viernes, 1 de octubre de 2010

Steven no tiene un bolso negro en su placard, pero mi mujer sí

La cámara lo enfocaba de frente, Steven montado en su camioneta “Cadillac Escalade ESV” junto a su equipo de élite policial, monologaba con una escopeta en la mano y sin enfocar su mirar a la lente de la cámara. Desde otro ángulo, una segunda cámara divisaba a dos muchachos de color caminando por las calles de Louisiana, y éstos al ser interceptado por el "gordo" Seagal y su grupete de gorilas arrojaban un papel al suelo.
El fundido de la imagen en negro dio inicio a la tanda publicitaria, me levanté de un envión de la cama y asenté los pies sobre el suelo, tomé de la mesita de luz el atado y encendí un cigarrillo ha espera de que comenzara el episodio siete de Steven Seagal Lawman por la televisión.
Estando sentado en el borde de la cama con el cigarrillo en mis labios, miré el bolso negro que se encontraba guardado en un rincón del placard, ella no me decía nada y yo notaba su mirada profunda e intranquila sobre mi nuca. Por el silencio y la rigidez que percibía detrás de mí, me daba cuenta que ella pensaba que armaría un escándalo si no veía lo que había dentro del bolso.
Sonreía ante la situación y recordaba, mientras el fulgor del televisor impactaba sobre el parietal derecho de mi cara, que la segunda vez que la vi a ella llevando el bolso negro de las manijas rellenadas de goma espuma, con la insignia de General Paz Juniors, fue cuando nos mudamos al departamento de bulevar Illia en el barrio de Nueva Córdoba. Pero la primera vez, fue cuando la conocí en el camping municipal de Mina Clavero un día de enero donde acampábamos en una carpa iglú con dos amigos, y ella junto a su familia aparcaban el motorhome al lado nuestro.
Había sido raro el encuentro, tuve que tocar la puerta de la caravana andante para pedir un poco de yerba mate, y cuando me abrieron observé que ella estaba transpirando y jadeando un poco, sus padres al parecer no se encontraban y ella parada al frente mío con el bolso negro en la mano derecha y la mano izquierda en el picaporte, me deslumbró, la miré de arriba abajo, tenía un pantalón corto rojo con el botón desprendido y la parte de arriba de la bikini color piel. Al subir la mirada hasta sus ojos, se me cayó el cigarrillo de la boca quemándome el dedo gordo del pié por contemplar tanta hermosura. Le pedí yerba, la invité a tomar un amargo y también, que se quedara la vida eterna a mí lado. Ella aceptó aferrándose a su bolso negro y luego de diez meses de romance decidimos vivir juntos.
Así, comenzaba la época del 8 “C” en Illia, un monoambiente de mierda que medía cuatro metros de largo por cuatro metro de ancho, además, la única ventana que conservaba el piso daba a una pared de concreto gris de un edificio colindante al nuestro. El paisaje del “orto” que amanecía todos los días al correr las cortinas, hizo que ubicáramos la cama debajo de la ventana para no mirar la pared gris de concreto al despertarnos. Entonces, decidimos cambiar el muro de las mañanas por la cocina grasienta y diminuta que se limpiaba solamente gracias a las lluvias torrenciales que se filtraban por la campana del extractor.
