lunes, 12 de abril de 2010
La dignidad del santo
El clima caluroso del mediodía y de las primeras horas de la tarde lo encontraban callejeando por todo los puestos y siempre lo mismo, su actitud sólo lo llevaba a levantarse y dar la mano, girar con el cuerpo hacía la puerta, agachar la cabeza y salir arrastrando los pies hasta quedar exhausto. Ya en las noches frías bajo la sombra del ornamental púlpito y altar de la basílica de la Merced, previo atrevimiento de observación en calle Rivadavia el muro exterior del templo rebosando de misericordia ante la serie de cerámicas realizadas por “Armando Sicca” con la historia de Córdoba, alentaba en él ver esa esculturas humilladas y despreciadas a la intemperie por los transeúntes de turno.
Con el cuerpo fastidiado y el alma quebrada, se ponía de rodilla ante la imagen del santo al costado derecho de la nave central, las lágrimas golpeaban el mármol de la antigua construcción del siglo XVII y sin imitar al crucificado recorría con la vista la iglesia, tres sacerdotes se ubicaban en tres confesionarios distribuido en un triángulo imaginario enfrente del altar, la rotación de fieles no era pausada ya que en el sacramento de la reconciliación no había mayoría para el desahogo.
Volvía la mirada al beato y como vinculado a algo impalpable la serenidad se inscribió en su ser, el reposo silencioso del niño en las manos del bienaventurado caló en las abandonadas y doloridas rodillas llagadas por friccionar con el mármol, el timbre del celular rompía el mutismo celestial, con los ojos grandes y encendidos quedado perplejo tras oír que había sido seleccionado para el puesto en una agencia de viajes, la sonrisa y el agradecimiento exploto desahuciadamente ante la figura del bendito que acurrucaba entre su pecho a la criatura divina.
Erigió su cuerpo tras persignarse y marchó hacía la salida, al lado del portón de entrada un anciano ruido por los años y desprovisto de toda seguridad social dando un aspecto de cachivache extendía la mano con la intención de ayuda, hurgó los bolsillos del pantalón y encontró cinco pesos, que terminarían sin duda alguna en un atada de veinte puchos rubios, se acercó al viejo y le entregó los cinco pesos al tiempo que le preguntaba como estaba. -¡Ahora, todo va bien! -Respondió satisfecho.
viernes, 9 de abril de 2010
A veces
Crucé las piernas y el plástico de la silla crujió. Incapaz de controlar el sentimiento de culpabilidad de conciencia me pregunté si alguien más creería que él tuviese la capacidad de seguir con sus labores diarias de representarme, ya que sus contactos, amigos y compañeros a veces se encontraban en el obituario del diario.
La brisa fresca ahora me hacía tiritar, pensé que él ya había hecho su trabajo y que tenía que volver a ser sólo mi papá otra vez y dejarme compilar y repasar los documentos literarios con otros colegas. Siempre me acompañó con su pluma incondicional y atrevida que ni la izquierda quiso leer.
Sin embargo, ya era hora de un principio a fin. A veces el amor es un estremecimiento extravagante de odio y delicia en un cerrar de ojos que de repente con arrugas y canas cambia de color; y se escriben con lágrimas que acompañan nuestros sueños.
Del otro lado de la puerta a veces escuchaba una sonrisita ventrílocuo parlante. El frío que me envolvía por todo el cuerpo hizo que el bostezo tensara mis músculos y pesara más que de costumbre, el chirrido de la silla confirmo la quebradura del plástico y de culo pasé al suelo. ¡La puta!, a veces no recuerdo que aún sabe como cambiar la cerradura.
miércoles, 7 de abril de 2010
La ventana de María
Al ingresar, María seguía acostada, ella una mujer de ojos pardos, tez marrón oscuro, con unas caderas bien determinadas por lo alta y buena moza que era, tenía la cabeza girada hacía la izquierda con la mirada clavada a la ventana. En el extremo de la cama el brasero se encontraba apuntando sus pies descalzos.
