uno de los azules se quedó con él y llamó a un móvil. El vigilante y el otro agente continuaron con la persecución. Desde el suelo, Rony oyó como silbaban en el aire los pertrechos de los 9 milímetros en dirección al río. El cana sonrío y le dijo burlonamente.
-Ya fueron pibe, ¡qué pelotudos que son! debieron haberse entregado sin tirar un corcho.
-Pero, para loco, el caño es de plástico y lo tiramos a la Cañada ¡fijaté, chabón! ¡fijaté! –bramó el medio hermano entre lágrimas y sangre.
Las sirenas del patrullero policial se escucharon más fuerte, sintió que lo patearon otra vez en la cara abriéndole el pómulo derecho. Antes de depositarlo, Do Santo quiso verlo. Observó a Rony unos segundo, volvió la mirada al cabo diciéndole que quería recuperar lo suyo. El cabo asintió con sus ojos, lo subieron y lo llevaron hasta el comedor de la parrilla. El chef afilaba las cuchillas y el vigilador subía el volumen del estéreo tarareando “estoy preso y condenado” de La Mona Jiménez.
Do Santo prendió el fuego y ordenó al chef que trozara primero los miembros y luego el espinazo, terminando por las entrañas. El chiflido seco impactando en la madera de la mesada indicó que la pieza ya estaba lista. Afuera, un mozo pintaba en la pizarra el menú del día “parrillada diente libre 15 cortes por persona, 35 pesos”.

martes, 6 de julio de 2010

La protesta del Che, Zeppeling y Paco de Lucía

-¿Qué se puede hacer para evacuar los intestinos con mayor frecuencia? ¿Y sí, tomo laxantes ó será peligroso? -pensaba silenciosamente mientra mantenía la cabeza gancha mirando el suelo del auto mugriento y cantando mentalmente “Hay una dama que asegura que es oro todo lo que reluce y está comprando una escalera al cielo”.
En otro sitio, allí, donde el alquitrán y la sangre se funden espesamente, comenzó la protesta. Nos detuvieron clandestinamente por el miedo que el día a día cruelmente arrasaba como tsunamis demoledores sin control. Una arenga colectiva impulsó la marcha. El que iba a la cabeza escupía rabia, mientras desplegaba una tripulación de emociones vehementes, el resto, acompañábamos hambrientos de justicia enfundando al “Che” como estandarte.
Adelante, el cordón policial no dejaría avanzar a la columna. Enfrentarse al enemigo que devoraba los corazones de jovencitas y don nadies solitarios, fue irremediable.
El ansia, las gomas y los bastones culminaron con una estresante y salvaje sociedad urbana. El Negro en la huida golpeó a un efectivo policial que cumplía adicionales en un banco de La Cañada, por la confusión el R4 en que nos movilizábamos inesperadamente quedó varado cruzando la avenida Colón en medio de un transito caótico a esa hora de la mañana.
Bajamos del auto y corrimos hasta refugiarnos en la casa de una mujer. Durante horas debimos permanecer allí, ya que la policía realizaba rastrillaje permanente por toda la zona. Manteníamos en cautiverio a una anciana que vivía sola dentro de un departamento deteriorado y antiguo. La disfunción gástrica que padecía no me dejaba recapacitar. Parecía una mañana interminable.
La señora asustada intento explicarnos que no tenía nada de valor en la casa, el Negro con nerviosismo le advirtió que no queríamos robarle nada, si no escondernos hasta que la policía dejase de buscarnos. Aliviada la mujer nos ofreció un poco de agua y puso el long play “Río ancho” de Paco de Lucía, nos miró y pidió que le explicásemos porque nos perseguían.
El Negro, un militante pasional por los derechos humanos le contó cuál había sido el problema. Relató que manifestábamos por la democracia arrebatada a un país continental hermano y como el imperialismo del norte manejaba la política de nuestras naciones conflictivas, además también, nos manifestábamos por la persecución, discriminación y represión que ejercían las fuerzas del orden estatal contra las minorías en la ciudad.
Expuso los conflictos del orden social que generaba el capitalismo y el cambio social que producía, el individualismo, la lucha de clase, los desposeídos y la necesidad de una sociedad más justa. La geronte escuchó silenciosamente lo que el Negro expresaba, una vez que él finalizó, ella, comentó que a un vecino de nacionalidad paraguaya había recibido una paliza por parte de unos agentes del comando radioeléctrico. Un golpe fuerte se escuchó en la entrada del departamento justo cuando hablaba ella y Río ancho terminaba de sonar.
Tres guardias de infantería ingresaron con escopeta, escudo, perro y casco, ordenaron que nos tirásemos al suelo con las manos en la cabeza. Nos arrinconaron contra una esquina de la casa y nos emprendieron a punta de pie sobre nuestras cabezas, sangramos por boca y nariz al mismo tiempo que nos arrastraron por el suelo. Una vez afuera nos depositaron en un móvil policial hacia encausados, el dolor estomacal continuó en aumento. Repiqueteaba en la radio “Stairway to heaven” de Led Zeppeling y me vino a la cabeza la imagen de esa buena mujer. -ella sí compro una escalera al cielo. -pensé. Aunque, como siempre luego de la marcha. No conseguimos nada.

lunes, 5 de julio de 2010

Dios está en los detalles de año nuevo (Menos es más)