Pasaron dos años y no mudamos nuevamente, hasta ese momento nunca me había percatado que debajo de la cama, Marcela dejaba el bolso negro entre sus pantuflas y las cenizas amontonadas de los cigarrillos fumados por mí.
Alquilamos esta vez un departamento de dos ambiente en la calle 25 de Mayo de barrio General Paz, a unas pocas cuadras donde vivían los padres de Marcela. Desde la ventana las copas de los árboles eran verdes y no grises, los pájaros volaban atravesando el firmamento del cielo celeste y sus cagadas no se resbalaban por una pared de concreto gris y húmeda, sino que ahora se imprimían en las baldosas del balcón de casi un metro cuadrado adosada a la ventana.
Hago un pitada extensa dándole la espalda a ella y le digo –Sé qué seguramente me lo dijiste un montos de veces– exhalo el humo un momento y pregunto –¿pero realmente es importante lo que hay dentro?
Sin dejar de darle la espalda escucho que ella me contesta –¡Para mí sí! y vos sabes bien por qué– y agrega –te he contado un montón de veces que no aguanto las ganas d...
–Shhhh…! –atino a callarla con el dedo índice en la boca antes de que terminase la frase.
Seagal baja de la camioneta “Cadillac Escalade ESV” y detiene a los dos muchachos de color, los coloca contra el paredón de la cuadra y los interroga sobre el papel que acaban de tirar. Dos jóvenes oscuros en los “state” detenidos; como si fueran dos guachos caminando por las veredas de barrio Oña y porque no, como dos orientales que pataconéan por la acera de Seúl o dos turcos deslizándose por las callejuelas de Estambul. En fin, los formatos “realitys” de poli son todos iguales, pienso.
Marcela se levanta de la cama y distingo que su silueta cruza entre el televisor y mi cuerpo flácido sin dureza alguna que se amalgamaba al colchón “Piero” de una plaza y medio. Dirigiéndose hacia el placar, escucho que saca algo y se mete rápido al baño.
Mientras tanto, los morochos intentaban explicar que no estaban haciendo nada malo y que sólo caminaban por el barrio; el “Lawman” dudando se desplazaba como media cuadra hacia el lugar en donde uno de los pibes habría tirado el papel.
La vibración y los gemidos que salían del baño me extrañaron, giré la cabeza en dirección al placard y divisé que en el rincón no se encontraba el bolso negro con la insignia de General Paz Juniors. Vuelvo la vista al televisor y veo que Steven levanta un papel de “Chiclets Adams” y putea por haberse equivocado con los jóvenes afroamericanos, él se disculpa y justifica su error haciendo un chiste a cámara donde sostiene que su vista lo traicionó porque no tuvo sexo la noche anterior con su secretaria, y riendo sube al “Cadillac Escalade ESV”.
La vibración y los gemidos se detienen y Marcela sale del baño traspirando y jadeando, no distingo el bolso en sus manos, pero supongo que lo dejó arriba del bidet para que yo lo viera cuando vaya a mear y así, al abrirlo y observar el contenido del bolso negro, me hiciese sentir culpable y menos hombre por no tenerlo a pila.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Devolviendo el toque

