Faltaban quince minutos para la medianoche y cruzaron el peaje sin que nadie se percatara que una familia de Carcarañas había desaparecido en el kilómetro 32, a la altura de la cementera "Corcemar" en Malageño, por la autopista Justiniano Pose.
En la entrada de Villa Carlos Paz, la policía caminera junto autoridades municipales y el intendente, ordenaban el tránsito desviando a los conductores hacia la banquina, esperando que el primer turista cruzara las cero horas del treintiuno.
Un Ford Focus gris aterrizaba en medio de una marea humana a caballo con cincha y facón, promotoras enfundadas en calzas bien apretadas que remarcaban la fruta tan exquisita como los alfajores serranos que entregaban, copas de plástico con espumantes de primera línea para la ocasión, y el notero del canal local capturando la postal de inicio en la temporada estival.
La frenada lijó las cubiertas contra el asfalto dejándola sin dibujo, bajaron del auto dos jóvenes con las manos arriba nerviosos y arrepentidos, uno de ellos tiró ansioso la ganzúa taiwanesa que había comprado en la “Galería Norte”. Tres agentes se acercaron sorprendidos y observaron dentro del rodado, boquiabierto detectaron que en el interior llevaban una pistola 9 milímetros Sig Sauer, 4 mil pesos, una buena cantidad de C4 y una familia secuestrada.
sábado, 8 de mayo de 2010
martes, 4 de mayo de 2010
La colecta
Había encontrado una moneda plateada debajo de las hortensias en el jardín de la casa. En una de las caras se encontraba el rey de los gnomos y en la otra un duende enano irlandés. Los árboles de la calle por las noches silbaban muy fuerte y por lo general traían cosas desopilantes de otros mundos, ó por lo menos eso pensaba Nacho. La oscuridad le producía un terror atroz, siempre comentaba que antes de dormir por la ventana veía un grupo de pajarracos fucsia que revoloteaban la cuadra una y otra vez.
El cielo estaba negro y a punto de caerse por el aguacero que se aproximaba. Cerró las cortinas y tras ellas notó que afuera unos pigmeos corrían por los árboles de enfrente, saltando de rama en rama. Divisó a uno ingresando a la habitación de los padres por el tragaluz contiguo. El espanto lo invadió y se apresuro a esconderse bajo la cama.
Un grito desgarrador provino del cuarto paterno y luego de unos segundos, un sin número de risas macabras entonaban el techo del chalet. Sintió unos pasos que se arrimaban al cuarto. Nacho acurrucado bajo el lecho vio que la puerta se abría y unas botas negras y pequeñas se posaban firmes en el umbral.
Una voz estruendosa ordeno la retirada y recordó que sólo el rey pagaba buen precio por los humanos adultos, la puerta se cerró y escuchó que las botas subían por los escalones hacia el tejado. Nacho respiró aliviado y sacó la cabeza debajo de la catrera, observó una vez más la ventana, los pajarracos fucsia levantaban vuelo y la noche se cerraba hasta la próxima colecta.
El cielo estaba negro y a punto de caerse por el aguacero que se aproximaba. Cerró las cortinas y tras ellas notó que afuera unos pigmeos corrían por los árboles de enfrente, saltando de rama en rama. Divisó a uno ingresando a la habitación de los padres por el tragaluz contiguo. El espanto lo invadió y se apresuro a esconderse bajo la cama.
Un grito desgarrador provino del cuarto paterno y luego de unos segundos, un sin número de risas macabras entonaban el techo del chalet. Sintió unos pasos que se arrimaban al cuarto. Nacho acurrucado bajo el lecho vio que la puerta se abría y unas botas negras y pequeñas se posaban firmes en el umbral.
Una voz estruendosa ordeno la retirada y recordó que sólo el rey pagaba buen precio por los humanos adultos, la puerta se cerró y escuchó que las botas subían por los escalones hacia el tejado. Nacho respiró aliviado y sacó la cabeza debajo de la catrera, observó una vez más la ventana, los pajarracos fucsia levantaban vuelo y la noche se cerraba hasta la próxima colecta.
lunes, 3 de mayo de 2010
Clóset monstruosos
-¡Están ó no están!.
-¡Mierda!. Quisiera no despertar más.