La intoxicación por inhalación de monóxido de carbono le había moretoneado un poco el cuello y el cuerpo ó al menos eso creía el subcomisario, ya que, por lo que habían declarado los moradores de la casa contigua, ella, al parecer vivía sola.
Llegó la orden del cabo primero para retirar el cuerpo y llevarlo a la morgue judicial. Anotó en la planilla la salida del femenino sin vida y el caso fue caratulado como "muerte de etiología imprudente".
Sombras de papel!
La dualidad clásica de un toque personal que encuentro por el recorrido suburbano de los ríos anchos donde el pescado es traído desde Taiwán, me deja una composición autodidáctica de interiorizar chatarra, mientras me siento en el porche de un rancho ajeno retratando los pecados con una tuca que Martín Fierro nunca fumó.
Uno nunca viajó por Europa, pero tampoco el misterioso Mozart transitó los páramos y llanos de Latinoamérica con clave en Sol. Y sólo en los humedales de concreto viejo tuvo la capacidad de darle vida a un barómetro de cola. Aquí, absorbemos la sopa y leemos como un cíclope las bitácoras forasteras en un patio ó en un bar, sin embargo olvido que existen para nuestro rescate personal!.
martes, 6 de abril de 2010
Search media!
Los jueces delimitaron toda sensualidad estilística en la intersección de la ruta 11 entre Camilo Aldao y Corral de Bustos. La normalidad de los exponentes más fuertes y precisos se situaron al filo del risco más bajo, pero sí bien, no estuvieron certificados, el corazón estoico de un árbol creció más tangible.
viernes, 19 de febrero de 2010
Peno en el barrizal!
Recorrí de sur a sur durante nueve semanas las polvorientas calles del departamento "General Roca", untándome constantemente repelente en crema para que los moscardones no merodeen la sudorosa piel despelechada y tajada por el sol.
Fue en el trayecto de Jovita a Laboulaye donde todo ocurrió. Dos personas murieron calcinadas bajo la mirada inquisidora del astro infernal, dio un vuelco, impactó contra un árbol y luego se incendió, sin túneles y alcantarillas el automóvil se ladeó.
-¡Nueve semanas! –creo, ya que me desperté arqueado arriba de una roca, o más bien, sobre una brasa encendida que adobaba mi cuerpo.
-¡No recuerdo! -. Busco sombra mientras desempolvo los pasos de derecha a izquierda.
-¡Pero nada! –las piernas no responden, pellizco mi nalga derecha y no siento nada, intento nuevamente hasta que un calambre las hace reaccionar.
-¡Arriba de pie!, carajo. –ahora sí, observo de sur a sur, el cuello no rota de este a oeste. El guadal me entierra, rezongos de mulitas y zorrinos al rededor se escuchan. –¡Tal vez por el olor al repelente que se diluye en mi piel!.- reflexiono.
Un poco de impresión surge en mi interior, los animales ahora mordisquean mis extremidades y no puedo hacer nada, nueve semanas y no he hecho un paso; nueve semanas que estoy muerto; nueve semanas que nadie sabe dónde estoy!.
sábado, 6 de febrero de 2010
Dalmiro!
Todo tuvo que ver, "ser o no ser", Dalmiro era un joven actor que por su ceño fruncido y su cara sin expresión, o sea, a nada, siempre interpretó papeles breves, de malo, de psicópata, de extra, y que por lo general morían. Nunca apareció en los créditos de las obras que trabajó. Su aspecto afeminado no le daba el “target” para roles viriles y masculinos.
En realidad Dalmiro no tenía aptitud de actor y no era un “jettatore” (persona que supersticiosamente se cree que trae mala suerte). Porque, cuando iba al banco no había cola, cuando compraba dos cospeles del kiosco en la esquina, él se llevaba los últimos, cuando pedía una colita de cuadril rebosado con vino blanco y papitas noisette gratinado con salsa de arándano en el bodegón de 27 de abril casi Ayacucho, siempre estaba a punto caramelo.
Oh!, sí, su vida diaria era común, un mequetrefe para actuar, pero común!.