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jueves, 9 de noviembre de 2017

It girls

Gran parte del día siempre estaba solitario y quisquilloso. En cambio, por la noche dejaba de ser un cascarrabias mientras trabajaba en las fotografías que capturaba con mi cámara. La esencia y el espíritu rebelde de esas imágenes me trasladaban a un territorio caliente, en donde se hallaba la memoria más primitiva.
No era fotógrafo profesional, pero conjugaba formas tradicionales con nuevas expresiones o algo así me decía la Negra Valdivia.
Ella vivía en frente de casa dentro de un garaje húmedo de sudor y de sonidos punk rock; pero llenos de deseos y sensaciones que liberaban el prejuicio. Ya que se juntaban todos los viernes a la noche, un grupito de “It girls” que se paseaban vestidas con unas culotes con motivos divertidos y remeras ajustadas que les marcaban sus nalgas pomposas.
Verlas a las chicas me hacía pensar que la cultura no es atributo exclusivo de la burguesía “cool” si no por el contrario, el de las masas sudorosas rezando por un poco de “fiesta, fiesta”.
Las chicas llegaban en patinetas o bicicletas y se agolpaban dentro del garaje escuchando música de The Clash o Sex Pixtols. Ellas bailaban y gritaban mientras los culotes blancos “pogeaban” entre sí.
Yo las fotografiaba con mi Kodak Instamatic, la transparencia del visor ocular es una invitación a mirarlas, a retratarlas, a convertirme en un voyerista.
Mi pija aprieta los pantalones y me inclino para quitármelos. Una de las chicas lame las piernas de la negra avanzando hacia arriba hasta llegar a su vagina; la cámara no deja de capturar imágenes de como la negra destila jugos empapándose su culote. La “It girls” arrodillada le quita la prenda y empieza a comerle la vagina y luego deslizándose suavemente para abajo llega a la raja del esfínter y lengüetea más fuerte con la punta.
El disparador de la cámara se traba, necesito una cerveza y el abrazo de alguien de mi mismo género.

jueves, 7 de marzo de 2013


El otro día pedaleabas sobre la ruta mientras los autos te pasaban como hojas secas que empuja el viento hacia ningún lugar. Sonreías, aunque te costaba mantener el equilibrio ante la velocidad y el asfixiante olor a gas oil. Sin embargo, no te molestaba ya que en el morral llevabas un racimo de peperina fresca que te sacaría el regusto al llegar. De frente, sobre el final de la curva un monstruo de dieciocho ruedas avanzaba recolectando mantis religiosas sobre el parabrisas, el bufido al rebasarte no te achico y como una tenaza apretaste los muslos contra el cuadro de la bici para que no te tirara a la banquina. 
Continuaste, despeinada pero sonriente.

martes, 8 de enero de 2013

Bailando con la más fea en cancán. El dato de Lorcas

Bajamos del colectivo y “flaco” Colamuci bolsiqueó a un mamerto con traje que llevaba un bolso negro. En ese instante, para que él pudiera manotear algo del bolso, tuve que pechar de costado al “chabón” de corbata, que de paso sudaba como un lechón a la parrilla, dejándome la camiseta hecha sopa. Me disculpé entre dientes con el trajeado, luego de haber divisado la mano del flaco que se escondía debajo de su remera.
Apuramos el paso hacia la esquina y al llegar le dije que me revelara lo que arrebató. Sacó la mano de entre la remera y mostró un paquete de medias para mujer.
–¡Fuaaá! Gary, ya tengo regalo para la Jenny –me dijo sonriendo como si fueran las medias de Talleres que usó el “Lute” Oste, tras el gol de penal a Belgrano, en el ascenso de 1998.
–¡Pero mira “flaco” que con esas medias, todos los guchos van a mirar el ojete de la Jenny! –le advertí mientras acomodaba los fierros entre la joggineta y el calzoncillo.
–¡Va! esos gatos no valen ni dos pesos, sólo a ¡papá! entrega la Jenny el marrón –contestó sacudiéndose la nuca rapada como un perro pulgoso.
Y agregó:
–Cuando volvamos del laburo les doy la medias, así a la noche me tiro un queso antes de ir al baile del Sargento Cabral.
No sé porqué, pero se me vino a la mente la imagen de la Jenny matraqueando. Ella era una morocha corpulenta, con una boca ancha que cuando sonreía se le veían los dientes tan blancos y puros como la merca colombiana. Además, le colgaban un par de tetas que se asemejaban a dos pelotas “Futsal” papi fútbol número cinco termoselladas y unas nalgas que cuando caminaba se movían temblorosamente como dos gelatinas “Royal”, al sacarlos del vasito de plástico.
Cómo sería de mujerón que hasta las cachiporras de los cobani, enganchadas en sus cinturones, se empalmaban como mástil cada vez que la Jenny pisaba el tinglado del Sargento Cabral.
El “flaco” guardó las medias en el bolsillo y caminamos hasta un kiosco a mitad de cuadra de calle Lo Celso, en barrio Granja de Funes. Compré una Talca Cola grande y dos alfajores Tatín blancos que deglutí de tres mordiscos empastándome el buche, y tras un largo trago de gaseosa me prendí un cigarrillo.
Había que esperar a Lorcas para entrar y desguazar el rancho de Martínez. Él, trabajaba como jardinero de la casa y escuchó, mientras podaba los malvones, los gladiolos y los clarines de guerra en el patio, que Martínez le preguntaba a su mujer en dónde esconder la plata que habían recibido después de haber vendido unos campos cerca de Oncativo en quinientos mil pesos. Ella señaló algún rincón de la casa, que Lorcas no observó, ya que no confiaban en los bancos.
Ni lento, ni perezoso; el jardinero, que vivía al lado de casa y siempre le tuvo ganas a mi hermana, me tiró el dato. Yo le avisé al “flaco” y aceptamos realizar el trabajo sucio.
El plan era sencillo, Lorcas llegaba con la plumita y la pala cerca del mediodía y tocaba la puerta, una vez que le abrían nosotros de atrás lo encañonábamos y lo metíamos adentro amenazando y puteando a toda la familia hasta que nos dieran la plata. De esta forma él no quedaría pegado.
Era ya más del mediodía y el boludo de Lorcas no llegaba ni contestaba el teléfono. Decidimos con el “flaco” ir hasta la casa. Él nos indicó que quedaba al frente de una obra en construcción sobre calle Lo Celso. Divisamos un chalet con techo a dos aguas y tirantes de madera. Sabíamos que poseía cuatro dormitorios, un baño full y otro de servicio, living comedor con grandes ventanales, cocina, lavadero, un patio cubierto de flores, pileta y asador.
Desde la esquina un camión de basura detenía su marcha envuelto en un chirrido enfático. Al verlo le dije al “flaco” que cruzáramos la calle a paso lento y nos ocultáramos detrás del chaperío en la obra de construcción. El atronador alto de la compactadora hizo recordarme el aullido de “Alcides”, un perro mezcla calle con vereda que supe tener de chico y que había sido levantado como sorete en pala por un Ford Falcón rojo en la puerta de casa en barrio Maipú II.
Nos agachamos en cuclillas y una gota de sudor corría entre mi muslo, los fierros y la joggineta, al apoyarme contra el montículo de granza. Observé por encima de la chapa, que un recolector saltaba por detrás del camión para recoger las bolsas negras tajeadas por los perros de la cuadra. Con la camiseta verde pegada al pecho por la transpiración y los guantes de telas caquis rasgados en las palmas de las manos, el basurero agarraba las bolsas chorreadas de líquidos descompuestas que opacaban aún más los guantes.
–­¡E’ pedazo de culiau quesón! –escuché que puteaba a los cuatro vientos mientras columpiaba el brazo para lanzar los sacos putrefactos hacia la boca del acopio compactador, como si fuese un triple de Marcelo Milanesio.
Del otro lado de la vereda el segundo recolector pegaba un salto a lo Steven Hooker y se tomaba del pasamano lateral del camión ordenando:
–¡Dá gorriau, mové e’ocote!
Con el seño fruncido, el primer basurero se sacaba los guantes y se limpiaba las manos en el pantalón y luego llevándose el índice y el pulgar a la boca para sujetar el frenillo de la lengua, chiflaba con furia avisándole al chofer que arrancara hacia el otro cesto de basura.
Nos tiramos cuerpo a tierra cuando pasaron delante. Alcé la cabeza un par de centímetros y oí el acelerar del camión perdiéndose en la cuadra siguiente.
Me levanté y el “flaco” desde el piso me dijo:
–Pero culiado, cuando mierda va a venir ese conchudo, la q’ te remilparió.
–Tranqui vieja, ¡ya está!. –contesté ofuscado y envainando el 38 dentro de la joggineta “Kappa” de Talleres con la mano derecha.
Saqué del bolsillo con la mano izquierda el atado Derby suave y encendí un pucho. Miré al “flaco” y extendí el brazo diciéndole:
– ¡Toma! fúmate un careta que entramos.
Él, poniéndose de pié, apretó el cigarrillo entre sus labios rojos y curtidos por el viento seco e hirviendo; sin encenderlo. Le pasé el escopetón calibre 22 y enfilamos para el chalet.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Bailando con la más fea en cancán. La vuelta en calecita