En las after de las homilía blogeras,
mueren mujeres.
Especialmente mujeres bellas,
Sí mueren mujeres feas,
mejor que nadie se entere
o posteé.
No me disculpo si mato a un engendro.
Es que sus líneas, dimensiones y contornos
me emocionan, me instruye,
me alumbran y me modifican.
Pero, sólo me suele suceder
cuando la temperatura chirlea mis mejillas
con unos 38 grados centígrados
dejándolas aún más coloradas que de costumbre.
Y sobretodo, cuando leo los obituarios del gran diario argentino.
Siempre, en la web
multiplican panchos y birras
como Jesús de Laferrere.
Además, de vez en cuando
les crece la nariz al dialogar con un grillo,
un gato o a una zorra parlante
que cree ser una hada azul
en la cuadra de Hipólito Yrigoyen 183...
Ahora, "mataré a todos,
no quedará ninguno vivo,
servirá de prueba,
cuando entre con metrallas"
Dice un soldado bloKero
mientras prepara tereré,
escucha a Calamaro
y come maíz pisingallo.
Oh sí,
en las after,
para darle un toque
hay sangre,
uñas rojas, art nouveau
y cámara web.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Las sabanas de las chicas del 2 "K"

Bajo el cielo monopolizado de azul, me asomé a verla por la ventana. Ella, sobre la terraza, colgaba las sabanas blancas haciéndoles dobleces para que el viento acariciase los bordes de satín.
Sujetó con el broche de madera la última sabana y encendió un cigarrillo. Inhaló dos bocanadas y volvió a su departamento descalza, mojada y con la remera del Ché anudada por encima de su ombligo. La miré haciéndome el oso desde la ventana imparcial mientras tomaba café con malta y fumaba un cigarrillo pensando, que nunca supe como hablarle. Sólo me atrevía a fingir un saludo casual las pocas veces que la cruzaba por los pasillos del block.
Ahora, ella apareció por el balcón, se agachó y envolvió con la sección política del gran diario argentino, las cagadas nocturnas que dejaban sobre los mosaicos las aves de rapiña por las noches.
Sin asco, ella depositó el bollo de heces secas dentro del basurero, enlazó la bolsa roñosa dejándola debajo de la bacha de servicio y se dirigió al living donde prendió el televisor, se sentó sobre el futón y sonrió al ver en 678 la sociedad Duhalde-Magneto al son de Malayunta.
Tomó el papel prensa (Tiempo Argentino) que se desasía a un costado del almohadón, lo ojeó rápido y volvió a dejarlo en el mismo almohadón. Pitó una vez más y abollo el cigarrillo contra el cenicero que estaba sobre la mesita ratona.
La ventana que hay junto a mi baño me mostraba una postal panorámica del 2 “k”. Observo a ella recostada sobre el futón y pienso que tiene un cuerpo hermoso, sobretodo cuando su pelo ensortijado se anuda entre varios invisibles por encima de sus hombros. Levanto la vista hacia la terraza sabiendo que todavía es temprano y las sabanas, seguramente no se han secado.
Un estruendo en la puerta me obliga a posar nuevamente la mirada sobre el 2 “k”. Las sonrisitas picaras me indicó que llegaba Naty (la compañera de piso). Naty, llevaba una pollera corta y un strapless florido, se sentó encima de las piernas de ella y la besó en las mejillas.
Yo, sólo atinaba a mirarlas por la ventana sin decirles nada.
Entre caricias y felicitaciones, las chicas se quedaron abrazadas una sobre la otra en el futón del living. Naty había sido elegida como presidente del centro de estudiantes en la Escuela de Trabajo Social, su agrupación nacional y popular ganó por tan sólo 18 votos electrónicos.
Con lágrimas en los ojos, ella le dijo a Naty que ya le habían dado turno en el Registro Civil para noviembre. Naty se levantó sonriendo y fue a la cocina, puso la pava y preparó el mate amargo como lo preparaba su madre Miriam. Recordó sonándose la nariz a su madre y pensó, como se sonrojaría al saber que ella se casaría en noviembre.
–¡Pobre vieja!–se decía, tuvo que llegar exiliada desde la banda oriental a fines de los ’70 ya que su abuelo, perseguido y encerrado en el ’68 tras el ataque a la emisora radial Ariel con el MLN-T, la condenó. La pava silbó fuerte y Naty volvió en sí.
Yo, terminaba de leer El perro del Hortelano de Lope de Vega y recordé que con Naty tampoco había cruzado palabra alguna. Tiré en el inodoro el cigarrillo y la borra de café pastosa anidada en el fondo de la taza. Me percaté desde el tragaluz que ella volvía descalza a la terraza para levantar las sabanas. Eclipsado por su belleza y la pulcritud de los bordes de satín, reflexioné irónico diciéndome:
–¡Qué bien que le quedaron! son tan blancas como la sonrisa de Dady Brieva.
Sin quitar la vista de la terraza me estiré hacia un costado desenvolviendo un poco de papel higiénico. Me pregunté –¿por qué mis sabanas no quedaban así? y me respondía, bambaleando la cabeza de un lado al otro, que tal vez ya era hora de hablarle a las chicas.
Me limpié el culo y jalé la tira del inodoro teniendo en claro que cuando me subiera los pantalones, les tocaría la puerta y les preguntaría –¿Qué jabón en polvo usaban?