Viajábamos bajo un cielo de diciembre hacia la vendimia de Helmuth Lovano en Mayu Sumaj. Tu pelo moreno se enredaba en la guitarra de seis ó siete cuerdas mientras reclamabas un mordisco de criollitos secos y duros. Por los parlantes, el sonido de “Far Wes” de Wes Montgomery rodeaba todo el auto. Volvías la mirada elegantemente y ojeabas casualmente una revista con fotografías de Irving Penn, atrapados entre esas cuatro esquinas rigurosas en blanco y negro los modelos se impregnaba en tus retinas. Las luces laterales de la ruta se difuminaban por tu rostro como una fotocopia sobria y extasiada similar a un boceto de Ludwig Mies van der Rohe. Sin duda alguna en tu sonrisa se mostraba "less is more" y "god is in the details".
Miré el reloj, faltaban quince minutos para la medianoche y cruzábamos el peaje sin que nadie se percatase que una familia de Carcarañas había desaparecido en el kilómetro 32, a la altura de la cementera "Corcemar" en Malageño.
Por la autopista Justiniano Pose, las sierras desdibujaban las sombras nocturnas y asomaba el fresco aroma a peperina. Ella me contaba sobre el gringo Lovano, un empresario vitivinícola e enólogo de Dresden, que llegó al país luego de la segunda guerra y fue profesor de trompeta en la Escuela de música provincial de Córdoba; además, dictó clases en el Conservatorio de Arte Dramático. Se convirtió en un exportador de vinos gracias a una pequeña parra de uvas extraña que trajo consigo luego de escapar de Alemania del este. Afincándose en un rancho de Mayu Sumaj, trasplantó el racimo multiplicándolo por los cerros punillense en unos pocos años. Por lo menos, eso le dijo a Isabela cuando entró a trabajar para él.
Además, relató ella que en su primer día cuando se presentó, él le decía que estaba muy ocupado terminando de refinar el producto, a la vez que acariciaba su cabellera rubia engominada y en calzoncillos con una joven trigueña sentada en sus rodillas mientras sonaba desde su celular “in a silent way” de Miles Davis.
Isabela, entregaba los pedidos que yo le hacía a la bodega de Helmuth Lovano, eran buena cepa para acompañar un rico asado. Siempre que llegaba a la despensa hablábamos de lo hermoso que era la zona de Punilla y le comentaba que todos los años en familia íbamos a veranear uno quince días. Salimos un día antes de año nuevo para evitar la congestión en la autopista, y fue en Malageño donde nos interceptaron dos personas de negro que nos detuvieron y abordaron el Ford Focus gris a punta de pistola, uno de los dos estaba maniatado, el que tenía el arma lo sentó atrás y luego apuntándome a mi me ordeno que siguiéramos. Asustado arranqué, el intruso armado se saco el pasamontañas y descubrí que era Isabela. Se disculpó, pero era la única manera de poder sacar a Lovano sin ser detectados, me indicó con los ojos clavados a los míos como refugiándose en mi aceptación.
Me contó que era una cazanazis y trabajaba realmente para el Centro Wiesenthal de Jerusalén como incógnita para poder llegar al asistente de Aribert Heim, alias “doctor muerte”. Confirmó que Helmuth Lovano tenía el perfil ya que utilizaba inyecciones de benceno para desarrollar los racimos de uvas, proceso que multiplicaba la cepa, pero en los campos de exterminio nazi lo utilizaban en personas para arrancarles los órganos, operándolas sin anestesia hasta que explotase el corazón. Y, entre risas y ademanes conservaban los cráneos como los que él tenía en su casa de Mayu Sumaj.
Ya estábamos cerca de la entrada de Villa Carlos Paz, la policía junto al intendente ordenaban el tránsito desviando a los conductores hacia la banquina, esperaban que el primer turista cruzara las cero horas del treintiuno. Aterrizamos en medio de una marea humana a caballo con cincha y facón, promotoras enfundadas en calzas bien apretadas que remarcaban la fruta tan exquisita como los alfajores serranos que entregaban, copas de plástico con espumantes (Lovano) para la ocasión, y el notero del canal local capturando la postal de inicio en la temporada estival.
La frenada lijó las cubiertas contra el asfalto dejándola sin dibujo, Isabela nos obligó a bajar del auto con las manos arriba, nerviosa y arrepentida, tiró ansiosa la ganzúa taiwanesa que había comprado en la “Galería Norte”, según me dijo. Tres agentes se acercaron sorprendidos y observaron dentro del rodado, boquiabierto detectaron que en el interior llevábamos una pistola 9 milímetros Sig Sauer, 4 mil pesos, una buena cantidad de C4, a Helmuth Lovano y a mi familia secuestrada de Carcarañas.

viernes, 25 de junio de 2010

El libro del pequeño chupón expatriado

Casi a la misma hora pero en otro lugar y con una onda totalmente diferente, la bandoneonísta belga Erika Wollsgur y el musicólogo sefardí Adamus Joselvich, juegan a la Playstation 3. Mientras tanto, por St John's Wood, al noroeste de Londres, Alina camina escuchando en su walkman la arenga estoica de las deidades nacionales al ritmo de “la cabaña”. Aunque, desde esta ciudad mandaron también un bazar de aviones y submarinos cargados de terror atávico que aislaron por completo los hechizos caseros que estaban guardados en el baúl de la piecita del fondo en un rancho roído al sur del planisferio.
Ya en los altos montes helados fue la última vez que nos vimos, hace muchos años sobre el E1 ó, tal vez, el N3. Mirko, sentado en el asiento delantero del colectivo, destinado para embarazadas, minusválidos y personas ancianas, leía en el El Comercio y Justicia una nota concerniente a las referencias inflacionarias como resultantes de las falencias políticas fecundadas en riquezas artificiales y banales. Lloré al verlo. Por el tunga tunga que nunca escuchamos, por la melancolía de la tonada, por Racing, por el rally y el fernet con coca, por la épica universitaria que incluyó la militancia estudiantil, y por Alina. Que en el casamiento de ella, increpó a su cuñado por ser un lamebolas de la Afip y comerse diariamente el faldeado del pequeño comerciante y no el costillar de las grandes corporaciones.
Sin embargo, abracé a Mirko mientras el ómnibus frenaba en la parada de la plaza ex Vélez Sarsfield, duró unos minutos bajo la mirada benevolente del monumento de mármol erguido de Dalmasio. Me comentó acerca de unos poemas y que ya volvía al viejo continente para presentarlos en Edimburgo. Me mostró en su teléfono un video que estaba colgado en youtube donde Alina bailaba con la bandoneonísta belga Erika Wollsgur y daba cátedra de tango con el profesor Adamus Joselvich en el Reino Unido. Su rostro tan angelical brillaba como siempre, como en la noche de su casamiento detrás del gazebo donde flexiono sus rodillas y me propino una felación candente. Recuerdo que Mirko junto a sus amigos armaron un churro quemándose los dedos al compás del “tuta tuta” en el centro de la fiesta como si nada.
Yo, rezaba para que no se percatasen de nuestra ausencia y Alina me comentaba, sin ningún tipo de problema con una sonrisa picara y escabia mientras me desprendía el ambo, que había leído un artículo en la revista Maxim donde revelaban que Cleopatra practicaba la felación con sus soldados para conservar su vitalidad y juventud.
-¿Sabías? –preguntó.
-en aquella época se le atribuía al semen, propiedades mágicas -y volvió a reír. Además, continuó con su glosa.
-Las prostitutas de Fenicia e Egipto fueron las primeras en utilizar lápiz labial para notificarles a sus clientes de sus talentos bucales. En cambio, las romanas escribían directamente en las paredes para que supieran que ejercían el oficio. -terminó y añadió: -¡Muy bueno, no! –y se metió entero mi miembro en su boca.
Bajé en la parada del Paseo del Buen Pastor luego de un apretón de mano y un beso en la mejilla dándole suerte para la vuelta. Mirko, me abrazó y susurro que iba a darle mis saludos a Alina.
Los años pasaron y hoy viene a mi memoria ese encuentro, ya que he hallado bajo la cómoda la edición de bolsillo de “La Ilíada”, regalo que Mirko me hizo en la facultad. Extrañamente observo que están marcadas las páginas donde mencionan a las mujeres de Lesbos, con fotos de Alina y mías en el casamiento. Bajo el gazebo y con la bragueta abierta.