La mañana de miércoles había comenzado húmeda, cálida y pesada. Me levanté boleado de la cama y desecho en agua por haber dormido envuelto en una colcha de Llama. A mí lado Natalia refunfuñaba por haberla despertado.
––¡Dalé Negro!, no hagas tanto quilombo.
––¡Ya va, ya va! ––Rezongué refregándome los ojos y agregué ––Sos más pesada que milanesa de chanco.
––¡Cállate pedazo de bolas tristes! Y levántate que a vos nunca te importan los demás. ––dijo dándose vuelta en la cama.
––¡Ohh, bué! ¡ya empezamos otra vez…! ––dije mientras me rascaba la entrepierna.
––¡No, ya empezamos otra vez, no!, cuando vuelvas del trabajo vamos hablar seriamente. ––sentenció, pero esta vez mirándome a los ojos.
––¡Cagamos!, dijo Ramos ––contesté irónicamente.
––Ándate a la mierda, Negro boludo. ––me puteó y volvió a darme la espalda.
Con Natalia llevábamos juntos dos años, pero a causa del tibio compromiso de mí parte con el casamiento, ocasionaba en ella, un sentimiento de ansía y preocupación constante que se manifestaba en planteos y discusiones hirientes que rebotaban adentro de mi cabeza como una bolita de flipper, de aquí para allá, restándome puntos a mí estado de ánimo.
Por otro lado, también provocaba que no tuviéramos sexo, y sólo lo conseguíamos cuando nos imaginábamos que estábamos con otras personas ––o por lo menos yo me imaginaba eso––.
 Me levanté y seguía rascándome la entrepierna por la serosidad que fluía entre los pelos del muslo y el calzoncillo. Abrí la ventana para que el aire me secara el sudor que corría desde mi sien hasta los flotadores de mis caderas; pero no hubo resultados. Afuera no circulaba ni una pizca de viento, sólo el sol se erguía en el horizonte irradiando oxígeno evaporado y condensado.
Solté el postigo y me tambaleé hacia un costado mientras bostezaba. Los dedos de los pies estaban entumecidos y luego de abrirlos y cerrarlos unos segundos, me dirigí al baño. Al pasar por el lado de la cama, Natalia se cubrió entera con la colcha de Llama.
––¡Apúrate que quiero dormir un rato más! ––gritó bajo la cobija peluda.
No contesté y cerré la puerta. Luego de orinar, enjuagarme el cuerpo y gastar la bolilla del desodorante debajo del sobaco; me vestí observándome en el espejo, palpé el ambo y todo estaba en su lugar. Excepto los cigarrillos; volví a la habitación y sobre la mesita de luz reposaba el atado. Los guardé en el saco y salude a Natalia a la distancia ––no me contestó––, hice una súplica al cielo y me retiré cerrando la puerta. Ya en la calle, encendí un cigarrillo apurado y caminé con rumbo a la oficina.
Trabajaba como vendedor ––puerta a puerta–– y comercializábamos un nuevo producto femenino; las “Slim Pantihose”. Eran medias hasta la cintura ––estilo cancán–– para mujeres “rellenita” que aspiraban a lucir sus piernas más estilizadas o menos gruesas, y más largas ante la vista de los demás.
El producto no era malo, sin embargo en nada diferían con las medias que vendían los ambulantes en la peatonal, ya que el proveedor de ellos; era el mismo que el nuestro.
Llegué a la oficina y escuché la voz chillona y afinada del “Gorrión” que hablaba por teléfono.
––Sí, es necesario respaldar las medias con algún otro artículo. ––contestaba mientras jugaba con el cable del aparato.
Él era el supervisor de ventas, un hombre de extremidades cortas y complexión pequeña, con un rostro chato y de tez café donde sobresalían sus labios rechonchos, ajados y oscuros que de perfil se asemejaban a unos machucones inflamados.
Entré y saludé a Susana con un beso en la mejilla.
––Llegas tarde, Negro.
––Disculpa Su, tuve un bardito con Naty… ––contesté tras un bostezo enérgico que ensanchaba mi boca.
––¡Ahhh, Negro! Sos un perejil, no entiendo como no te das cuenta la mina de fierro que tenes ––me dijo bamboleando la cabeza de un lado al otro.
Susana se desempeñaba como secretaria del “Gorrión” y se encargaba de armar la mercadería.
––Ya sé Su, pero así son las cosas, que le vamos hacer. ––le contesté y desviando la conversación le pregunté:
––¡Che! ¿Ya están preparadas las “Slim Pantihose”?
––Sí, están envueltas con sus respectivos complementos; las “Slim Kneehighs” (medias a la rodilla) y las “Slim Stockings” (medias a media pierna). ––me mostró señalando el armario del depósito.
––Ofrece los tres productos al precio de uno ¿entendés? ––me indicó con el seño fruncido y mirándome directo a los ojos.
Asentí con la cabeza mientras me tapaba con la mano un nuevo bostezo. Esto exasperó a Susana.
––¡Bué!, ahora anda al armario y fíjate en la planilla de entrada cuánto stock te toca hoy. Cárgalo y volvé; así te doy la ruta y los viáticos, rápido ¡despertá, nene! ––me ordenó ya con un tono más grave.
Llené el bolso con cincuenta pares, firmé la planilla y volví al escritorio de Susana. Sobre la mesa estaban los viáticos y la ruta marcada con un círculo rojo.
––¿Tengo que hacer “La vuelta en calesita”? –le pregunté sonriendo.
––¡Sí!, aunque no te guste, vas hacer la vuelta en calesita. –Me contestó y agregó ––Más vale que vendas algo o este mes no cobras.
Resoplé levantando la vista al cielo raso y pegué un giro de ciento ochenta grados para salí de la oficina con rumbo a la parada del colectivo.
“La vuelta en calesita”, era un método organizado de ventas que consistía en golpear la puerta de la primera casa en una esquina y luego seguir en otra hasta rodear la manzana, una vez finalizada, se cruzaba a la vereda opuesta y se realizaba el mismo procedimiento hasta completar el barrio.
Tomé el ómnibus y me senté pensando cómo aborrecía esa metodología, porque estaba seguro de que alertaba a los habitantes de las casas contiguas a las que yo visitaba. Entendía que a nadie le gustaba tener a un vendedor de productos importados de China, Taiwán o Brasil parado sobre el jardín de su casa, y para colmo ofreciendo un artículo que no se necesitaba y mucho menos deseaba. Concluía que los vendedores ––puerta a puerta–– éramos tan detestables como los Testigo de Jehová o los carteros que entregaban impuestos atrasados.
Bajé en barrio Granja de Funes. Ya para esa hora el sol envuelto en llamas, no daba tregua. Solté el pasamano del colectivo y sentí una ebullición que subía poco a poco por todo mi cuerpo a punto de explotar a través de mis poros. No sé porqué, pero recordé el viejo Lada Niva 2121 de mi padre cuando transitaba por las salinas del norte cordobés en enero. El calor húmedo hacía que la manguera del radiador se pinchara cada vez que ponía la cuarta marcha dejándonos varados a un costado del camino. Había que esperar que menguara el calor, bajará la humedad y se enfriara el motor para poder parcharlo y continuar el viaje.
Un empellón por la espalda me hizo volver en  mí.
––Disculpa, chabón ––dijo una voz temblorosa y apenas auditiva.
Giré la cabeza y dos jóvenes con jogginetas y gorras apuraban el paso. Me sequé la pera con el antebrazo y los observé yéndose. Palpé con las dos manos el saco y el pantalón, y todo estaba en su lugar. Entonces saqué el celular y llamé a Natalia; pero ella no contestó.
Contemplé la avenida Núñez y me entusiasmé con la cantidad de gente caminando por los comercios; con los autos de alta gama transitando sobre la calle y con el cuchicheo de las empleadas domesticas al baldear las veredas. Divisé la esquina de la avenida con calle Lo Celso y caminé hacia la primera casa. Era un dúplex de dos pisos color gris neutro que contrastaba con el blanco de las ventanas, tenía una estructura de líneas rectas y simétricas, ––muy sobrias y elegantes–– me dije. Además, estaba flanqueada por un portón con rejas al tono y un portero eléctrico. Por el cual llamé.
––¡Ejem, ejem! ¿Quién es? ––preguntó una voz gruesa que carraspeaba del otro lado.
––¡Buen día, jefe! disculpé que lo moleste pero seguramente no va querer perderse esta oportunidad, de quedar bien con su mujer o hijas…
Y antes de terminar el speech, la voz gruesa carraspeando más seguido; me interrumpió:
––¡Ejem, ejem! ¡No, no!, muchas gracias, ¡ejem, ejem! no tengo tiempo, estoy ocupado ¡ejem, ejem!.
Me la jugué y le insistí nuevamente:
––¡Perdone usted!, son la “Slim Pantihose”, un producto único para enaltecer la belleza femenina y además viene con “Slim Kneehighs” y las “Slim Stockings”...
Nuevamente me interrumpió la voz gruesa solicitándome que me retire, pero esta vez sin carraspear:
––¡Ya le dije que no! por favor váyase y no insita más.
––Pero señor, no deje pasar esta ganga.
––¡Tu, tu, tu, tuuuu! ––escuché que colgó del otro lado.
––¡La puta! ––dije y vi que el portón del garaje se abría hasta la mitad. Como un remolino ciego el rottweiler negro avanzó hasta chocar su hocico contra las rejas. Sus más de cincuenta kilos de masa corporal empujaban el enrejado gris haciéndola tambalear.
––¡Grrrr, grrr! ¡guauu, guauu! ––gruñía y ladraba escandalosamente, despertando el aullido de los demás perros en la cuadra.
Me retiré unos pasos atrás y con la mano derecha saqué del bolsillo del ambo, el atado de Derby suave. Lo acarreé hacia mí boca y soplé por la abertura del paquete para separar los puchos; di vuelta la etiqueta y contra el dedo índice lo impacté hasta que se asomó el filtro blanco. Desenvainado ya, lo tomé entre mis labios y encendí el cigarrillo. Me acomodé la tira del bolso en el hombro izquierdo y continué hasta la casa del lado.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La chica de los espejados lentes negros