sábado, 28 de agosto de 2010

La ventana II (María)

La Toyota Hilux chocada avanzaba por la ruta E-53 y la ciudad empezaba a quedar atrás. El sonido envolvente de una turbina de avión que despegaba del aeropuerto internacional “Ingeniero Taravella”, anunciaba el final del ejido municipal. Adelante, la casilla del peaje detenía momentáneamente los autos. Autos que manejaban personas de entre 25 a 50 años. Personas que habían decidido vivir fuera de la ciudad, en una parcela de tierra cerrada y aislada de la inseguridad del mundo de hoy.
A paso de tortuga la caseta devoraba monedas y billetes sin vergüenza alguna. Ellos cruzaron por la arteria de cobro manual al encender las balizas. Los cuatro en la cabina marchaban mientras la base de operaciones del comando radioeléctrico les indicaba que el occiso se encontraba en el barrio cerrado “Estancia Q2” de la localidad de Mendiolaza. Un country con servicios subterráneos de agua y luz; 73 hectáreas de campo delimitadas por hileras de añosos algarrobos, álamos carolinos, robles, plátanos y liquidámbar, todo coronado con una vista majestuosa a las Sierras Chicas en el departamento Colón.
Diariamente, mientras reposaba en su cama cerca de la ventana, sin que nadie se percatara de ello, María admiraba el cuadro apaisado que entraba en la pequeña habitación de la parte trasera de la casa.
La escena natural de grandes árboles secos sin pájaros silbando y brisas frescas del mediodía invernal, sugirió que el céfiro descompuesto que provenía de la morada se esparciera hacía los vecinos.
Giraron hacia el portal de ingreso. El barrio contenía un cerco perimetral olímpico con postes de hormigón y tres hilos de alambre de púas. Además, en cada pilar se adherían sensores de movimiento. La Hilux del CAP ploteada con el camuflaje naranja, se detuvo en el lote 31 y bajaron los cuatro. Al ingresar, María seguía acostada. Ella, una mujer de ojos pardos, tez marrón oscuro, con unas caderas bien determinadas por lo alta y buena moza que era, tenía la cabeza girada hacía la izquierda con la mirada clavada en la ventana. En el extremo de la cama el brasero se encontraba apuntando a sus pies descalzos.
La intoxicación por inhalación de monóxido de carbono le había moretoneado en parte el cuello y el cuerpo, o al menos eso creía el subcomisario, ya que por lo que habían declarado los habitantes de la casa contigua, ella, al parecer vivía sola.
Por la radio llegó la orden del cabo primero para retirar el cuerpo y llevarlo a la morgue judicial. El suboficial anotó en la planilla la salida del femenino sin vida y el caso fue caratulado como "muerte por etiología imprudente".