sábado, 19 de junio de 2010

Confidencias de una mañana en la ferretería

Esta nublado y se siente la brisa en el aire, el olor a tierra se cuela dentro del negocio. Apoyado sobre el mostrador con un café y galletas de salvado, leo el Día a Día. Levanto la mirada y veo a Nores entra por la puerta y con él, un tendal de hojas desprovistas por el álamo plateado en la calle.
Nores, es muy tradicionalista y devoto de San Antonio, concurre religiosamente todos los domingos a misa y fuma como murciélago cuando su mujer no lo ve. Despotrica contra todos y a veces es cansador escucharlo. Sale a caminar todos los días cinco kilómetros y cuando vuelve pasa por la ferretería a comprarme chauchas y palitos. Me saluda cordialmente y observa de reojo el diario encima de la mesa. Lo toma y se detiene un momento en la lectura de la noticia para comentarme el asesinato por la espalda de la joven que andaba patinando con botas negras y mini short blanco en el parque Sarmiento, ayer a la mañana.
-¿Quién lo iba a decir? le respondo. -ocurrírsele matarla con un hilo para atar y cocinar el matambre relleno. Yo que le vendo a usted un montón de metros para que cocine la colita de cuadril, que según ha llegado a mis oídos, es la más sabrosa del barrio porque le pone acelga, huevo duro y puerro fresco -le digo con una sonrisa amigable y pícara; a la vez que exclamo ¡Pobre chica! bamboleando la cabeza de izquierda a derecha.
-¡Pobre!, ¿qué pobre? ¡de acá! mira como salía vestida, un loca parece. Ella lo busco. –dijo levantando la voz Nores, mientras apuntaba con su dedo índice la fotografía del periódico.
Atónito, no pude contestarle nada; además, prosiguió:
-Pobre es el pibe que adoptaron los engendros que se la comen doblada en la esquina de Brandsen ¿qué futuro tiene el niño? ¿cómo la justicia permite eso?. Mira, a ese par de pucheros les metería un pantuflazo por el centro del orto quebrándole ese culo rotoso que portan. Es más, denuncio una conspiración gay. Estos maricas marcan carteles por la ciudad a favor de su unión. ¡Estamos todos locos!. –gritó, al mismo tiempo que unía todos sus dedos en forma de duda gesticulando con sus dos manos.
Desvío la mirada de él y en la vereda diviso a un perro callejero lamerse su entrepatas. Intento minimizar y cambiar el rumbo de la charla preguntándole que va a llevar, me rebate al instante con un tono de voz más bajo y pausado, un telgopor y un cutter afilado. Le entrego los artículos y anoto en el cuaderno lo vendido. Nores me despide agradeciéndome por el cumplido que le hice por sus dote culinario y refunfuñando se retira del negocio.
Relojeo el ovillo de hilo sobre el aparador al lado de los clavos de tres pulgadas y las tuercas bulonadas. Fijo la mirada en ese enredo. Me estimula pensar que a la noche mechare el cuello de Nores de igual forma que meché aquella chica de los patines negros. ¡Oh, sí! como una colita de cuadril bien sabrosa.

viernes, 18 de junio de 2010

Lucy bajo el cielo con tabletas

Lucy vive de alquiler en un viejo monoblock de barrio SEP. Pasa las tardes en el balcón con un caracol, una vaca, un conejo y un perro. Desde la ventana del frente, un joven de corte inglés le roba sonrisas todas las mañanas mientras su abuela se encuentra bajo un invierno perpetuo de vegetación desojada.
Todas las tardes luego del aseo, toma mate con sus amigos y escuche tunga tunga al ritmo del güiro poético y suburbano. En su cuadra, es la campeona femenina de salto en piola, pero la nena fuma marihuana bajo las gotas que caen de los aires acondicionados en los complejos habitacionales al lado del baldío.
Lucy no tiene padre, estubo preso por armar peleas de box en la esquina del barrio y se ha enterado que murió por integrar una banda de gas pimienta en el pabellón del diablo. Sueña con partir a Marruecos comiendo tartas de espinacas bajo el cielo de baratijas en la calle San Martín.
Lucy dibuja en papeles blancos una travesía psicodélica en barco. Sentada en el balcón, atraviesa un país de flores amarrillas mientras apunta en el diario el número telefónico de un taxi. Ella cuida a su abuela y el coche nunca llega a la comarca. Sin mocos y lágrimas, ella, la lleva una vez a la semana a los controles hospitalarios en el ómnibus urbano.
Hace frío. Y en la sala de espera del Clínicas un joven con el virus sufre la discriminación de la violencia social; al frente, una drag queen brasileña recorre la intimidad de los pasillos para ganarse la vida y detrás de Lucy, una mujer con cerebro humano descansa sobre una cama en un cuerpo artificial y plástico.
El médico le explica que son tiempos duros y la anciana necesita consumir drogas para ocasionarles momentos felices –Un accidente cerebrovascular, tiene su abuela– indica el galeno.
De regreso, Lucy vende merluza en la puerta del vecindario y entre mariposas amargas sin cromos divaga con métodos de terapias revolucionarias. La plata no alcanza y el humo derrite la vela. Lucy piensa que una sobredosis haría feliz el viaje de su abuela al cielo. Pero, sin tabletas.

martes, 8 de junio de 2010

La fantasía de gambetear

Repasando tres narraciones de Guy de Maupassant entre luminarias, pinturas e imanes pop art. Vi el engreimiento y la dicha en los ojos de los chicos que habían pasado la tarde tiñendo la caja del LCD de 50 pulgadas comprada en 60 cómodas cuotas (sin interés), por el gordo. La adquisición, había sido sólo para ver el mundial de fútbol en la confitería de Marcos.
Pasándola bien, entre birra, asado y compinches; estaba sentado en la mesa junto al ventanal del local que da a la peatonal en Rivera Indarte casi Rioja. El gordo, se anunciaba como CEO de Marcos resto bar. Había pautado un banner publicitario en el “Diario de Infonegocios” y ya, se las creía. Napolis, el cocinero, se le burlaba diciéndole que en realidad: “sos un CERO no CEO, gordo bolsa de mondongo, que tei haaaacé”. Y por supuesto, el rechoncho lo putiaba un buen rato amenazándolo con echarlo, pero nunca ocurría. Ya que hacía quince años que trabajaban juntos.
Releía a Maupassant al mismo tiempo que pasaba la cerveza por el buche y escuchaba los comentarios de los pibes en el cantero peatonal; chistes, sueños, música, morfi y fútbol, ó sí, balompié. Esa pasión cultural arraigada entre las entrañas más profundas del ser que nos hermana más allá de la clase social ó instrucción escolar. Ansiosos y sin resignación, no se iban a perder los partidos de la selección. Por eso, sus manos estaban ocupadas con témperas y plásticola dadas por Marisa, dueña de la librería de calle Rioja a la vuelta del bar.
Pegaban el cartón de la caja montándola como un LCD, uno de los niños dibujaba una gambeta de Verón pasando al dos de Nigeria. Luego, otro de los menudos borraba con goma el esbozo y trazaba la continuación de la jugada con un cabezazo de Tévez rompiendo la red de la escuadra africana. El grito y el abrazo no se hicieron esperar, dieron la vuelta sobre el cantero central arengando himnos futboleros sin parar.
Cerré el libro, le mostré un billete al gordo y lo dejé debajo del vaso, me levanté satisfecho y lleno, salí afuera y me senté en el cantero con los chicos a ver como terminaba el partido.