Como cada mañana ella se encuentra detenida ante la luz roja del semáforo sobre el carril del frente en avenida Colón y Rodríguez Peña. Su rostro inmóvil mira permanentemente hacia adelante con sus dos manos aferradas al volante. Llama la atención sus labios bañados en rouge colorado brillante que resaltan y contrastan con el chasis blanco del Daihatsu Maxcuore. 
De vez en cuando su menuda nariz hace una mueca irreverente similar a un “tic” o a un gesto ingrato, sin embargo nunca puedo asegurarlo, ya que no se advierten sus facciones tras los espejados lentes negros que cubren, a partir de su respingada nariz para arriba, tres cuartas parte de su cara. 
Casi son las 8 y el ómnibus rebalsa de laburantes, estudiantes y jubilados que cada uno de ellos despachan un tufillo a sobacos limpios y alientos frescos. Vuelvo la mirada a ella y noto que flanquea el pescuezo hacia la ventanilla del colectivo, me impresiona como los espejados lentes negros se clavan directamente a mis ojos. En ese momento se me ocurre imaginar que es el primer contacto que hacemos en día, semanas, meses o quizás años de transitar por la misma avenido a la misma hora. 
Fantaseo entonces que ella se acuesta desnuda en la cama con su piel erizada y sudorosa tras sentarse sobre mí a horcajadas. Las yemas de mis dedos recorren su silueta a medida que nuestros cuerpos fundidos se reflejan en el espejo, desformándolos. 
Sin embargo antes de despojarla de todo suéter, jean o blusa de algodón que tuviese, me figuro hablándole en un tono bajo, sonriendo lo necesario para que se sienta cómoda y confiada. Sirviéndole un exquisito licor añejo que no rasgue la garganta, sino que le remueve el paladar y la estimule paulatinamente con un fervor ansioso.
Colocaría en el tocadiscos un repertorio de swing, jazz y ritman blues característicos de las orquestas típicas de los años ‘40, ’50 ó ’60 para incitar sus caderas. Y luego la invitaría a leer un libro de la serie “Elige tu propia aventura”, así pues, ambos tomaríamos la decisión sobre la forma de actuar de los personajes y modificar el transcurrir de nuestra historia.
Entonces ella estaría lista para dirigirnos a la habitación y desatar un juego tórrido donde nos desvestiríamos sobre la cama y yo bajaría mi boca desde sus pequeños pechos firmes hasta su entrepierna deliciosa mientras la escucho bramar de placer.
No obstante, la explosión de un pistón y el zamarreo en mi hombro de la mano peluda del inspector para pedirme el boleto, disipan el espectro sexual que aprisionan mis pensamientos, observo afuera por la ventanilla y descubro que el Daihatsu Maxcuore avanza entre la marea de metal perdiéndose entre las olas de esmog que irradian los caños de escapes. 
––¡La puta! ––digo ––tengo que disimular asombro y cortesía antes el impulso adrede del inspector que tilda con su bolígrafo azul el boleto. Boleto que me enumera como un pasajero más que engorda las arcas del corredor y que figurará, seguramente, como insuficientes para las actas de la empresa, de esta manera podrán pedir aumento en el ticket la próxima vez que viaje.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Natalina López II

Es de madrugada y regreso en ómnibus. Natalina me deja y me dice que ella va ir a casa en puntitas de pies y que entrará por la cocina, pondrá en el fuego una sartén grande y colocará panceta picada en cubos, cebolla en trozos pequeños, ajo y margarina. Dejará que se dore unos minutos y agregará castañas con pasas de uvas polvoreándola con harina. Tal cual indica la receta materna. 
Mientras tanto, el ómnibus se va poblando de gente. Con el traqueteo de cada parada empiezo a sentir arcadas, estoy sentado contra una ventanilla empañada por el calor humano que exhalan los cuerpos de los empleados públicos, estudiantes secundarios, mujeres con niños en brazos, jubilados y uno que otro borracho trasnochador. Llevo en mis manos el documento. Gustavo Goith anuncia las primeras páginas con birome. En el centro, un retrato de mocoso serio peinado con raya hacia un costado manteniendo la boca y el corazón cerrado por ser tiempos de personalidades equívocas, brilla al traspasar el anular por encima.
Presiento que una vez cocinado el menú, Natalina masticará la “farola” y preguntará ¿Cuándo será el día?. Tragará el último bocado y pensará en la familia, los amigos, el trabajo y el amor. Recordará todas las cosas de su vida que la sobresaltaron sin penas ni gloria. Se dirá en silencio que le hubiera gustado haber nacido de nuevo y que en el documento apareciera una foto de nena con cabellos suelto, sin raya al costado.
Ahora llueve. Me doy cuenta por el chino que sube al ómnibus en la parada de la plaza San Martín, su camisa amarillo patito está pegada a su torso lampiño, dejando entrever sus tetillas rosadas y erectas, además el pantalón de vestir color gris está salpicado de puntitos negros y húmedos como un colador de acero inoxidable. Entonces pienso sí Natalina se acordará de aquél encuentro sexual fortuito que consiguió en la góndola de fécula en un súper chino.
Moqueo un poco y ese chino empapado haría recordar a Natalina lo exquisita y excéntrica que es. Ella levantaría los platos y los llevaría a la cocina. Se maquillaría a cal para entrega su piel risueña y altiva. Recorrería las calles y llegaría a la esquina donde se convertiría en carmelita descalza sí se lo propondrían, pero sólo en hoteles de principios de siglo, oficinas soñolientas o estaciones de servicio, sí la paga sería buena. Hipnotizaría a su clientela trasladándolos entre fantasías y anécdotas, haciéndoles olvidar el dolor y la soledad sin estafa. Reiría entre gatillos fáciles, detenciones arbitrarias y torturas carcelarias; y cantaría canciones Redondas con un pañuelo urbano anudado a su cuello luciendo la imagen del “Che”.
Frena nuevamente el colectivo, afuera Natalina se encargaría de ir tras su sombra y se quedaría parada sobre los mimbres oliendo a gaitas irlandesas como a cumbia regional. Sonreiría al borde de las olillas del río y mearía los jardines de alcohol artesanal sabiendo que no lograría cambiar la tinta de la birome. Entonces con un gesto imperceptible y ausente recordaría a Julio. Firmaría con su apellido para salir del cadalso.
Bajo en mi parada y seco los mocos que me hacen viajar hacia ninguna parte. Observo la entrada de la cocina y una campana de dolor resuena en mi pecho mientras sostengo la peluca en mis manos, ya sin tacón ingreso para poner la sartén en el fuego y sacarme la cal de la cara.