martes, 10 de agosto de 2010

Nariotebicen


En el Ministerio de Educación les había sorprendido que en el último censo escolar mostrara que el promedio más alto correspondía a un colegio de un pequeño poblado del interior cordobés. Las calificaciones oscilaban la media de ocho puntos en todos los cursos y ningún repitente en los diferentes años lectivos. Por esta razón, la administración nacional decidió mandar dos inspectores a cerciorar semejante desempeño, ya que buscaban postular a la mejor escuela para que la presidenta inaugurara el año del bicentenario de la patria.
Los dos fiscalizadores partieron en colectivo desde Retiro hasta la terminal de Córdoba. El viaje fue largo y Rosa, una de las encargadas de legitimar los resultados del colegio, mató el tiempo leyendo un artículo sobre los resultados del “Colisionador de Hadrones” en la revista “muy interesante”. Ella, era apasionada por la física moderna y le generaba inquietud el choque de partículas subatómicas, sobretodo si descubrían el “bosón de Higg” ó “partícula de Dios”, porque según la teoría de los científicos, de esa porción minúscula, proveía de masa a todo el universo.
Por otra parte, Eduardo, el otro elegido para inspeccionar el establecimiento punillense, tenía una idea apocalíptica sobre el tema de experimentar con el origen del “Big Bang”.
–Ya vas a ver Rosa, esa maquina va hacer que el mundo cambie para mal. –decía con una mueca alarmista en su cara y con un tono de voz alto, ya que tenía puestos en los oídos los auriculares de su Ipod, escuchando las viejas versiones musicales de Alejandro Lerner, Serrat ó Alberto Plaza.
Al llegar a la sala de embarque mediterránea, luego de diez horas de viaje en bus. Debieron hacer transbordo en un micro interurbano que se dirigiese a la ciudad de Cruz del Eje, se sabía que la institución se encontraba en las cercanías. Eduardo, se dirigió hacía la boletería de la empresa “Ciudad de Córdoba”, pregunto por la localidad de Bartolomé Mitre y nadie supo contestarle, entonces indagó por la escuela “Libertador Domingo Perón”. Un chofer recordó que solía llevar a un par de chicos a ese seminario, pero no sabía realmente donde quedaba, sólo tenía en claro que los niños bajaban en la Ruta 38 a unos 23 kilómetros de la ciudad de Cruz del Eje.
Partieron y los examinador descendieron donde el conductor les dijo. Caminaron a campo adentro por una acequia polvorienta durante treinta minutos, cansados de estar sentados en los colectivos, ambos se sintieron a gusto estirando las piernas por un rato. Luego de un par de kilómetros encontraron a un baquiano que le supo indicar donde quedaba la comuna llamada Bartolomé Mitre. Aseguró que no figuraba en ningún mapa porque la escuela es la única construcción que se erige en la punta del cerro serrano. Además, comentó que Bartolomé Mitre, era un empresario sojero de la zona y dueño de las tierras donde se levantaba la escuelita y no un poblado.
Luego de los saludos pertinentes con aquel buen hombre, Rosa divisó una aureola brillante flameando por el firmamento del cielo, sin darle mucha importancia los dos marcharon hacía el “Libertador Domingo Perón”. Al llegar a la punta de la montaña, encontraron un rancho roído por el tiempo y rodeado por un pastizal alto y seco. El frío, azotaba en la zona sin dar tregua.
Ingresaron al establecimiento y se encontraron con una pulcritud y una organización envidiable; en el hall central, la directora del instituto los esperaba con un té calentito. Saludó cordialmente y sin perder tiempo invitó a los oficiales que relevaran los diferentes cursos. Entraron al cuarto grado y Eduardo distinguió que el manual de estudia llevaba por nombre “Perro Santillán”, en vez de “Santillana” y que el bloc de hojas rayadas “Rivadavia”, aparecía bajo el nombre de “Menem”.
Rosa, también se percató que las imágenes del padre de la patria sobre el pizarrón, era el de “Juan Domingo Perón” y que al lado se extendía un mapa planisferio de de las Islas Malvinas, con el retrato de San Martín como general de aquella contienda. Atónitos una y otro, se miraron sin comprender que ocurría, la regente le hizo una seña con su mano derecha para que la siguiesen a la sala de tecnología. Quería mostrarles y agradecerles a los dos examinadores por el importante aporte que la nación hacía con las herramientas informáticas. Se asomaron al gabinete y vislumbraron las maquina de escribir portátil “Olivetti Lettera 42”.
Uno de los preceptores irrumpió en la aula llamando urgente a la directora para que se dirigiese a la sala de los maestros, ella se disculpó y obligó al dúo que la acompañase. El personal estaba reunido alrededor de un viejo televisor con armazón de madera en blanco y negro, marca Grundig, sintonizaba la señal de cadena nacional y mostraba al presidente Bartolomé Mitre anunciando la “Guerra de la Triple Alianza”. Pasmada, Rosa observó por la ventana lateral de la habitación una nueva aureola brillante que flameaba en el firmamento.
El “Colisionador de Hadrones” vino a la mente de ella y recordó las palabras de Eduardo en el ómnibus sobre como iba a cambiar el mundo por ese aparato ambicioso. Sacó de su bolso la revista y ojeó el texto una vez más, los científicos afirmaban que era un paso clave para estudiar la materia y saber por qué el mundo es como lo vemos.