martes, 1 de junio de 2010

El socio

Se asomaba en la lejanía de sus ojos, el cálido y hospitalario sur. Temblando en una lengua, sensible y pastosa, se acercaba a toda prisa. Por el sendero, volvía endemoniado como un astro calavera con el sol a cuesta, mientras trataba de leer en su celular un mensaje perdido de su socio Jorge. En silencio, recordó el café Lisboa, allí Flavia deslizó su silueta entre sus manos; como arcillas y piel, moldeando un recorrido infinito hacía la cama del hotel Acuario.
La sensación agridulce bajo las flamas ardiente del viento norte, ondulaban en sus pupilas cansadas. Las cicatrices de la huida explotaban en sus entrañas. Aumentó su stress y se detuvo en una estación de servicio. Ingresó al baño, llevó el agua a su cara y del maletín saco la colonia aplicándosela en todo el cuerpo.
Salió del baño y subió al auto aún nervioso, sintió un mal invisible que lo observaba y arrancó, estaciono en la puerta de su casa y entró por la cocina donde se encontraba su mujer. El beso de ella fue tan cerca, que le pareció que exhalaba el gozoso vientre de Flavia. Cerró sus ojos y una brisa congelante le provoca un escalofrío por el cuello, no pudo más, se arrodillo y le confesó el engaño.
Aliviada y sin resentimiento, ella muda se dirigió a la mesada colindante con la heladera, se agacho y abrió las puertas plegadizas, gesticulando con sus brazos asemejándose al aleteo de las mariposas, hizo que Jorge saliera. Él, se levantó, sacudió el pantalón, se puso el saco y se retiró de la cocina con un: “nos vemos mañana, socio”.

lunes, 31 de mayo de 2010

El candidato

Sirvió 4 dedos de whisky en un vaso de boca ancha con 2 cucharaditas de limón verde y 3 cubo de hielo frappé, mientras observaba los titulares del diario. En portada, las fotos mostraban como juraba con un saco apretado y fuera de época. En la página uno, se deshacía de la empresas de diversos servicios que poseía. En la otra hoja, el escándalo con la amante vedette joven y morocha despechada que quedaba sin tarjeta de crédito y departamento de un edificio lujoso.
El suplemento especial, lo mostraba con su panza al aire en una playa del caribe junto a su familia patricia, y en la contratapa, el retrato de él en plena sesión dormido en la banca del senado. La mueca de disconformidad fue con el retrato en que saludaba al juez investigado por una causa de coima y narcotráfico.
Sin embargo, nada de esto lo develaba psicológicamente como un hombre sombrío y autoritario, reservado a ser sumiso y humillado por el aparato partidario de los socios momentarios. La obsesión de coquetear con el poder lo convirtieron en un ridículo atractivo. Dejó el periódico y luego del último sorbo y una risa picara, salió a representarnos.

sábado, 29 de mayo de 2010

Departamentos

Tras el exitosos tours de Francia, volvimos a la ciudad a buscar un departamento para irnos a vivir juntos. Sí hubiese estado solo, sin duda alguna, caminaría con mis botas camperas de piel de iguana por las grandes inmobiliarias, riendo y hablando, mientras tomo café al paso. Pero junto a Mirna, el traqueteo se hace muy largo y hay que ir lento, observando cada habitación, cada piso, cada edificio.
Cansado, Masticaba caramelos de goma frente al agente de bienes raíces, bamboleaba incesantemente mi mandíbula de un lado a otro. La irritación oculta por mis muecas que mantenía el bigotudo vendedor, me agraciaba de sobremanera. Pensaba. Todos los arrebatos de ira y despecho colérico hacía mí que sentiría. La intención de aplicarme un golpe de puño en el medio de la cara por mal parido, y la patada en el culo que le daría a Mirna, por llevar a este pelotudo a ver los deptos con ella.
Reí por dentro e imaginé como debía estar reprimiendo todo, con tal de hacer su trabajo. Salimos, no nos gustó ese tampoco y el vendedor dijo:
-Bueno, quieren observar otro.
-Sí, obvio. –contestó Mirna.
Y, mentalmente me dije: Un trashumante así, es motivo de amarlo.

jueves, 27 de mayo de 2010

El mostrenco

Tenía una voz sencilla y pragmática para describir este mundo como un lugar bello y acogedor. Con ferocidad y melancolía, bramaba en las esquinas céntricas lo obsceno y pegadizo que eran los caminos del mundo, y como las sutilezas y espesuras poéticas del entorno, incursionaban en nuestras almas. Nunca pronunciaba palabras guarangas, explicitas y soezas, por lo contrario, se abocaba a la búsqueda del habla autóctona con un sutil gusto por las tradiciones serranas.
Sin embargo, ya desde el paleolítico de su vida se ponía en puntas de pie intentando huir por la ventana de la cordura en un silencio parco y maravilloso. La locura lo amordazó en el renacimiento de sus años, aguantando a cuenta gotas sus gozos, dolores, alegrías y tristezas pasajeras.
Afanosamente, transitaba el siglo sin hablar de las enigmáticas mujeres que poseían ese linaje angelical, similar a Venus ó Madona, impregnadas en tonos ocres de lienzos invaluables que empachaban los ojos criollos.
En algunas ocasiones, bebía solo, e invitaba a beber a la noche. Ebrio, escupía los mosaicos chinos de las veredas agrietadas y escapaba de su sombra sin designio lírico. Cada tanto coleccionaba colillas de cigarrillos, arrullándolas en una servilleta de papel manteca que le daban los puesteros de la corte en el café de los mil vagabundos. Él, celosamente los guardaba en el bolsillo interno del saco como un poema secreto aún no escrito.
A la hora del crepúsculo aspiraba el aroma de las flores, sólo que la fragancia venía del desagüe. Luego, conversaba con las aves de la plaza, mientras le silbaba distante una melodía que expulsaba migajas de sémolas pasadas.
Ya en la oscuridad, tras el traqueteo diario, la catrera fabricada con cartón prensado soportaba el curtido cuerpo bajo el estrellado pórtico del Banco Nación, reposaba en el sueño onírico remembrando la antología de sus logros, y también de sus derrotas.