-Si supieran.
-¡Qué pasaría, si supieran!
- No hay dudas.
-Rabiarían tanto contra mí.
-Dan ganas de no levantarse.
Estoy cansado de oír sólo mi voz. He pasado tres días en la cama ahogado en piélago de sábanas frías sin una arruga, postrado en posición fetal.
-Estoy solo.
-No le temo a la oscuridad, así que antes de ponerme nervioso intento serenarme.
-Perfecto.
Recuerdo que de niño dormía con el placard cerrado de cagón. Le decía a mi madre que troncara la puerta para que Salím, el gato, no se metiera adentro y llenara la ropa de pelos. Hay cosas que por mucho que pase el tiempo y por muy lejos que parezcan que estén, nunca cambian. Qué ironía, estoy cansado del ser humano. Cada tanto hay momentos para pensar en lo que somos y hacemos.
Escucho a la señora de la limpieza abriendo las ventanas del pasillo para purificar el ambiente.
-Es patético esperar cuatro horas para que armonice el nicho.
-Mejor me levanto y me cambio.
-Guardapolvo cuadriculado con cuello mao color negro.
Nunca entendí a la gente que clausuró sus clóset para purificar y mantener cautivo al monstruo, yo estoy muy bien conmigo mismo. No me imaginé la fragancia esparcidas en el tiempo, tan erótico, tan sublime, tan placentero de vestirme de monstruo.
-¡Qué elegancia! –Me digo, en frente de la puerta espejo del placard.
-Un puñal enfundado en la mano derecha y una bolsa de plástico negra en la izquierda, mientras mis labios saborean un "Chesterfield Light".
-Se merece la paga.
-¡I know!.
-¡Mierda!. Quisiera no despertar más.
-Si supieran.
-¡Qué pasaría, si supieran!
- No hay dudas.
-Rabiarían tanto contra mí.
-Dan ganas de no levantarse.
Estoy cansado de oír sólo mi voz. He pasado tres días en la cama ahogado en piélago de sábanas frías sin una arruga, postrado en posición fetal.
-Estoy solo.
-No le temo a la oscuridad, así que antes de ponerme nervioso intento serenarme.
-Perfecto.
Recuerdo que de niño dormía con el placard cerrado de cagón. Le decía a mi madre que troncara la puerta para que Salím, el gato, no se metiera adentro y llenara la ropa de pelos. Hay cosas que por mucho que pase el tiempo y por muy lejos que parezcan que estén, nunca cambian. Qué ironía, estoy cansado del ser humano. Cada tanto hay momentos para pensar en lo que somos y hacemos.
Escucho a la señora de la limpieza abriendo las ventanas del pasillo para purificar el ambiente.
-Es patético esperar cuatro horas para que armonice el nicho.
-Mejor me levanto y me cambio.
-Guardapolvo cuadriculado con cuello mao color negro.
Nunca entendí a la gente que clausuró sus clóset para purificar y mantener cautivo al monstruo, yo estoy muy bien conmigo mismo. No me imaginé la fragancia esparcidas en el tiempo, tan erótico, tan sublime, tan placentero de vestirme de monstruo.
-¡Qué elegancia! –Me digo, en frente de la puerta espejo del placard.
-Un puñal enfundado en la mano derecha y una bolsa de plástico negra en la izquierda, mientras mis labios saborean un "Chesterfield Light".
-Se merece la paga.
-¡I know!.
lunes, 26 de abril de 2010
Pasta de autor
http://zonaliteratura.com.ar/?page_id=895
Cruzó las montañas montada en un burro encorvada por el malestar y el temor de perder los libros de William S. Burroughs, Tennessee Williams y Truman Capote envueltos en fojas blancas. Tales obras provenían de la Cochinchina en la zona meridional de Vietnam. La marcha por los bosques nativos y las heladas noches de traslasierra producía el arrope de por lo menos una camiseta, camisa de charro y poncho de guanaco; bombacha, can can, polaina y pantalón de badana; pañuelo envuelto en la cabeza debajo del sombrero con pico y chal de nutria.