Por el libro de Cumbio, intentó asesinar al “tuerto” de La Sonora de Bruno Alberto

Leyó en el diario la noticia de que la viuda de Lennon se oponía a que Mark Chapman recobrara la libertad condicional por dispararle al líder de los Beatles en 1980. Cerró "La Voz del Interior" y tras las rejas de Bower, pensó que él también tendría que pedir su absolución carcelaria.
Mario purgaba condena por intentar asesinar al “tuerto” Wirzt, cabecilla de La Sonora de Bruno Alberto en la puerta del hotel alojamiento “Madrid” de calle Obispo Trejo. El tribunal accedió a una junta para evaluar las condiciones psíquicas de él, con la intención de otorgarle el beneficio del 2 por 1.
Se sentó frente al tribunal con su remara del “Ché” y una biblia entre sus manos, recorrió con la vista la sala hasta posarla frente a los consejeros y dijo:
-Siento que ahora, luego de 3 meses del hecho, tengo la comprensión de mis actos y estoy avergonzado, pido disculpa, lamentando el daño ocurrido, pero he cambiado.
Bajó la mirada hacía su biblia un momento y continuó con su excusa:
-Recuerdo que esa mañana de enero compré un ejemplar de “Yo soy Cumbio”, en la librería el Ateneo de General Paz. Escuchaba en mi mp3 el tema de La Sonora “tu tienes que entregármelo”. Rápidamente abrí el libro y escribí en la primera página “Bien ahí, va mi confesión”. –comentó riéndose de lo escrito.
Mario era hipocondríaco, evitaba todo contacto con temas relacionados a la medicina o enfermedades, ya que con cualquier referencia empezaba a padecer síntomas como derrames sanguíneos, tos, arcadas y falencias físicas. Gracias Sergio por tus ganas, estoy de vuelta. Tuve un par de días agitados en el trabajo. Un abrazo Amigo y que estés bien.
Claro que esto no ocurría cuando ya pasaba el cuarto vaso de fernet. Los indicios eran otros, pronunciaciones con ritmos pausados y timbre agudo, palizas dolorosas que le propinaban luego de las homilías descaradas y gallardas que bravuconeaba a toda mujer. Sin embargo, los restos polvorientos que quedaban en el vaso y su nariz, le brindaban una noche de comparsas y lugares platónicos. Deambulando por lo general entre diarios y radios, pero como suceso policial.
Reflexionó y con un tono más serio prosiguió con su visión de los hechos:
-Me acuerdo que el “tuerto”, luego de bajar del escenario del boliche Palmira Seniors, abrazó a Coyo Eno, una piba lánguida sin curvas, con flequillo rubio (similar a Sailor Moon), vestida con pollera corta sin volados, medias larga (de fútbol con los colores de Talleres) sobre las rodillas y una musculosa de los Power Ranger; ella era hija del coreano Chuni, dueño de un supermercado en la esquina de Corriente e Ituzangó.
Logré estrecharle la mano y que me firmase un ejemplar de su disco “Cuando debuté”, pese a ello, seguí a la pareja hasta el telo Madrid. Esperé alrededor de tres horas en la puerta del mueble. Cuando salieron, desde la vereda del frente llamé al “tuerto”, al darse vuelta le disparé cuatro corchazos, dos impactaron en las piernas, uno en el hombro y el último en la maseta de entrada del alberge transitorio. Permanecí un momento en la escena, ingerí una pastilla de menta y corrí hacía un baño químico de una edificio en construcción en la esquina de Trejo y Laprida. Me senté en el inodoro con tapa asiento de plástico, tubo de ventilación de 4 pulgadas reforzado con fibra de vidrio y saqué el ejemplar de “Yo soy Cumbio”. Lo leí recordando los consejos del curso de yoga que asistía dos veces a la semana. -finalizó a la vez que respiraba profundo mientras los provisores lo observaban.
Mario, le explicó al tribunal que hacía muchos años que tenía la necesidad de matarlo a él, sobretodo después de escuchar el disco “Pérez-Troika”, el coro del estribillo en las canchas y en las manifestaciones del país, era insoportable. Además, intentó suicidarse de manera infructuosa al leer la biografía de la niña fotolog, porque no podía imitar la vida de ella.
El triunvirato lo detuvo y decidió concertar unos minutos, para luego releer un pasaje del libro donde decía “Yo me llamo cumbia, yo soy la reina por donde voy (...) mi piel es morena como los cueros de mi tambor”. Una vez finalizado, decidieron que era aceptable el intento de suicidio e homicidio al constatar que el libro y el tema “La canoa”, fue sin duda el éxito más nefasto que le dio popularidad a la joven de la webera y a la banda. Sin vestigio de algún otro triunfo radiofónico o textual, bastó con la frase "y ahora, y ahora, que nos chupen bien las....”. Gracias a dios alguien intentó hacer justicia pensaron los calificadores y firmaron la absolución.