sábado, 22 de mayo de 2010

El pingo de la cuarta

Los tres apostadores se reunían diariamente a ver la transmisión de la carrera en la sede del Jokey Club. Las puertas se abrían y los carreristas tiraban un par de monedas a los equinos proyectados en el LCD.
El gran escándalo se forjaba en el paso final del corcel favorito, avanzando arrolladoramente hacía la meta, marcando una diferencia de varios cuerpos de ventaja al resto de los caballos.
-Se terminó, esto esta definido; por dos cabezas "Herradura" Montoya, gana. –anunció los parlantes del televisor. Sin perder tiempo, los tres corrieron desesperadamente a la ventanilla de pago en el Jokey Club.
En la cuarta carrera, "Tránsfugas", era el predilecto. –¡Todo al cabeza, papá!. –jugaron sin dudar los tres.
Dos personas más, entraros disfrazados de gauchos y se dirigieron a la taquilla, preguntaron: ¿quién va?; le respondieron el "Tránfugas", muy bien contestaron y voltearon la mesa de entrada desenfundando un itaca M93 negra. El estallido sonó en todo el recinto y el boletero salió impulsado para atrás con un tiro en el medio del pecho, volándole la visera verde por los aires e impactando contra una estatua hípica de bronce.
La imagen televisada de la pista se multiplicó por la pantalla, mientras que la cabina de pago se vaciaba, rematándola en el tramo final.

jueves, 20 de mayo de 2010

El Tártaro

Carola tenía 18 años y preparaba los cuerpos fallecidos que viajaban al Hades, ó por lo menos así lo pensaba. Sabía del silencio y del sueño metódico que rendía frutos en los brazos tiernos de los difuntos. La creatividad para ella, era una mirada, un frenesí de baboseos, una inquietud sin tiempo en el lugar mas profundo de todos. El tártaro.
Conocía la capacidad universal del alma, y también, la vehemencia de la condición humana. Estoicamente, Carola, fue hasta el Olimpo en un día lluvioso, tardó algunos meses y cobró ahínco. Sus lágrimas se volvieron bronce y detuvieron el tiempo. Recordó, que él mientras le hablaba, siempre la miraba con lujuria y le susurraba al oído amenazas, obligándola a satisfacer los instintos más macabros que ella despreciaba.
Su padre, una personalidad malvada y cruel, quedó tendido sobre los mosaicos de la cocina con un tenedor clavado en la nuca. Quizás, por el interés en la mitología del señor de los infiernos, el cielo se le hizo visible en sus ojos y con melodías de deseo, preparó el brazo paterno.

Bon appétit

Los numerosos bancos de peces se desplazaban en forma circular con una serenidad inigualable. El sosiego que me forjaba suspendido en la pecera azulada, no me encontraba con mayor consternación, todo lo contrario, ya que los diferentes tamaños, formas y colores que producía la fauna acuática, asemejaban una postal impresionista de marinos holandeses.
El agua, fuente y constitución de vida, mostraba las huellas naturales que se impregnaban en mi piel curtida por el sol del mediodía. Nunca supe cuanto llevaba seducido por el bamboleo sereno. Sólo sé que de repente, dispersé la mirada y me percaté que una gran variedad de tiburones aleteaban bajo el pataleo de mis piernas en forma centrifuga, dejé la calma de lado. Alcancé a divisar agazapada a una de las criaturas, sentada sobre su cola como si supiera que mi indefensión no iba a ir a ninguna parte.
Temeroso, otro escualo se lanzó y golpeó la palma de mi mano derecha. Grité atemorizado y pensé en su enorme tamaño mientras me sumergía. Me pregunté, sí me verían como un juguete de plástico Chino que podría ser zamarreado de aquí para allá.
Sentí un roce nuevamente, sin sospechar que era el cuerpo de Samir, desesperé. El joven marroquí que conocí en Santiago de Compostela, ciudad a la que había llegado junto a otros colegas para un reconocimiento importante en la labor humanitaria, flotaba a mi lado.
Un tercer pez cartilaginoso me rodeó. Vino a mi memoria el restaurante de Fabio, un comedero de fruto di mare en el Mercado Norte, él, siempre me hacía probar un buen bocado de cazón fresco en el almuerzo matutino, fue aterrador, la idea de ser yo ahora un tentempié mojado sobre el plato oceánico, cobraba fuerza.
Mientras sostenía el flote, recordé de nuevo la imagen de Samir diciéndome: “Debemos liberar toda contaminación sospechosa y fomentar la conciencia ambiental”. Además, explicaba entre ademanes en la sala de embarques del aeropuerto español, que todos huíamos y no hacíamos nada. Qué ciertas sus palabras.
Inhalé aire, sentí que los enormes ojos del tiburón sentada sobre su cola, se clavaban en mí como en un pequeño estanque, el oleaje que impulsó el avance me subió un poco, pude distinguir como la aleta dorsal cobraba altura sobre la sal acuosa, mis parpados aprisionaron las retinas como una ostra a las perlas, y el resto... El resto, cuando vayan a lo de Fabio y le sirvan sin mayor demora una buena rodaja de Cazón.

viernes, 14 de mayo de 2010

Abducidos

Viajábamos por la ruta 38 hacía Capilla del Monte, Alina tenía un chalet cerca del dique el Cajón, frente al cerro Uritorco. La tarde caía en aureolas amarillas con cándidas moralejas de alquitrán que rebotaban en el asfalto y en los cristales de mis gafas ahumadas “Roy Boy”, ya que se las compré a uno de los vendedores ambulantes de la peatonal San Martín con procedencia dudosa.
Conducía el Fiat Duna CS blanco a gas con tranquilidad, cuando de repente la radio comenzó a perder la señal, fue extraño, cambió justo en el momento que el “Turco” Genesir por “Condena 3” denunciaba que diferentes vecinos de Punilla habían detectado una brillante luz psicodélica en el cielo, zigzagueando de derecha a izquierda.
La potencia del estereo subió y sonó “Love to hate you” de Erasure, sorprendido me atraganté con unos palitos de chocolates Terrabusi perdiendo el conocimiento. Al despertar estábamos como en un limbo nebuloso donde cuatro figuras lánguidas con cabezas cónicas se pararon adelante nuestro, se nos cortó la respiración y las cuerdas vocales no encontraron el tono para elaborar una palabra. De repente, los cuatros desenfundaron cuatro abanicos y repiquetearon una coreografía de “Locomia”, el vaivén de los brazos, de la pelvis y de los hombros seguían el ritmo con una exactitud inusual.
Al terminar uno de ellos se nos acercó, con una mueca en lo que parecía su nariz, nos olfateó como un animal en busca de delimitar su territorio. El aroma del perfume que envolvía el cuerpo de Alina, lo intrigaba ó seguramente, lo asqueaba, ya que la fragancia había sido un regalo mío para su cumpleaños comprado en un tugurio de la Galería Norte.
-“Cartolina Yerrera Nº 8”, con esa la matas. -me dijo la vendedora de la perfumería.
El ente se hizo para atrás y murmuró palabras sueltas; “ET teléfono”; “qué la fuerza te acompañe”; “no hay problema”; “nanu-nanu”. Al instante, otros dos especímenes se posicionaron enfrentados y avanzaron un paso tras otro al compás de “pan y queso”, imaginé que era como tirar la moneda para arriba y ver que hacían con nosotros. “Pido gancho”, exclamó el cuarto ser y los otros tres lo miraron.
Un sonido aturdió nuestros oídos y nos desvanecimos nuevamente, recobré el sentido y observé que los limpiaparabrisas estaban funcionando, las luces intermitentes encendidas y el tono de Mario Pereyra puteando al “Turco” Genesir explotaba por los parlantes. Salí aturdido del Duna y me di cuenta que quedamos estacionado a la vera de la ruta debajo del “Zapato” en la entrada de Capilla. Alina, bajó también del auto y preguntó: ¿qué pasó?; no supe que contestarle y la invité a subirse en la roca con forma de mocasín de espalda al Uritorco y ahí, nos sacamos una foto.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Protesta II