martes, 18 de enero de 2011

El coleccionista de minas

El “flaco” enrollaba bien apretadas ocho hojas de diario hasta que quedaban como “chorizos”, luego apoyándolos sobre la parrilla los ataba uno por encima del otro formando círculos serpentinos hasta dejarle una mecha arriba. El tunga tunga de Sabroso repiqueteaba por los parlantes del fondo que se encontraban detrás de la barra del comedor junto al asador. El parrillero –de delantal blanco y gorra del mismo tono con el logo de las tres tiras –distribuía en forma pareja los cascotes de carbón negro  alrededor de la chimenea de papel, así una vez finalizado, le prendería la mecha para que el fuego comenzara a sacarle el frío a la parrilla.
Nosotros no esperábamos por el asado, sólo tomábamos café en el bar frente al Paseo de las Artes sobre calle Belgrano. Joséma conversaba mientras se despegaba las entrepiernas del jeans apretado, y yo daba pequeños sorbos al jarro de café. De tanto en tanto, la puerta de entrada bamboleaba de lado a lado crujiendo tan molestamente como el chirrido insesable de los colectivos al frenar en la parada delante del ventanal donde nos encontrábamos.
Tras tragar la cafeína torreada divisaba que un chico entraba con su cara lustrosa de transpiración y sin que el mozo se percatase de ello dejaba sobre las mesas las estampitas santorales y las tarjetas de amor Junot. Le hice una seña con la mano derecha y le entregué un billete con el retrato azul de Bartolomé Mitre. Le dije que me dejará la estampa de San Cristóbal –el popularísimo gigantón que transporta a los conductores en sus hombros–, el cara sucia me lo entregó sonriendo y tímidamente me pidió un trago de soda, luego de vaciar el vaso sin piedad se atragantó con las agitadas burbujas hinchándole los cachetes, me miró retirándose con el billete de dos pesos entre sus manos envuelto en un tufillo de carne asada y eructando dijo “gracias”.
–¿Tenés que viajar? –preguntó Joséma.
–Sí, mañana tengo que ir hasta Cuchi Corral, competimos con unos amigos en parapente. –le contesté sin quitarle la vista a la estampa del santo.
–¡A sí, qué bueno! –me dijo y agregó:
–No sería entonces mejor llevar la estampa de “San José de Cupertino”.
Me quedé mirándolo un instante y por la cabeza se me cruzó la idea de que sólo los tontos podían esperar que una simple estampa proporcionara un protectorado antes las calamidades de lo dado en el aquí y el ahora, ya que tarde o temprano llegaría, y ningún supersanto nos salvaría.
–¡Sí es por mí! preferiría un protector que tenga capita como Superman. –contesté y luego le manifesté mi inquietud por el arte:
–En realidad las colecciono, me gustan las imágenes renacentistas y barrocas que muestran las tarjetas.
 Al escuchar esto Joséma asentó con la cabeza. Él era un artista provocador de tez morena, cabellos negro que usaba alpargata de yute azules y una camisa a rayas rojas desabotonadas hasta el pecho dejando entrever un penacho oscuro en forma de mota enredada; ojos saltones y penetrantes con fuertes rasgos masculinos que no revertía parentesco con su tono de voz aflautado y afeminado.
–Me parece muy bien, –contestó –aunque prefiero coleccionar minas y algunos cuadros. –sentenció.
–¡Mmmm…! eso es un hobby caro y difícil de clasificar. –le dije.
–No te creas. –indicó columpiando el dedo índice de un lado al otro.
Además, preguntó mientras me quemaba los labios con el borde de la taza caliente y humeante:
–¿Una mina es coleccionable por el hecho de ser mujer? o ¿un cuadro es coleccionable por el simple hecho de ser pintura?
Tragué el sorbo de café hirviendo lentamente y releí el panfleto de las clases de pintura que él daba mientras pensaba en el sexo –ya que cuando se habla de minas automáticamente lo asocio al sexo –, pero por alguna razón innata nunca pude asociar a las minas con un cuadro abstracto. Inquietamente mi memoria empezó a divagar por diversas imágenes publicitarías de minas carneadas y voluptuosas sobre lienzos con soportes mediáticos, y como los eslogan de moda permiten a esas “minitas” subirse a cococho sobre nuestras sombra cada vez que ingresábamos a un baño caliente.
 La mirada retórica de Joséma a espera de una contestación hizo que como un boludo le respondiera sonriendo:
–¡Y sí!, coleccionar culo y tetas es tentador pero, a mí no me importa porque sólo quiero arte plástica y no minas plásticas.
La carcajada espontánea de Joséma me inquietó un poco, el tono parecido a un chacal en celo y el brillo característico que adquiría sus encías aumentándole las secreciones lacrimales, de orina y saliva, me recordó a mí hermano mayor Ezequiel.
Ezequiel, –o como yo lo llamaba, cabeza de piedra para trancar portones –reía de igual modo. Joséma se descostillaba de la misma forma que él, sobretodo cuando el “big brother” con su circunferencia redondeada, abollada, hosca, dura y sucia que portaba como balero similar a una roca hueca, me decía “niñito de mamá”.
El mozo percatándose de tanta exacerbación, se acercó a nuestra mesa tratando de advertir a que venía semejante risotada. Yo rascándome la cabeza le pedí la cuenta. El joven asentó con la cabeza y nos anunció “que la estaban preparando”, recogió los jarros de cafés vacíos y se retiro.
Joséma refregándose los ojos volvió la mirada hacia mí y me pidió un momento para recomponerse, cambió las muecas de sus facciones y me dijo:
 –¡No! lo coleccionable de las minas es que no tienen algo que le cuelgue sobre las piernas. Y así también es en la pintura, no tenés que tener nada que te cuelgue para poder fluir y expresarte en el lienzo.
Luego de su particular explicación sobre el compilar de las mujeres el mozo trajo la cuenta y pagamos, me invito que fuéramos a su taller en calle Laprida a media cuadra del bar. Caminamos esos pocos metros y decidí convidarle un cigarrillo, agarró un pucho con la mano derecha mientras con la izquierda revoleaba como unas boleadoras el largo llavero de tela.
Me explicaba, tras cada pitada, que dentro del “fauvismo” hay un colorismo fuerte con un profundo trasfondo psicológico fragmentado en contrastes y desigualdades, pero que todo ese academicismo era una boludez tan grande como una casa y que veía en mí una vocación conmovedora.
Al llegar a la puerta volvió acomodarse la entrepierna sujetando la colilla del cigarro con el meñique y el anular, balanceó el picaporte e ingresamos. El taller era muy amplio, una casona con las paredes volteadas que asemejaban a un gran deposito de materiales plásticos donde en el fondo mantenía el baño; ventanales con grandes aberturas de madera y un cielo raso muy alto donde el eco de la voz retumbaba una y mil veces. En fila india avanzábamos por una especie de corredor con varias puertas que ya no estaban, pero sí los marcos, decía que las mantenía en pie porque representaban portales hacia la creatividad. Cruzamos uno de los zaguanes donde se encontraban una docena de cuadros con imágenes de mujeres atrevidas, lujuriosas y vanidosas que habían posado para sus lienzos en posiciones morbosas.
–¡Acá tenés!, mi compilación de minas. –dijo sosteniendo uno de los retratos.
–Ésta minita tenía sueño húmedo y la fantasías erótica de que le pintara el cuerpo. –explicó.
Miraba absorto cada una de los lienzo y especulaba con que esas mujeres seguramente no cocinaban galleta, sino chorizos, que no jugaban con muñecas pero si con muñecos y que no contaban cuentos clásicos más que con el fiolo de la cuadra. La representación de una mujer rubia con el pelo recogido, semidesnuda y recostada sobre el césped, cubierta solamente con una bombacha celeste y blanca, me impactó.
Al darse cuenta de mi fascinación, Joséma me reveló que ella era tan hermosa como el zapatazo del “Chango” Cárdenas que derribo en 1967 al Celtic de Escocia sobre el Centenario de Montevideo. Además, tenía la impronta de la justicia social, nacional y popular.
–Así que las mujeres bellas son de Racing y peronista. –le dije con una sonrisa pícara.
–Por supuesto, te cabe alguna duda. –sentenció serio.
Nos retiramos del cuarto y me explicó como era el taller, cuanto salía y que materiales utilizaría. Acordamos para comenzar el lunes y lo saludé con la mano izquierda ya que con la derecha él seguía acomodándose las bolas.
Salí del taller y me dirigí a la parada del colectivo sobre Belgrano. Una vez allí y luego de treinta minutos de espera, el C4 no pasaba, el reloj parecía detener su ritmo y el olor a licor, tabaco y perfume barato empezaba a esparcirse por la zona. El silencio monótono atravesó mis tímpanos ya que a esa hora no pasaban ni las lauchas.
Después de un par de pitadas, lentas y suaves que corroía mi garganta seca, observé en la esquina de Achával Rodríguez, como un cuerpo femenino de pierna y senos sensuales que te obligaba a respirar despacio para saborear cada partícula sudorífica, estiraba el brazo haciéndole seña a un auto que parecía ser un Taxi.
Yo que me encontraba media cuadra antes que ella decidí jugármela e intentar que el chofer me llevara a mí, y al igual que la mujer extendí mi brazo deslizándome del cordón a la calle, casi perdiendo el equilibrio. El Renault 9 paró a un metro mío y bajando el vidrio desde el interior una voz preguntó:
–¡A donde vas pá!
– Para el cerro. –le contesté
–¡No! muy lejo, estoy terminando el turno ¡disculpá! –argumentó fijando la vista en Achával Rodríguez.
Puso primera y arrancó disminuyendo la marche en la esquina. Un repartidor de pizzas en moto me rozó a cien km gritándome –¡cuidado pelotudo! –, giré nuevamente y observé que la mina se acomodaba bajo la minifalda la entrepierna mientras abría la puerta delantera, volteó la cabeza sobre sus hombros y me lanzó un beso, luego trepó al auto como si fuese una palmera y se fueron.
Sin poder creerlo guarde las manos en el bolsillo del pantalón, la estampa de San Cristóbal estaba allí reposando. La froté un segundo y concluí que a los tacheros les gusta coleccionar traviesos.

viernes, 30 de julio de 2010

El depto.