Traspasó las empinadas sendas ocultas de hielo con su perro Cocker Spaniel hasta la altura de la Quebrada del Condorito. Al llegar a la Ruta 14, Blanca fue detenida por un control de la policía caminera. Los agentes le preguntaron que hacia por la zona y ella le contesto tiritando que llevaba unos libros a la escuelita, pasando el Julio César. Uno de los uniformados la hizo descender del cuadrúpedo y la examinó hasta la piel: "No voy a dejar que se muera de frío" le dijo, mientras el Cocker Spaniel ladraba desaforadamente. Luego de la inspección en las alforjas del animal y de constatar que cargaba los compendios, le indicaron que prosiguiera su camino con cuidado y que la próxima vez le iban a labrar una multa por transitar por la ruta con semejante vehículo.
Blanca, se alejó unos 15 kilómetros tierra adentro y se topo con el alambrado de la escuela, en la puerta se encontraban dos furgonetas "Fiorino" grises con logos de la "Agencia Córdoba Cultura". Salió a recibirla el señor Baras, director del colegio, y la acompañó hasta una de las aulas vacías, descargó las fojas y abrió los textos; el regente comenzó a clasificarlos: "Burroughs", a San Antonio de Arredondo con heroína, "Williams", con anfetaminas a Villa Carlos Paz y "Capote" a La Falda con cocaína.
Los conductores cargaron los tratados en los utilitarios y salieron a sus destino. Baras observo a Blanca y le apuntó que Ho Chi, el proveedor de Vietnam, había llamado diciendo que el martes llegaba una entrega muy grande con los volúmenes de Carlos Menem, César Angeloz y Eduardo Duhalde.
Cruzó las montañas montada en un burro encorvada por el malestar y el temor de perder los libros de William S. Burroughs, Tennessee Williams y Truman Capote envueltos en fojas blancas. Tales obras provenían de la Cochinchina en la zona meridional de Vietnam. La marcha por los bosques nativos y las heladas noches de traslasierra producía el arrope de por lo menos una camiseta, camisa de charro y poncho de guanaco; bombacha, can can, polaina y pantalón de badana; pañuelo envuelto en la cabeza debajo del sombrero con pico y chal de nutria.Traspasó las empinadas sendas ocultas de hielo con su perro Cocker Spaniel hasta la altura de la Quebrada del Condorito. Al llegar a la Ruta 14, Blanca fue detenida por un control de la policía caminera. Los agentes le preguntaron que hacia por la zona y ella le contesto tiritando que llevaba unos libros a la escuelita, pasando el Julio César. Uno de los uniformados la hizo descender del cuadrúpedo y la examinó hasta la piel: "No voy a dejar que se muera de frío" le dijo, mientras el Cocker Spaniel ladraba desaforadamente. Luego de la inspección en las alforjas del animal y de constatar que cargaba los compendios, le indicaron que prosiguiera su camino con cuidado y que la próxima vez le iban a labrar una multa por transitar por la ruta con semejante vehículo.
Blanca, se alejó unos 15 kilómetros tierra adentro y se topo con el alambrado de la escuela, en la puerta se encontraban dos furgonetas "Fiorino" grises con logos de la "Agencia Córdoba Cultura". Salió a recibirla el señor Baras, director del colegio, y la acompañó hasta una de las aulas vacías, descargó las fojas y abrió los textos; el regente comenzó a clasificarlos: "Burroughs", a San Antonio de Arredondo con heroína, "Williams", con anfetaminas a Villa Carlos Paz y "Capote" a La Falda con cocaína.
Los conductores cargaron los tratados en los utilitarios y salieron a sus destino. Baras observo a Blanca y le apuntó que Ho Chi, el proveedor de Vietnam, había llamado diciendo que el martes llegaba una entrega muy grande con los volúmenes de Carlos Menem, César Angeloz y Eduardo Duhalde.
martes, 20 de abril de 2010
Obispo Oro e Ituzaingo
Se tardo más de la cuenta llegar, la bocacalle en la esquina de Obispo Oro e Ituzaingo estaba cubierta por una bolsa negra de basura, y el agua que acumulaba casi un metro y medio de alto corría por la arteria desaforadamente después de la intensa lluvia de anoche. Al ingresar al departamento de dos ambientes se encontraba Elisa sola, afuera, José arrodillado y desolado no podía pronunciar palabra. Sentada con lágrimas en sus ojos y la mirada disipada en el suelo, ella fumaba compulsivamente un cigarrillo con su mano derecha, mientras sostenía con la izquierda un juguete verde.