En otro sitio, allí, donde el alquitrán y la sangre se funden espesamente, comenzó la protesta. Se detuvieron clandestinamente por el miedo que el día a día cruelmente arrasaba como tsunamis demoledores, torturados en instante de alerta, una arenga colectiva impulsó la marcha. El que iba a la cabeza escupía rabia, mientras desplegaba un tripulación de emociones vehementes, el resto, acompañaban hambrientos de justicia.
Adelante, el cordón policial no dejaría avanzar a la columna. Enfrentarse al enemigo que devoraba los corazones de jovencitas y don nadies solitarios, fue irremediable.
El ansia, las gomas y los bastones culminaron con una estresante y salvaje sociedad urbana. Y como siempre, no se consiguió nada.

lunes, 10 de mayo de 2010

Hasta mañana

Cerrás tus ojos ó encontrás algo tranquilo que puedas mirar. Cuidas de estar bien sentado ya que es posible que te quedes dormido por la acumulación de colillas arrugadas en el cenicero. El humo indivisible de brasas apagadas a media, no resta aire, sino que suma melancolía de un pasillo vacío.
Recordás que arriba del aparador barnizado; superhéroes, indios, enanos, extraterrestres y soldados, participaban de una teatralización épica para marcar quién es el patrón del estante. Épocas de antaño donde el vencedor reclamaba el borde y el vencido contra la pared se conformaba con llenarse de tierra.
Ya no es fácil ser niño, tus rodillas están por debajo del nivel de la cintura y el nudo de la corbata te aprieta el pescuezo. La sangre ya no irriga como antes y el corazón bombea cada cinco minutos tambaleando el centro de tu ser. Con tartamudeos de charlas vanas en siestas obligadas, conservas la cordura.
Visualizas un remanso, es tan real como imaginario. Tomás conciencia de que hoy, tampoco te visitarán. La enfermera te lleva al cuarto y otra colilla estalla contra el paredón del geriátrico, te recuesta el cuerpo en la cama acomodándote en posición fetal. Cerrás los ojos nuevamente y el ángel te dice que aún mantenes la luz intacta.

sábado, 8 de mayo de 2010

Año nuevo

Faltaban quince minutos para la medianoche y cruzaron el peaje sin que nadie se percatara que una familia de Carcarañas había desaparecido en el kilómetro 32, a la altura de la cementera "Corcemar" en Malageño, por la autopista Justiniano Pose.
En la entrada de Villa Carlos Paz, la policía caminera junto autoridades municipales y el intendente, ordenaban el tránsito desviando a los conductores hacia la banquina, esperando que el primer turista cruzara las cero horas del treintiuno.
Un Ford Focus gris aterrizaba en medio de una marea humana a caballo con cincha y facón, promotoras enfundadas en calzas bien apretadas que remarcaban la fruta tan exquisita como los alfajores serranos que entregaban, copas de plástico con espumantes de primera línea para la ocasión, y el notero del canal local capturando la postal de inicio en la temporada estival.
La frenada lijó las cubiertas contra el asfalto dejándola sin dibujo, bajaron del auto dos jóvenes con las manos arriba nerviosos y arrepentidos, uno de ellos tiró ansioso la ganzúa taiwanesa que había comprado en la “Galería Norte”. Tres agentes se acercaron sorprendidos y observaron dentro del rodado, boquiabierto detectaron que en el interior llevaban una pistola 9 milímetros Sig Sauer, 4 mil pesos, una buena cantidad de C4 y una familia secuestrada.

martes, 4 de mayo de 2010

La colecta

Había encontrado una moneda plateada debajo de las hortensias en el jardín de la casa. En una de las caras se encontraba el rey de los gnomos y en la otra un duende enano irlandés. Los árboles de la calle por las noches silbaban muy fuerte y por lo general traían cosas desopilantes de otros mundos, ó por lo menos eso pensaba Nacho. La oscuridad le producía un terror atroz, siempre comentaba que antes de dormir por la ventana veía un grupo de pajarracos fucsia que revoloteaban la cuadra una y otra vez.
El cielo estaba negro y a punto de caerse por el aguacero que se aproximaba. Cerró las cortinas y tras ellas notó que afuera unos pigmeos corrían por los árboles de enfrente, saltando de rama en rama. Divisó a uno ingresando a la habitación de los padres por el tragaluz contiguo. El espanto lo invadió y se apresuro a esconderse bajo la cama.
Un grito desgarrador provino del cuarto paterno y luego de unos segundos, un sin número de risas macabras entonaban el techo del chalet. Sintió unos pasos que se arrimaban al cuarto. Nacho acurrucado bajo el lecho vio que la puerta se abría y unas botas negras y pequeñas se posaban firmes en el umbral.
Una voz estruendosa ordeno la retirada y recordó que sólo el rey pagaba buen precio por los humanos adultos, la puerta se cerró y escuchó que las botas subían por los escalones hacia el tejado. Nacho respiró aliviado y sacó la cabeza debajo de la catrera, observó una vez más la ventana, los pajarracos fucsia levantaban vuelo y la noche se cerraba hasta la próxima colecta.