Era sencillo, entrábamos, apostábamos y nos íbamos con un colchón de plata del tugurio del “Corcho” López. Messi, iba hacer el jugador del mundial. Sus goles, similar a los que hacía en el Barcelona, nos daría el oro. Pero una estaca en el semblante azul marino que nos propinó Alemania, cambió todo.
Tras el fracaso del mundial de Sudáfrica, Mirna y yo buscábamos un departamento para irnos a vivir juntos. Sí hubiese estado solo, sin duda alguna, caminaría con mis botas camperas de piel de iguana por las grandes inmobiliarias, riendo y hablando, mientras tomo café al paso. Pero junto a ella, el traqueteo se hace muy largo y hay que ir lento; observando cada habitación, cada piso, cada edificio.
Sin perder el tiempo, fuimos a la inmobiliaria Martínez. Me lo había recomendado Carlos, uno de los muchachos que jugaba con nosotros a las cartas en el café Victoria los jueves a la noche. Carlos, era sobrino de Martínez y como un favor acepté la recomendación de ir a verlo, ya que jugábamos hasta el final.
Las oficinas estaban en el 1º piso de la Galería Norte por Rivera Indarte. No me daba mucha confianza, por la ubicación, la gran mayoría de la gente sabe lo que mueve la Norte. Sin embargo, Carlos me comentó que Martínez tenía buenos muebles y baratos.
Como quería finiquitar rápido el asunto, al ingresar hablamos con un empleado para que nos muestren los departamentos. Mirna, no estaba de acuerdo con mi premura, porque quería chequear los pisos y las zonas. Además, la plata era de ella, ya que yo estaba quebrado, me entregó los billetes para hacer la transacción con la condición de que encontrásemos el mejor.
Cargué los 55 mil dólares en un sobre de papel color madera contra mi pecho, atándola con cinta aisladora sobre la camiseta de Belgrano, justo debajo de la tetilla. Pensé que era el lugar más seguro de todos, junto a mi corazón y el escudo “pirata”, lejos de pungas, motochorros y facinerosos que podrían robarme.
El empleado, un joven lánguido con un corte franciscano en su cabeza, bigote estilo “fu manchú”, bien parejo, vestido con saco y pantalón azul, nos invitó a que fuésemos a recorrer las viviendas. Cansado, tras visitar cinco inmuebles por casi toda la ciudad, masticaba caramelos de goma sin dejar de bambolear mi mandíbula de un lado al otro. Advertí en los gestos del agente de bienes raíces, una irritación inocultable de fastidio que le producía mis muecas. Lo miré fijo y reflexioné sobre las ganas que él tendría de aplicarme un golpe de puño en el medio de la cara por mal parido; y la patada en el culo que le propinaría a ella, por ser tan hincha pelotas. Salimos, a Mirna le gustó el departamento. Era en un tercer piso sobre calle San Jerónimo, a pocas cuadras de la plaza San Martín.
Regresamos a la Norte, pero esta vez ingresamos por Santa Rosa, subimos las escaleras hasta el entrepiso mientras sonaba en la galería un tema de “Bobi Gora y Tremendo Son”. El vendedor nos dijo que era una sala vip. Cruzamos la puerta y el tal Martínez no atendió, aparentaba un hombre cálido y cauto como una ciénaga mansa. No obstante, noté que le sudaban las manos y la frente, levantó la mirada hacía nosotros y atinó a solicitar con voz temblorosa y entrecortada la plata. Se la entregué y nos hizo tomar asiento en un sillón, nos ofreció café de máquina y nos concedió un formulario para llenar. Dirigiéndose hacia la puerta -dijo -Ahora vengo.
Esperamos media hora hasta que Mirna decidió salir afuera, nos habían engañado. No había nadie y ella empezó a gritar. Luego de hacer la denuncia, dejé a Mirna con sus padres y fui a ver a Carlos.
Al llegar, Carlos me preguntó si Mirna sospechó de la estafa. Le respondí que no y que iba a reponerse. Me entregó los 55 mil dólares y me explicó que con eso no alcanzaba para pagar la deuda. Había que reunir más, pero por lo menos, nos daba tiempo hasta que él convenciese a su novia de buscar departamentos juntos.

jueves, 29 de julio de 2010

El sicario que tomó mate por la luna, el húngaro y los viejos amigos


Sentado sobre la banca de la plazoleta del Fundador y debajo de un níspero añejo donde se juntaban algunos jóvenes en ronda, tomaba un mate simple. Esperaba que bajase el pobre diablo que había estafado al “húngaro”, un gringo sojero de la localidad de Coronel Molde y conocido por sus estrechas relaciones con el difunto empresario Alfredo Yabrán.
El embaucador, era un abogado de treinta años que trabajaba en Rentas de la provincia. -tenés que encargarte del tipo -me dijo el sembrador cuando me contrato. Había malversado ciertos planos de unos campos repletos de sojas que pertenecían al húngaro, con nombre de otro.
Seguramente, el mal parido estaría finiquitando la transa en la oficina del 3 “B” de la calle Obispo Trejo y 27 de Abril, frente a la plazoleta del Fundador. El pícaro, había estacionado su auto, un Chevrolet Corsa, sobre 27 de Abril. Coloqué una “bomba lapa” bajo el chasis del rodado, perforándolo y adhiriéndolo con un imán, la activación sería por medio de un sensor de movimiento (o sea, con el encendido de las llaves).
Mientras hacía tiempo, recordé el 20 de julio de 1994, cuando Gustavo, Lucero y yo tomábamos mate bajó el mástil de piedra y recostados arriba de una bolsa arpillera en el césped de la plaza Gutemberg de Villa Belgrano. Con una remera de Nirvana y las chuzas largas hasta la cintura, Gustavo cebaba mate y comenzaba la ronda por la izquierda. Lucero ofuscada, lo puteaba considerándolo como una falta de respeto.
Ella, vestía unos hot pants por encima de las calzas negras, botas de caña alta (negras también), un batido monumental con fijador en su cabeza (similar a Gloria Trevi). Siempre muy pintada, cubierta de anillos, pulseras, aros y la cruz malta como colgante, regalo que le había hecho para su cumpleaños.
Yo, enfundado con mi vaquero Uniform que en el bolsillo trasero derecho tenía bordada la estrella roja, zapatilla Nike air azules y mi camisa hawaiana con dos botones prendidos, les mostré el articulo que había salido publicado en la revista “muy interesante” sobre el aniversario de los 25 años de la llegada del hombre a la luna.
-¡Qué groso!, amiga. – le dije, y además, le cité una frase de la nota.
-El amigo Armstrong pone el pie en la luna y dice: “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
-Sí, es cierto – me había contestado Lucero, y prosiguió con su reflexión de amistad: -pero Collins dentro de la nave en el día del amigo, es el “hombre más solitario del universo”. –finalizó, mientras cargaba el porongo con tres cuartas partes de yerba y con la palma de la mano derecha lo tapaba, dándolo vuelta boca abajo y agitándolo enérgicamente.
Luego de sus palabras, Gustavo le arrebato el mate llenándose de polvillo las manos y lo tomó hervido.
-¡Ves! por porfiado, eso delata envidia y sos un tonto porque yo estaba cebando. -susurró ella sonriendo y jugando con sus bucles en la cabeza.
Me acuerdo que yo me levanté y fui a comprar unos churros con el walkman en la cintura y los auriculares colgados en los oídos escuchando el tema “Amigos” de Los Enanitos Verdes al puesto del flaco Gigena, en la esquina de calle Boyle y Gauss, justo frente de la plaza.
Volví en mí y miré el reloj, ansioso quería que el abogado saliese ya, tenía que juntarme con Lucero en la plaza Gutemberg para festejar. Corrí la mirada hacía la izquierda y divise al truhán salir del edificio, paró a comprar un atado de cigarrillo en el quiosco antes de llegar al auto. Prosiguió su marcha, subió al Corsa y cinco segundos después, el trabajo fue perfecto. No hubo que sufrir daños colaterales. Había utilizado “Tovex”, un explosivo gelatinoso que sirve para implosionar edificios.
Apure el último mate con espuma mientras se tapaba la bombilla, no quería decepcionarla a ella llegando tarde. Porque seguramente se iba a decepcionar cuando no llegase Gustavo hoy a la plaza. Y peor aún, se entristecería mucho mañana a la mañana cuando leyese en el diario que murió calcinado en su auto, luego de la explosión.