Se hizo presente el suboficial Gutiérrez empapado, tuvo que cubrir el caso de una mujer caucásica rubia asesinada en su casa de barrio Alto Yapeyú unas horas antes.
-¿Qué paso? –preguntamos directamente, Elisa levanto la mirada y con la voz entrecortada comenzó a relatar lo sucedido:
Apenas lo conocí, él me comentó que era separado y que tenía dos hijos; uno de tres y otro de cinco años. Al principio le restó importancia ya que José se comportaba como una persona encantadora que me agasajaba constantemente con cenas, viajes, momentos amorosos intensos; en fin, me hacía sentir una reina. Es más, los fines de semanas que él gozaba de la custodia de los chicos, salíamos los cuatro de paseo por los parques y los juegos de la zona.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo observé que José se convertía en un padre ocupadísimo y que los pequeños no sentían apego hacía mi persona. Los caprichos y la decidía hastiaban mis nervios y mi mente; los enfrentamientos celosos por quién poseía la prioridad de José empezó a resquebrajarnos. La soledad, el miedo y la idea de tener a mi hombre sólo para mí empezaron a rondar por mi cabeza.
Anoche, me sentía angustiada y no pude dormir, pensaba que él ya no me iba a querer, me dio temor con motivo, la madre llamaba siete veces por hora para ver que los niños se encontraran bien y José debía mantener una buena relación con su ex todo el tiempo.
Recuerdo que mencionó ver a los chiquillos en la bañera y desesperadamente los ojos se dilataban a medida que no ingresaba aire en sus pulmones, el chapoteo insistente por tratar de levantarse rebalso la tina mojando el suelo del baño, unos segundos después los movimientos de los organismos anduvieron menos intensos hasta que las burbujas mermaron con sólo un globito en el agua mansa, balanceándose de un extremo a otro.
Luego, los cuerpos fueron cubiertos con una bolsa de consorcio negra y sacados a la vereda lluviosa y él se fue a conversar con la madre de sus hijos en Alto Yapeyú. Por lo menos, eso fue lo que me dijo José cuando llegué esta mañana al departamento, quebrado en llanto.
Dos empleados del desagüe municipal destaparon la bocacalle y nos trajeron la bolsa negra con los infantes en su interior. Subimos en el móvil al hombre que aceptó con frialdad la acusación de infanticidio y asesinato a su ex mujer, mientras clamaba por el amor de Elisa justificando que la única salida para la libertad de estar juntos, era ese.
Se hizo presente el suboficial Gutiérrez empapado, tuvo que cubrir el caso de una mujer caucásica rubia asesinada en su casa de barrio Alto Yapeyú unas horas antes.
-¿Qué paso? –preguntamos directamente, Elisa levanto la mirada y con la voz entrecortada comenzó a relatar lo sucedido:
Apenas lo conocí, él me comentó que era separado y que tenía dos hijos; uno de tres y otro de cinco años. Al principio le restó importancia ya que José se comportaba como una persona encantadora que me agasajaba constantemente con cenas, viajes, momentos amorosos intensos; en fin, me hacía sentir una reina. Es más, los fines de semanas que él gozaba de la custodia de los chicos, salíamos los cuatro de paseo por los parques y los juegos de la zona.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo observé que José se convertía en un padre ocupadísimo y que los pequeños no sentían apego hacía mi persona. Los caprichos y la decidía hastiaban mis nervios y mi mente; los enfrentamientos celosos por quién poseía la prioridad de José empezó a resquebrajarnos. La soledad, el miedo y la idea de tener a mi hombre sólo para mí empezaron a rondar por mi cabeza.
Anoche, me sentía angustiada y no pude dormir, pensaba que él ya no me iba a querer, me dio temor con motivo, la madre llamaba siete veces por hora para ver que los niños se encontraran bien y José debía mantener una buena relación con su ex todo el tiempo.