lunes, 3 de mayo de 2010

Clóset monstruosos

-¡Están ó no están!.
-¡Mierda!. Quisiera no despertar más.
-Si supieran.
-¡Qué pasaría, si supieran!
- No hay dudas.
-Rabiarían tanto contra mí.
-Dan ganas de no levantarse.
Estoy cansado de oír sólo mi voz. He pasado tres días en la cama ahogado en piélago de sábanas frías sin una arruga, postrado en posición fetal.
-Estoy solo.
-No le temo a la oscuridad, así que antes de ponerme nervioso intento serenarme.
-Perfecto.
Recuerdo que de niño dormía con el placard cerrado de cagón. Le decía a mi madre que troncara la puerta para que Salím, el gato, no se metiera adentro y llenara la ropa de pelos. Hay cosas que por mucho que pase el tiempo y por muy lejos que parezcan que estén, nunca cambian. Qué ironía, estoy cansado del ser humano. Cada tanto hay momentos para pensar en lo que somos y hacemos.
Escucho a la señora de la limpieza abriendo las ventanas del pasillo para purificar el ambiente.
-Es patético esperar cuatro horas para que armonice el nicho.
-Mejor me levanto y me cambio.
-Guardapolvo cuadriculado con cuello mao color negro.
Nunca entendí a la gente que clausuró sus clóset para purificar y mantener cautivo al monstruo, yo estoy muy bien conmigo mismo. No me imaginé la fragancia esparcidas en el tiempo, tan erótico, tan sublime, tan placentero de vestirme de monstruo.
-¡Qué elegancia! –Me digo, en frente de la puerta espejo del placard.
-Un puñal enfundado en la mano derecha y una bolsa de plástico negra en la izquierda, mientras mis labios saborean un "Chesterfield Light".
-Se merece la paga.
-¡I know!.

lunes, 26 de abril de 2010

Pasta de autor

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Cruzó las montañas montada en un burro encorvada por el malestar y el temor de perder los libros de William S. Burroughs, Tennessee Williams y Truman Capote envueltos en fojas blancas. Tales obras provenían de la Cochinchina en la zona meridional de Vietnam. La marcha por los bosques nativos y las heladas noches de traslasierra producía el arrope de por lo menos una camiseta, camisa de charro y poncho de guanaco; bombacha, can can, polaina y pantalón de badana; pañuelo envuelto en la cabeza debajo del sombrero con pico y chal de nutria.
Traspasó las empinadas sendas ocultas de hielo con su perro Cocker Spaniel hasta la altura de la Quebrada del Condorito. Al llegar a la Ruta 14, Blanca fue detenida por un control de la policía caminera. Los agentes le preguntaron que hacia por la zona y ella le contesto tiritando que llevaba unos libros a la escuelita, pasando el Julio César. Uno de los uniformados la hizo descender del cuadrúpedo y la examinó hasta la piel: "No voy a dejar que se muera de frío" le dijo, mientras el Cocker Spaniel ladraba desaforadamente. Luego de la inspección en las alforjas del animal y de constatar que cargaba los compendios, le indicaron que prosiguiera su camino con cuidado y que la próxima vez le iban a labrar una multa por transitar por la ruta con semejante vehículo.
Blanca, se alejó unos 15 kilómetros tierra adentro y se topo con el alambrado de la escuela, en la puerta se encontraban dos furgonetas "Fiorino" grises con logos de la "Agencia Córdoba Cultura". Salió a recibirla el señor Baras, director del colegio, y la acompañó hasta una de las aulas vacías, descargó las fojas y abrió los textos; el regente comenzó a clasificarlos: "Burroughs", a San Antonio de Arredondo con heroína, "Williams", con anfetaminas a Villa Carlos Paz y "Capote" a La Falda con cocaína.
Los conductores cargaron los tratados en los utilitarios y salieron a sus destino. Baras observo a Blanca y le apuntó que Ho Chi, el proveedor de Vietnam, había llamado diciendo que el martes llegaba una entrega muy grande con los volúmenes de Carlos Menem, César Angeloz y Eduardo Duhalde.

martes, 20 de abril de 2010

Obispo Oro e Ituzaingo

Se tardo más de la cuenta llegar, la bocacalle en la esquina de Obispo Oro e Ituzaingo estaba cubierta por una bolsa negra de basura, y el agua que acumulaba casi un metro y medio de alto corría por la arteria desaforadamente después de la intensa lluvia de anoche. Al ingresar al departamento de dos ambientes se encontraba Elisa sola, afuera, José arrodillado y desolado no podía pronunciar palabra. Sentada con lágrimas en sus ojos y la mirada disipada en el suelo, ella fumaba compulsivamente un cigarrillo con su mano derecha, mientras sostenía con la izquierda un juguete verde.
Se hizo presente el suboficial Gutiérrez empapado, tuvo que cubrir el caso de una mujer caucásica rubia asesinada en su casa de barrio Alto Yapeyú unas horas antes.
-¿Qué paso? –preguntamos directamente, Elisa levanto la mirada y con la voz entrecortada comenzó a relatar lo sucedido:
Apenas lo conocí, él me comentó que era separado y que tenía dos hijos; uno de tres y otro de cinco años. Al principio le restó importancia ya que José se comportaba como una persona encantadora que me agasajaba constantemente con cenas, viajes, momentos amorosos intensos; en fin, me hacía sentir una reina. Es más, los fines de semanas que él gozaba de la custodia de los chicos, salíamos los cuatro de paseo por los parques y los juegos de la zona.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo observé que José se convertía en un padre ocupadísimo y que los pequeños no sentían apego hacía mi persona. Los caprichos y la decidía hastiaban mis nervios y mi mente; los enfrentamientos celosos por quién poseía la prioridad de José empezó a resquebrajarnos. La soledad, el miedo y la idea de tener a mi hombre sólo para mí empezaron a rondar por mi cabeza.
Anoche, me sentía angustiada y no pude dormir, pensaba que él ya no me iba a querer, me dio temor con motivo, la madre llamaba siete veces por hora para ver que los niños se encontraran bien y José debía mantener una buena relación con su ex todo el tiempo.
Recuerdo que mencionó ver a los chiquillos en la bañera y desesperadamente los ojos se dilataban a medida que no ingresaba aire en sus pulmones, el chapoteo insistente por tratar de levantarse rebalso la tina mojando el suelo del baño, unos segundos después los movimientos de los organismos anduvieron menos intensos hasta que las burbujas mermaron con sólo un globito en el agua mansa, balanceándose de un extremo a otro.
Luego, los cuerpos fueron cubiertos con una bolsa de consorcio negra y sacados a la vereda lluviosa y él se fue a conversar con la madre de sus hijos en Alto Yapeyú. Por lo menos, eso fue lo que me dijo José cuando llegué esta mañana al departamento, quebrado en llanto.
Dos empleados del desagüe municipal destaparon la bocacalle y nos trajeron la bolsa negra con los infantes en su interior. Subimos en el móvil al hombre que aceptó con frialdad la acusación de infanticidio y asesinato a su ex mujer, mientras clamaba por el amor de Elisa justificando que la única salida para la libertad de estar juntos, era ese.