lunes, 5 de julio de 2010

Dios está en los detalles de año nuevo (Menos es más)

Viajábamos bajo un cielo de diciembre hacia la vendimia de Helmuth Lovano en Mayu Sumaj. Tu pelo moreno se enredaba en la guitarra de seis ó siete cuerdas mientras reclamabas un mordisco de criollitos secos y duros. Por los parlantes, el sonido de “Far Wes” de Wes Montgomery rodeaba todo el auto. Volvías la mirada elegantemente y ojeabas casualmente una revista con fotografías de Irving Penn, atrapados entre esas cuatro esquinas rigurosas en blanco y negro los modelos se impregnaba en tus retinas. Las luces laterales de la ruta se difuminaban por tu rostro como una fotocopia sobria y extasiada similar a un boceto de Ludwig Mies van der Rohe. Sin duda alguna en tu sonrisa se mostraba "less is more" y "god is in the details".
Miré el reloj, faltaban quince minutos para la medianoche y cruzábamos el peaje sin que nadie se percatase que una familia de Carcarañas había desaparecido en el kilómetro 32, a la altura de la cementera "Corcemar" en Malageño.
Por la autopista Justiniano Pose, las sierras desdibujaban las sombras nocturnas y asomaba el fresco aroma a peperina. Ella me contaba sobre el gringo Lovano, un empresario vitivinícola e enólogo de Dresden, que llegó al país luego de la segunda guerra y fue profesor de trompeta en la Escuela de música provincial de Córdoba; además, dictó clases en el Conservatorio de Arte Dramático. Se convirtió en un exportador de vinos gracias a una pequeña parra de uvas extraña que trajo consigo luego de escapar de Alemania del este. Afincándose en un rancho de Mayu Sumaj, trasplantó el racimo multiplicándolo por los cerros punillense en unos pocos años. Por lo menos, eso le dijo a Isabela cuando entró a trabajar para él.
Además, relató ella que en su primer día cuando se presentó, él le decía que estaba muy ocupado terminando de refinar el producto, a la vez que acariciaba su cabellera rubia engominada y en calzoncillos con una joven trigueña sentada en sus rodillas mientras sonaba desde su celular “in a silent way” de Miles Davis.
Isabela, entregaba los pedidos que yo le hacía a la bodega de Helmuth Lovano, eran buena cepa para acompañar un rico asado. Siempre que llegaba a la despensa hablábamos de lo hermoso que era la zona de Punilla y le comentaba que todos los años en familia íbamos a veranear uno quince días. Salimos un día antes de año nuevo para evitar la congestión en la autopista, y fue en Malageño donde nos interceptaron dos personas de negro que nos detuvieron y abordaron el Ford Focus gris a punta de pistola, uno de los dos estaba maniatado, el que tenía el arma lo sentó atrás y luego apuntándome a mi me ordeno que siguiéramos. Asustado arranqué, el intruso armado se saco el pasamontañas y descubrí que era Isabela. Se disculpó, pero era la única manera de poder sacar a Lovano sin ser detectados, me indicó con los ojos clavados a los míos como refugiándose en mi aceptación.
Me contó que era una cazanazis y trabajaba realmente para el Centro Wiesenthal de Jerusalén como incógnita para poder llegar al asistente de Aribert Heim, alias “doctor muerte”. Confirmó que Helmuth Lovano tenía el perfil ya que utilizaba inyecciones de benceno para desarrollar los racimos de uvas, proceso que multiplicaba la cepa, pero en los campos de exterminio nazi lo utilizaban en personas para arrancarles los órganos, operándolas sin anestesia hasta que explotase el corazón. Y, entre risas y ademanes conservaban los cráneos como los que él tenía en su casa de Mayu Sumaj.
Ya estábamos cerca de la entrada de Villa Carlos Paz, la policía junto al intendente ordenaban el tránsito desviando a los conductores hacia la banquina, esperaban que el primer turista cruzara las cero horas del treintiuno. Aterrizamos en medio de una marea humana a caballo con cincha y facón, promotoras enfundadas en calzas bien apretadas que remarcaban la fruta tan exquisita como los alfajores serranos que entregaban, copas de plástico con espumantes (Lovano) para la ocasión, y el notero del canal local capturando la postal de inicio en la temporada estival.
La frenada lijó las cubiertas contra el asfalto dejándola sin dibujo, Isabela nos obligó a bajar del auto con las manos arriba, nerviosa y arrepentida, tiró ansiosa la ganzúa taiwanesa que había comprado en la “Galería Norte”, según me dijo. Tres agentes se acercaron sorprendidos y observaron dentro del rodado, boquiabierto detectaron que en el interior llevábamos una pistola 9 milímetros Sig Sauer, 4 mil pesos, una buena cantidad de C4, a Helmuth Lovano y a mi familia secuestrada de Carcarañas.

viernes, 25 de junio de 2010

El libro del pequeño chupón expatriado

Casi a la misma hora pero en otro lugar y con una onda totalmente diferente, la bandoneonísta belga Erika Wollsgur y el musicólogo sefardí Adamus Joselvich, juegan a la Playstation 3. Mientras tanto, por St John's Wood, al noroeste de Londres, Alina camina escuchando en su walkman la arenga estoica de las deidades nacionales al ritmo de “la cabaña”. Aunque, desde esta ciudad mandaron también un bazar de aviones y submarinos cargados de terror atávico que aislaron por completo los hechizos caseros que estaban guardados en el baúl de la piecita del fondo en un rancho roído al sur del planisferio.
Ya en los altos montes helados fue la última vez que nos vimos, hace muchos años sobre el E1 ó, tal vez, el N3. Mirko, sentado en el asiento delantero del colectivo, destinado para embarazadas, minusválidos y personas ancianas, leía en el El Comercio y Justicia una nota concerniente a las referencias inflacionarias como resultantes de las falencias políticas fecundadas en riquezas artificiales y banales. Lloré al verlo. Por el tunga tunga que nunca escuchamos, por la melancolía de la tonada, por Racing, por el rally y el fernet con coca, por la épica universitaria que incluyó la militancia estudiantil, y por Alina. Que en el casamiento de ella, increpó a su cuñado por ser un lamebolas de la Afip y comerse diariamente el faldeado del pequeño comerciante y no el costillar de las grandes corporaciones.
Sin embargo, abracé a Mirko mientras el ómnibus frenaba en la parada de la plaza ex Vélez Sarsfield, duró unos minutos bajo la mirada benevolente del monumento de mármol erguido de Dalmasio. Me comentó acerca de unos poemas y que ya volvía al viejo continente para presentarlos en Edimburgo. Me mostró en su teléfono un video que estaba colgado en youtube donde Alina bailaba con la bandoneonísta belga Erika Wollsgur y daba cátedra de tango con el profesor Adamus Joselvich en el Reino Unido. Su rostro tan angelical brillaba como siempre, como en la noche de su casamiento detrás del gazebo donde flexiono sus rodillas y me propino una felación candente. Recuerdo que Mirko junto a sus amigos armaron un churro quemándose los dedos al compás del “tuta tuta” en el centro de la fiesta como si nada.
Yo, rezaba para que no se percatasen de nuestra ausencia y Alina me comentaba, sin ningún tipo de problema con una sonrisa picara y escabia mientras me desprendía el ambo, que había leído un artículo en la revista Maxim donde revelaban que Cleopatra practicaba la felación con sus soldados para conservar su vitalidad y juventud.
-¿Sabías? –preguntó.
-en aquella época se le atribuía al semen, propiedades mágicas -y volvió a reír. Además, continuó con su glosa.
-Las prostitutas de Fenicia e Egipto fueron las primeras en utilizar lápiz labial para notificarles a sus clientes de sus talentos bucales. En cambio, las romanas escribían directamente en las paredes para que supieran que ejercían el oficio. -terminó y añadió: -¡Muy bueno, no! –y se metió entero mi miembro en su boca.
Bajé en la parada del Paseo del Buen Pastor luego de un apretón de mano y un beso en la mejilla dándole suerte para la vuelta. Mirko, me abrazó y susurro que iba a darle mis saludos a Alina.
Los años pasaron y hoy viene a mi memoria ese encuentro, ya que he hallado bajo la cómoda la edición de bolsillo de “La Ilíada”, regalo que Mirko me hizo en la facultad. Extrañamente observo que están marcadas las páginas donde mencionan a las mujeres de Lesbos, con fotos de Alina y mías en el casamiento. Bajo el gazebo y con la bragueta abierta.