lunes, 2 de agosto de 2010

Hubiera querido saberlo antes (El tártaro)

Carola tenía 18 años y preparaba los cuerpos fallecidos que viajaban al Hades, ó por lo menos así lo pensaba. Sabía del silencio y del sueño metódico que rendía frutos en los brazos tiernos de los difuntos. La creatividad para ella, era una mirada, un frenesí de baboseos, una inquietud sin tiempo en el lugar mas profundo de todos. El tártaro.
La farsa glamorosa y melancólica que pesaba en el idealismo irónico y corrupto paterno, le denostaba asco. Ella, conocía la capacidad universal del alma, y también la vehemencia de la condición humana. Estoicamente, Carola, fue hasta el Olimpo en un día lluvioso, tardó algunos meses regresar a su casa y cobrar ahínco. Sus lágrimas se volvieron bronce y detuvieron el tiempo.
El patriarca, sin cambio alguno, se asemejaba a aquellos perros de la calle que han perdido el rastro y el sentido de guardián, convirtiéndose en un rabioso depredador de nenas que ostentan el perfume cándido, inocente y virginal. Así, limpiándose los mocos con el puño del pullover, Carola recordó que él mientras le hablaba, siempre la miraba con lujuria y le susurraba amenazas al oído, obligándola a satisfacer los instintos más macabros y desagradables.
Día y noche despotricaba contra el cielo por tanta misericordia permitida. Entre una de tantas pesadillas absurdas que atormentaba su ser, vislumbró la gota que colmo el vaso. Ella, se había enterado que su progenitor arriaba ovejas de jardín en jardín con su transporte escolar, sin que el periódico sobre la mesa y la televisión, lo denunciara.
La odisea cobró sentido diciéndose:
-Hubiera querido saberlo ante; sí lo hubiera visto, olido, palpado ó asimilado. Seguramente afuera no crecería un mundo pleno de perversión.
-Mi padre es una personalidad malvada y cruel. –se dijo con seguridad.
Tras ese pensar, fue hasta la cocina donde estaba él. Tomó una sábana del lavarropa y amarrándolo con un nudo en la garganta, le clavó el escalpelo en la nuca. El cuerpo se desplomó lentamente hasta quedar tendido sobre los mosaicos en nock out. Carola se refregó las manos en el pullover una vez, volvía a agarrar el escalpelo y con fuerza lo desclavó de la cabeza sufrida.
Quizás, por el interés en la mitología del señor de los infiernos, el cielo se le hizo visible en sus ojos, y con melodías de deseo preparó el brazo paterno mientras fileteaba la dermis muerto y exhumado.