miércoles, 14 de abril de 2010

Dípteros de café

La flecha esculpida en metal atravesó la cotidianeidad de abril en un mundo normalmente anormal, la ausencia de 87 días de piel rompió el solsticio más largo del año. Hoy, he estado maullando y ronroneando a una vaca suave, delicada, tenue y cortés. No tenía tesón de mí mismo y agitándome con una bocanada de humo fluctuante mientras la mano derecha borroneaba una hoja de papel amarillo, y la mano izquierda bailoteaba al compás del desafinadísimo exhalado de mis labios, bebía café sentado en el bar.
Afuera, el frío asestaba como un puñal oblicuo la carne de cualquier pasante poco precavido. Adentro, las nubes tabacaleras recorrían durante horas el horizonte del bodegón. La rumiante altiva no estaba de vueltas, los minutos pasaban y perdía la noción de espacio y tiempo, un sorbo más del café rebajado con malta calentaban los huesos roídos por la postura cóncava de mi cuerpo.
Silbando de sueño noté que algunas moscas se pegaban como ventosas en el aparador del ruso Dimitri, y otras formaban círculos en el cielo raso tratando de esquivar los nubarrones de nicotina amarga. Otra vez observé la puerta y la bovina no aparecía, ella se cambiaba de piel como se cambian las culebras, una difunta por una lustrosa ó tal vez similar a las moscas; así en cuatro etapas morfológicas distintas; huevo, larva, ninfa y adulta se estiraba consiguiendo extenderse brillante y resplandeciente.
Bajé la cabeza y escuché acercándose unas chinelas chirriando los mosaicos pegajosos, levanté la mirada y descubrí una lágrima rodar por su mejilla, la cantina inmunda no podía envolver la belleza radiante de mujer, sin chupar el néctar dulce de su aroma natural, ni morder la fruta suave de su cutícula carmesí en espíritu y alma. La gente del lugar cambió su actitud con facilidad, al igual que Tomás Llorque en la barra desolado con el corazón odioso e inmutado.
Es otoño y como un clavo torcido no encajé, volvió su exquisita anatomía despidiéndose hacía la puerta y se esfumo como una brisa de perfume sensual. En la calle los árboles iban desarreglándose a medida que sus hojuelas caían y en 88 días, a mí, me siguen las moscas.

martes, 13 de abril de 2010

Alegoría de una ciudad

La ciudad se extendía hasta la calle ornamentada de la Cañada, donde el viajero civilizado se inspiraba con el cauce curtido del Suquía. Los barrios bajos no se comunicaban por el ferrocarril, la forma más sencilla era el trolebús, alimentado por una catenaria de dos cables transportando energía eléctrica, el gusano de hierro y chasis se empachaba con sus dos astas y vomitaba el pasaje suburbano en la entrada de la polis.
Precisamente, el umbral era la plaza principal, remozada con el ecuestre general de mármol en el centro y en sus cuatro vértices glorietas, nichos y cortinajes. El punto neurálgico de la urbe se concentraba ahí mismo.
El gran mercado se encontraba enfrente, el arco de piedra le daba la bienvenida ceremonial a los cientos de foráneos y no, que con ansia irrumpían los puestos de carnes, frutas, hortalizas y especias del ancho mundo. Curiosamente una vieja librería de páginas antiguas donde las refulgentes hojas caprichosas se convertían en íconos de un público consumidor, ocupaba los últimos puestos de los productos.
Unas columnas con escudos, banderas arrugadas y santos, nos mostraba que la religión imvadía perpendicularmente al mercado y de frente a la plaza conmemorativa. Las viejas tipologías arquitectónicas dictaban del siglo XVll con su cuatro capillas apuntando a los cuatro puntos cardinales, en su pórtico, ambulantes, enamorado, pedigüeños y transeúntes espontáneos peregrinaban durante toda la jornada.
El emporio a las cinco comenzaba a cerrar, ya no se percibía la música de tacos y tacones, ni el rocío de las pieles extrañas que salpicaban al chocar los andarines del centro, el bullicioso parlante descendía hacia otros ruidos, el aroma a fruta fresca franqueaba más ha fétido y las bocinas de automóviles, sí retumbaban en los oídos. El ladrido solitario de un perro junto a la mugre se adherían a la ciudad, y sólo quedaba el vacío de dormir en el banco de la plaza.

lunes, 12 de abril de 2010

La dignidad del santo

-Todo va bien -contestó satíricamente después de colgar el teléfono. El largo proceso de obtener trabajo le procuraba una fuerte ansiedad y depresión que arremetía como un martillo golpeteando el ánimo una y otra vez sin parar. Con prisa vagaba por los anuncios laborales que publicaba todos los días el diario y como un test múltiple-choice marcaba con lapicera roja los pedidos tanto profesionales como los de oficio varios. Semanas tras semanas repetía el rito de la lapicera roja presentándose con el rigor desfachatado de alguien desesperado. Sin embargo, nunca manifestó tal sentimiento y en contrapartida profesaba en todas las entrevistas, un personaje glamoroso y carismático que mentía y amenazaba al punto tal de un engreimiento mental poco sustentable.
El clima caluroso del mediodía y de las primeras horas de la tarde lo encontraban callejeando por todo los puestos y siempre lo mismo, su actitud sólo lo llevaba a levantarse y dar la mano, girar con el cuerpo hacía la puerta, agachar la cabeza y salir arrastrando los pies hasta quedar exhausto. Ya en las noches frías bajo la sombra del ornamental púlpito y altar de la basílica de la Merced, previo atrevimiento de observación en calle Rivadavia el muro exterior del templo rebosando de misericordia ante la serie de cerámicas realizadas por “Armando Sicca” con la historia de Córdoba, alentaba en él ver esa esculturas humilladas y despreciadas a la intemperie por los transeúntes de turno.
Con el cuerpo fastidiado y el alma quebrada, se ponía de rodilla ante la imagen del santo al costado derecho de la nave central, las lágrimas golpeaban el mármol de la antigua construcción del siglo XVII y sin imitar al crucificado recorría con la vista la iglesia, tres sacerdotes se ubicaban en tres confesionarios distribuido en un triángulo imaginario enfrente del altar, la rotación de fieles no era pausada ya que en el sacramento de la reconciliación no había mayoría para el desahogo.
Volvía la mirada al beato y como vinculado a algo impalpable la serenidad se inscribió en su ser, el reposo silencioso del niño en las manos del bienaventurado caló en las abandonadas y doloridas rodillas llagadas por friccionar con el mármol, el timbre del celular rompía el mutismo celestial, con los ojos grandes y encendidos quedado perplejo tras oír que había sido seleccionado para el puesto en una agencia de viajes, la sonrisa y el agradecimiento exploto desahuciadamente ante la figura del bendito que acurrucaba entre su pecho a la criatura divina.
Erigió su cuerpo tras persignarse y marchó hacía la salida, al lado del portón de entrada un anciano ruido por los años y desprovisto de toda seguridad social dando un aspecto de cachivache extendía la mano con la intención de ayuda, hurgó los bolsillos del pantalón y encontró cinco pesos, que terminarían sin duda alguna en un atada de veinte puchos rubios, se acercó al viejo y le entregó los cinco pesos al tiempo que le preguntaba como estaba. -¡Ahora, todo va bien! -Respondió satisfecho.