viernes, 18 de junio de 2010

Lucy bajo el cielo con tabletas

Lucy vive de alquiler en un viejo monoblock de barrio SEP. Pasa las tardes en el balcón con un caracol, una vaca, un conejo y un perro. Desde la ventana del frente, un joven de corte inglés le roba sonrisas todas las mañanas mientras su abuela se encuentra bajo un invierno perpetuo de vegetación desojada.
Todas las tardes luego del aseo, toma mate con sus amigos y escuche tunga tunga al ritmo del güiro poético y suburbano. En su cuadra, es la campeona femenina de salto en piola, pero la nena fuma marihuana bajo las gotas que caen de los aires acondicionados en los complejos habitacionales al lado del baldío.
Lucy no tiene padre, estubo preso por armar peleas de box en la esquina del barrio y se ha enterado que murió por integrar una banda de gas pimienta en el pabellón del diablo. Sueña con partir a Marruecos comiendo tartas de espinacas bajo el cielo de baratijas en la calle San Martín.
Lucy dibuja en papeles blancos una travesía psicodélica en barco. Sentada en el balcón, atraviesa un país de flores amarrillas mientras apunta en el diario el número telefónico de un taxi. Ella cuida a su abuela y el coche nunca llega a la comarca. Sin mocos y lágrimas, ella, la lleva una vez a la semana a los controles hospitalarios en el ómnibus urbano.
Hace frío. Y en la sala de espera del Clínicas un joven con el virus sufre la discriminación de la violencia social; al frente, una drag queen brasileña recorre la intimidad de los pasillos para ganarse la vida y detrás de Lucy, una mujer con cerebro humano descansa sobre una cama en un cuerpo artificial y plástico.
El médico le explica que son tiempos duros y la anciana necesita consumir drogas para ocasionarles momentos felices –Un accidente cerebrovascular, tiene su abuela– indica el galeno.
De regreso, Lucy vende merluza en la puerta del vecindario y entre mariposas amargas sin cromos divaga con métodos de terapias revolucionarias. La plata no alcanza y el humo derrite la vela. Lucy piensa que una sobredosis haría feliz el viaje de su abuela al cielo. Pero, sin tabletas.

lunes, 31 de mayo de 2010

El candidato

Sirvió 4 dedos de whisky en un vaso de boca ancha con 2 cucharaditas de limón verde y 3 cubo de hielo frappé, mientras observaba los titulares del diario. En portada, las fotos mostraban como juraba con un saco apretado y fuera de época. En la página uno, se deshacía de la empresas de diversos servicios que poseía. En la otra hoja, el escándalo con la amante vedette joven y morocha despechada que quedaba sin tarjeta de crédito y departamento de un edificio lujoso.
El suplemento especial, lo mostraba con su panza al aire en una playa del caribe junto a su familia patricia, y en la contratapa, el retrato de él en plena sesión dormido en la banca del senado. La mueca de disconformidad fue con el retrato en que saludaba al juez investigado por una causa de coima y narcotráfico.
Sin embargo, nada de esto lo develaba psicológicamente como un hombre sombrío y autoritario, reservado a ser sumiso y humillado por el aparato partidario de los socios momentarios. La obsesión de coquetear con el poder lo convirtieron en un ridículo atractivo. Dejó el periódico y luego del último sorbo y una risa picara, salió a representarnos.

jueves, 27 de mayo de 2010

El mostrenco

Tenía una voz sencilla y pragmática para describir este mundo como un lugar bello y acogedor. Con ferocidad y melancolía, bramaba en las esquinas céntricas lo obsceno y pegadizo que eran los caminos del mundo, y como las sutilezas y espesuras poéticas del entorno, incursionaban en nuestras almas. Nunca pronunciaba palabras guarangas, explicitas y soezas, por lo contrario, se abocaba a la búsqueda del habla autóctona con un sutil gusto por las tradiciones serranas.
Sin embargo, ya desde el paleolítico de su vida se ponía en puntas de pie intentando huir por la ventana de la cordura en un silencio parco y maravilloso. La locura lo amordazó en el renacimiento de sus años, aguantando a cuenta gotas sus gozos, dolores, alegrías y tristezas pasajeras.
Afanosamente, transitaba el siglo sin hablar de las enigmáticas mujeres que poseían ese linaje angelical, similar a Venus ó Madona, impregnadas en tonos ocres de lienzos invaluables que empachaban los ojos criollos.
En algunas ocasiones, bebía solo, e invitaba a beber a la noche. Ebrio, escupía los mosaicos chinos de las veredas agrietadas y escapaba de su sombra sin designio lírico. Cada tanto coleccionaba colillas de cigarrillos, arrullándolas en una servilleta de papel manteca que le daban los puesteros de la corte en el café de los mil vagabundos. Él, celosamente los guardaba en el bolsillo interno del saco como un poema secreto aún no escrito.
A la hora del crepúsculo aspiraba el aroma de las flores, sólo que la fragancia venía del desagüe. Luego, conversaba con las aves de la plaza, mientras le silbaba distante una melodía que expulsaba migajas de sémolas pasadas.
Ya en la oscuridad, tras el traqueteo diario, la catrera fabricada con cartón prensado soportaba el curtido cuerpo bajo el estrellado pórtico del Banco Nación, reposaba en el sueño onírico remembrando la antología de sus logros, y también de sus derrotas.

sábado, 22 de mayo de 2010

El pingo de la cuarta

Los tres apostadores se reunían diariamente a ver la transmisión de la carrera en la sede del Jokey Club. Las puertas se abrían y los carreristas tiraban un par de monedas a los equinos proyectados en el LCD.
El gran escándalo se forjaba en el paso final del corcel favorito, avanzando arrolladoramente hacía la meta, marcando una diferencia de varios cuerpos de ventaja al resto de los caballos.
-Se terminó, esto esta definido; por dos cabezas "Herradura" Montoya, gana. –anunció los parlantes del televisor. Sin perder tiempo, los tres corrieron desesperadamente a la ventanilla de pago en el Jokey Club.
En la cuarta carrera, "Tránsfugas", era el predilecto. –¡Todo al cabeza, papá!. –jugaron sin dudar los tres.
Dos personas más, entraros disfrazados de gauchos y se dirigieron a la taquilla, preguntaron: ¿quién va?; le respondieron el "Tránfugas", muy bien contestaron y voltearon la mesa de entrada desenfundando un itaca M93 negra. El estallido sonó en todo el recinto y el boletero salió impulsado para atrás con un tiro en el medio del pecho, volándole la visera verde por los aires e impactando contra una estatua hípica de bronce.
La imagen televisada de la pista se multiplicó por la pantalla, mientras que la cabina de pago se vaciaba, rematándola en el tramo final.

jueves, 20 de mayo de 2010

El Tártaro

Carola tenía 18 años y preparaba los cuerpos fallecidos que viajaban al Hades, ó por lo menos así lo pensaba. Sabía del silencio y del sueño metódico que rendía frutos en los brazos tiernos de los difuntos. La creatividad para ella, era una mirada, un frenesí de baboseos, una inquietud sin tiempo en el lugar mas profundo de todos. El tártaro.
Conocía la capacidad universal del alma, y también, la vehemencia de la condición humana. Estoicamente, Carola, fue hasta el Olimpo en un día lluvioso, tardó algunos meses y cobró ahínco. Sus lágrimas se volvieron bronce y detuvieron el tiempo. Recordó, que él mientras le hablaba, siempre la miraba con lujuria y le susurraba al oído amenazas, obligándola a satisfacer los instintos más macabros que ella despreciaba.
Su padre, una personalidad malvada y cruel, quedó tendido sobre los mosaicos de la cocina con un tenedor clavado en la nuca. Quizás, por el interés en la mitología del señor de los infiernos, el cielo se le hizo visible en sus ojos y con melodías de deseo, preparó el brazo paterno.