Recuerdo que mencionó ver a los chiquillos en la bañera y desesperadamente los ojos se dilataban a medida que no ingresaba aire en sus pulmones, el chapoteo insistente por tratar de levantarse rebalso la tina mojando el suelo del baño, unos segundos después los movimientos de los organismos anduvieron menos intensos hasta que las burbujas mermaron con sólo un globito en el agua mansa, balanceándose de un extremo a otro.
Luego, los cuerpos fueron cubiertos con una bolsa de consorcio negra y sacados a la vereda lluviosa y él se fue a conversar con la madre de sus hijos en Alto Yapeyú. Por lo menos, eso fue lo que me dijo José cuando llegué esta mañana al departamento, quebrado en llanto.
Dos empleados del desagüe municipal destaparon la bocacalle y nos trajeron la bolsa negra con los infantes en su interior. Subimos en el móvil al hombre que aceptó con frialdad la acusación de infanticidio y asesinato a su ex mujer, mientras clamaba por el amor de Elisa justificando que la única salida para la libertad de estar juntos, era ese.
miércoles, 14 de abril de 2010
Dípteros de café
La flecha esculpida en metal atravesó la cotidianeidad de abril en un mundo normalmente anormal, la ausencia de 87 días de piel rompió el solsticio más largo del año. Hoy, he estado maullando y ronroneando a una vaca suave, delicada, tenue y cortés. No tenía tesón de mí mismo y agitándome con una bocanada de humo fluctuante mientras la mano derecha borroneaba una hoja de papel amarillo, y la mano izquierda bailoteaba al compás del desafinadísimo exhalado de mis labios, bebía café sentado en el bar.
Afuera, el frío asestaba como un puñal oblicuo la carne de cualquier pasante poco precavido. Adentro, las nubes tabacaleras recorrían durante horas el horizonte del bodegón. La rumiante altiva no estaba de vueltas, los minutos pasaban y perdía la noción de espacio y tiempo, un sorbo más del café rebajado con malta calentaban los huesos roídos por la postura cóncava de mi cuerpo.
Silbando de sueño noté que algunas moscas se pegaban como ventosas en el aparador del ruso Dimitri, y otras formaban círculos en el cielo raso tratando de esquivar los nubarrones de nicotina amarga. Otra vez observé la puerta y la bovina no aparecía, ella se cambiaba de piel como se cambian las culebras, una difunta por una lustrosa ó tal vez similar a las moscas; así en cuatro etapas morfológicas distintas; huevo, larva, ninfa y adulta se estiraba consiguiendo extenderse brillante y resplandeciente.
Bajé la cabeza y escuché acercándose unas chinelas chirriando los mosaicos pegajosos, levanté la mirada y descubrí una lágrima rodar por su mejilla, la cantina inmunda no podía envolver la belleza radiante de mujer, sin chupar el néctar dulce de su aroma natural, ni morder la fruta suave de su cutícula carmesí en espíritu y alma. La gente del lugar cambió su actitud con facilidad, al igual que Tomás Llorque en la barra desolado con el corazón odioso e inmutado.
Es otoño y como un clavo torcido no encajé, volvió su exquisita anatomía despidiéndose hacía la puerta y se esfumo como una brisa de perfume sensual. En la calle los árboles iban desarreglándose a medida que sus hojuelas caían y en 88 días, a mí, me siguen las moscas.
Afuera, el frío asestaba como un puñal oblicuo la carne de cualquier pasante poco precavido. Adentro, las nubes tabacaleras recorrían durante horas el horizonte del bodegón. La rumiante altiva no estaba de vueltas, los minutos pasaban y perdía la noción de espacio y tiempo, un sorbo más del café rebajado con malta calentaban los huesos roídos por la postura cóncava de mi cuerpo.
Silbando de sueño noté que algunas moscas se pegaban como ventosas en el aparador del ruso Dimitri, y otras formaban círculos en el cielo raso tratando de esquivar los nubarrones de nicotina amarga. Otra vez observé la puerta y la bovina no aparecía, ella se cambiaba de piel como se cambian las culebras, una difunta por una lustrosa ó tal vez similar a las moscas; así en cuatro etapas morfológicas distintas; huevo, larva, ninfa y adulta se estiraba consiguiendo extenderse brillante y resplandeciente.