viernes, 14 de mayo de 2010

Abducidos

Viajábamos por la ruta 38 hacía Capilla del Monte, Alina tenía un chalet cerca del dique el Cajón, frente al cerro Uritorco. La tarde caía en aureolas amarillas con cándidas moralejas de alquitrán que rebotaban en el asfalto y en los cristales de mis gafas ahumadas “Roy Boy”, ya que se las compré a uno de los vendedores ambulantes de la peatonal San Martín con procedencia dudosa.
Conducía el Fiat Duna CS blanco a gas con tranquilidad, cuando de repente la radio comenzó a perder la señal, fue extraño, cambió justo en el momento que el “Turco” Genesir por “Condena 3” denunciaba que diferentes vecinos de Punilla habían detectado una brillante luz psicodélica en el cielo, zigzagueando de derecha a izquierda.
La potencia del estereo subió y sonó “Love to hate you” de Erasure, sorprendido me atraganté con unos palitos de chocolates Terrabusi perdiendo el conocimiento. Al despertar estábamos como en un limbo nebuloso donde cuatro figuras lánguidas con cabezas cónicas se pararon adelante nuestro, se nos cortó la respiración y las cuerdas vocales no encontraron el tono para elaborar una palabra. De repente, los cuatros desenfundaron cuatro abanicos y repiquetearon una coreografía de “Locomia”, el vaivén de los brazos, de la pelvis y de los hombros seguían el ritmo con una exactitud inusual.
Al terminar uno de ellos se nos acercó, con una mueca en lo que parecía su nariz, nos olfateó como un animal en busca de delimitar su territorio. El aroma del perfume que envolvía el cuerpo de Alina, lo intrigaba ó seguramente, lo asqueaba, ya que la fragancia había sido un regalo mío para su cumpleaños comprado en un tugurio de la Galería Norte.
-“Cartolina Yerrera Nº 8”, con esa la matas. -me dijo la vendedora de la perfumería.
El ente se hizo para atrás y murmuró palabras sueltas; “ET teléfono”; “qué la fuerza te acompañe”; “no hay problema”; “nanu-nanu”. Al instante, otros dos especímenes se posicionaron enfrentados y avanzaron un paso tras otro al compás de “pan y queso”, imaginé que era como tirar la moneda para arriba y ver que hacían con nosotros. “Pido gancho”, exclamó el cuarto ser y los otros tres lo miraron.
Un sonido aturdió nuestros oídos y nos desvanecimos nuevamente, recobré el sentido y observé que los limpiaparabrisas estaban funcionando, las luces intermitentes encendidas y el tono de Mario Pereyra puteando al “Turco” Genesir explotaba por los parlantes. Salí aturdido del Duna y me di cuenta que quedamos estacionado a la vera de la ruta debajo del “Zapato” en la entrada de Capilla. Alina, bajó también del auto y preguntó: ¿qué pasó?; no supe que contestarle y la invité a subirse en la roca con forma de mocasín de espalda al Uritorco y ahí, nos sacamos una foto.

martes, 20 de abril de 2010

Obispo Oro e Ituzaingo

Se tardo más de la cuenta llegar, la bocacalle en la esquina de Obispo Oro e Ituzaingo estaba cubierta por una bolsa negra de basura, y el agua que acumulaba casi un metro y medio de alto corría por la arteria desaforadamente después de la intensa lluvia de anoche. Al ingresar al departamento de dos ambientes se encontraba Elisa sola, afuera, José arrodillado y desolado no podía pronunciar palabra. Sentada con lágrimas en sus ojos y la mirada disipada en el suelo, ella fumaba compulsivamente un cigarrillo con su mano derecha, mientras sostenía con la izquierda un juguete verde.
Se hizo presente el suboficial Gutiérrez empapado, tuvo que cubrir el caso de una mujer caucásica rubia asesinada en su casa de barrio Alto Yapeyú unas horas antes.
-¿Qué paso? –preguntamos directamente, Elisa levanto la mirada y con la voz entrecortada comenzó a relatar lo sucedido:
Apenas lo conocí, él me comentó que era separado y que tenía dos hijos; uno de tres y otro de cinco años. Al principio le restó importancia ya que José se comportaba como una persona encantadora que me agasajaba constantemente con cenas, viajes, momentos amorosos intensos; en fin, me hacía sentir una reina. Es más, los fines de semanas que él gozaba de la custodia de los chicos, salíamos los cuatro de paseo por los parques y los juegos de la zona.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo observé que José se convertía en un padre ocupadísimo y que los pequeños no sentían apego hacía mi persona. Los caprichos y la decidía hastiaban mis nervios y mi mente; los enfrentamientos celosos por quién poseía la prioridad de José empezó a resquebrajarnos. La soledad, el miedo y la idea de tener a mi hombre sólo para mí empezaron a rondar por mi cabeza.
Anoche, me sentía angustiada y no pude dormir, pensaba que él ya no me iba a querer, me dio temor con motivo, la madre llamaba siete veces por hora para ver que los niños se encontraran bien y José debía mantener una buena relación con su ex todo el tiempo.
Recuerdo que mencionó ver a los chiquillos en la bañera y desesperadamente los ojos se dilataban a medida que no ingresaba aire en sus pulmones, el chapoteo insistente por tratar de levantarse rebalso la tina mojando el suelo del baño, unos segundos después los movimientos de los organismos anduvieron menos intensos hasta que las burbujas mermaron con sólo un globito en el agua mansa, balanceándose de un extremo a otro.
Luego, los cuerpos fueron cubiertos con una bolsa de consorcio negra y sacados a la vereda lluviosa y él se fue a conversar con la madre de sus hijos en Alto Yapeyú. Por lo menos, eso fue lo que me dijo José cuando llegué esta mañana al departamento, quebrado en llanto.
Dos empleados del desagüe municipal destaparon la bocacalle y nos trajeron la bolsa negra con los infantes en su interior. Subimos en el móvil al hombre que aceptó con frialdad la acusación de infanticidio y asesinato a su ex mujer, mientras clamaba por el amor de Elisa justificando que la única salida para la libertad de estar juntos, era ese.

martes, 13 de abril de 2010

Alegoría de una ciudad

La ciudad se extendía hasta la calle ornamentada de la Cañada, donde el viajero civilizado se inspiraba con el cauce curtido del Suquía. Los barrios bajos no se comunicaban por el ferrocarril, la forma más sencilla era el trolebús, alimentado por una catenaria de dos cables transportando energía eléctrica, el gusano de hierro y chasis se empachaba con sus dos astas y vomitaba el pasaje suburbano en la entrada de la polis.
Precisamente, el umbral era la plaza principal, remozada con el ecuestre general de mármol en el centro y en sus cuatro vértices glorietas, nichos y cortinajes. El punto neurálgico de la urbe se concentraba ahí mismo.
El gran mercado se encontraba enfrente, el arco de piedra le daba la bienvenida ceremonial a los cientos de foráneos y no, que con ansia irrumpían los puestos de carnes, frutas, hortalizas y especias del ancho mundo. Curiosamente una vieja librería de páginas antiguas donde las refulgentes hojas caprichosas se convertían en íconos de un público consumidor, ocupaba los últimos puestos de los productos.
Unas columnas con escudos, banderas arrugadas y santos, nos mostraba que la religión imvadía perpendicularmente al mercado y de frente a la plaza conmemorativa. Las viejas tipologías arquitectónicas dictaban del siglo XVll con su cuatro capillas apuntando a los cuatro puntos cardinales, en su pórtico, ambulantes, enamorado, pedigüeños y transeúntes espontáneos peregrinaban durante toda la jornada.
El emporio a las cinco comenzaba a cerrar, ya no se percibía la música de tacos y tacones, ni el rocío de las pieles extrañas que salpicaban al chocar los andarines del centro, el bullicioso parlante descendía hacia otros ruidos, el aroma a fruta fresca franqueaba más ha fétido y las bocinas de automóviles, sí retumbaban en los oídos. El ladrido solitario de un perro junto a la mugre se adherían a la ciudad, y sólo quedaba el vacío de dormir en el banco de la plaza.

miércoles, 7 de abril de 2010

La ventana de María

Todos los días cerca de la ventana mientras reposaba en su cama, sin que ni siquiera nos percatáramos de ello, María, admiraba el cuadro apaisado que entraba por la pequeña habitación en la parte trasera de la casa. La escena natural de grandes árboles secos sin pájaros silbando y brisas frescas que proporcionaba el mediodía otoñal, sugirió que el céfiro descompuesto que provenía de la morada se esparciera hacía los vecinos.
Al ingresar, María seguía acostada, ella una mujer de ojos pardos, tez marrón oscuro, con unas caderas bien determinadas por lo alta y buena moza que era, tenía la cabeza girada hacía la izquierda con la mirada clavada a la ventana. En el extremo de la cama el brasero se encontraba apuntando sus pies descalzos.
La intoxicación por inhalación de monóxido de carbono le había moretoneado un poco el cuello y el cuerpo ó al menos eso creía el subcomisario, ya que, por lo que habían declarado los moradores de la casa contigua, ella, al parecer vivía sola.
Llegó la orden del cabo primero para retirar el cuerpo y llevarlo a la morgue judicial. Anotó en la planilla la salida del femenino sin vida y el caso fue caratulado como "muerte de etiología imprudente".