Bajé la cabeza y escuché acercándose unas chinelas chirriando los mosaicos pegajosos, levanté la mirada y descubrí una lágrima rodar por su mejilla, la cantina inmunda no podía envolver la belleza radiante de mujer, sin chupar el néctar dulce de su aroma natural, ni morder la fruta suave de su cutícula carmesí en espíritu y alma. La gente del lugar cambió su actitud con facilidad, al igual que Tomás Llorque en la barra desolado con el corazón odioso e inmutado.
Es otoño y como un clavo torcido no encajé, volvió su exquisita anatomía despidiéndose hacía la puerta y se esfumo como una brisa de perfume sensual. En la calle los árboles iban desarreglándose a medida que sus hojuelas caían y en 88 días, a mí, me siguen las moscas.
martes, 13 de abril de 2010
Alegoría de una ciudad
La ciudad se extendía hasta la calle ornamentada de la Cañada, donde el viajero civilizado se inspiraba con el cauce curtido del Suquía. Los barrios bajos no se comunicaban por el ferrocarril, la forma más sencilla era el trolebús, alimentado por una catenaria de dos cables transportando energía eléctrica, el gusano de hierro y chasis se empachaba con sus dos astas y vomitaba el pasaje suburbano en la entrada de la polis.
Precisamente, el umbral era la plaza principal, remozada con el ecuestre general de mármol en el centro y en sus cuatro vértices glorietas, nichos y cortinajes. El punto neurálgico de la urbe se concentraba ahí mismo.
El gran mercado se encontraba enfrente, el arco de piedra le daba la bienvenida ceremonial a los cientos de foráneos y no, que con ansia irrumpían los puestos de carnes, frutas, hortalizas y especias del ancho mundo. Curiosamente una vieja librería de páginas antiguas donde las refulgentes hojas caprichosas se convertían en íconos de un público consumidor, ocupaba los últimos puestos de los productos.
Unas columnas con escudos, banderas arrugadas y santos, nos mostraba que la religión imvadía perpendicularmente al mercado y de frente a la plaza conmemorativa. Las viejas tipologías arquitectónicas dictaban del siglo XVll con su cuatro capillas apuntando a los cuatro puntos cardinales, en su pórtico, ambulantes, enamorado, pedigüeños y transeúntes espontáneos peregrinaban durante toda la jornada.
El emporio a las cinco comenzaba a cerrar, ya no se percibía la música de tacos y tacones, ni el rocío de las pieles extrañas que salpicaban al chocar los andarines del centro, el bullicioso parlante descendía hacia otros ruidos, el aroma a fruta fresca franqueaba más ha fétido y las bocinas de automóviles, sí retumbaban en los oídos. El ladrido solitario de un perro junto a la mugre se adherían a la ciudad, y sólo quedaba el vacío de dormir en el banco de la plaza.
Precisamente, el umbral era la plaza principal, remozada con el ecuestre general de mármol en el centro y en sus cuatro vértices glorietas, nichos y cortinajes. El punto neurálgico de la urbe se concentraba ahí mismo.
El gran mercado se encontraba enfrente, el arco de piedra le daba la bienvenida ceremonial a los cientos de foráneos y no, que con ansia irrumpían los puestos de carnes, frutas, hortalizas y especias del ancho mundo. Curiosamente una vieja librería de páginas antiguas donde las refulgentes hojas caprichosas se convertían en íconos de un público consumidor, ocupaba los últimos puestos de los productos.
Unas columnas con escudos, banderas arrugadas y santos, nos mostraba que la religión imvadía perpendicularmente al mercado y de frente a la plaza conmemorativa. Las viejas tipologías arquitectónicas dictaban del siglo XVll con su cuatro capillas apuntando a los cuatro puntos cardinales, en su pórtico, ambulantes, enamorado, pedigüeños y transeúntes espontáneos peregrinaban durante toda la jornada.
El emporio a las cinco comenzaba a cerrar, ya no se percibía la música de tacos y tacones, ni el rocío de las pieles extrañas que salpicaban al chocar los andarines del centro, el bullicioso parlante descendía hacia otros ruidos, el aroma a fruta fresca franqueaba más ha fétido y las bocinas de automóviles, sí retumbaban en los oídos. El ladrido solitario de un perro junto a la mugre se adherían a la ciudad, y sólo quedaba el vacío de dormir en el banco de la plaza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)