jueves, 4 de abril de 2024

IV

Los ojos se mueven por la excitación de los cuerpos, se empeñan en capturar el tiempo en cada movimiento. Lo que miran, en definitiva, no es tanto la figura de la joven perdida en el ruido de la pasión, como la propia monstruosidad que la habita. Ya que no la esconde ni la sobreactúa, es solo un golpe ilusorio que la transforma en la necesidad del deseo. Y en el camino vívido comienza a tener extrañas visiones y la inevitable sensación de que algo no es real. 
Segundos después un fantasma extemporáneo se toma su tiempo para poner en evidencia y con elegancia clásica la euforia de eludir aquellos tiempos de terror hasta que llegue la belleza de la amargura y así le dé la bienvenida al olvido. 
Una falla en tiempo y espacio aporta más confusión que miedo, es como que debajo de una capa acuosa comienza a emanar gas y hay que actuar con un humor sesgado frente a situaciones banales y casuales. El respaldar de la cama asordina la voz de la joven y tras un parpadeo se acaba la noche sin caer en obviedades.

viernes, 10 de noviembre de 2017

El efecto mariposa

Perdonarnos y dejarnos ir nos llenó de paz y calma. Aquellos años en donde sentíamos que adentro de nuestros cuerpos se expandía un mariposario multicolor que revolotearía infinitamente haciéndonos reír, desear y gozar se habían perdidos en la lejanía del recuerdo. El tiempo, la rutina, las decisiones mal tomadas y los silencios incómodos entre nosotros desgastaron hasta la última mariposa. Hoy desperté despegando el parietal derecho de la almohada con una sonrisa agridulce y un cosquilleo disperso en mis entrañas. Volteé  y observé a Marisa sentada sobre la cama mirándome fijo. Sus parpados intentaban contraerse y sus ojos color canela se deslucían entre un naufragio de lágrimas que a pesar de intentar contenerlas se filtraban a cuentagotas por el rabillo iniciando un surco húmedo que atravesaba su mejilla hasta desembocar en el mentón.
Ella me sonrío tibiamente, me besó y se levantó de la cama sin decirme nada. Sin embargo ese beso fue concluyente, la rigidez de los labios y el impacto seco sobre mí frente hizo sentirme como un niño que distingue el aura de los demás, cuyo colores son evidente ante cualquier emoción y los de Marisa sin duda alguna eran opacos y deslucidos.
Ya no contenían ese brillo encatador. Me levanté y fui a la cocina, ella jugueteaba con la taza de café mientras fumaba un cigarrillo.
-No soy feliz. -dijo tajante.
No me sorprendió, esperé unos segundos creando un silencio tenso que enrarecía el ambiente de la cocina tanto como el humo del cigarrillo y luego dije:
-Bueno, no siempre se puede estar feliz, sólo hay momentos agradables y regocijantes en la vidas.
Marisa intentó esbozar una sonrisa e inmediatamente hizo una calada honda al cigarrillo y sin exhalar el humo con la voz entrecortada dijo:
-Eso me tranquiliza.
-¿Qué cosa?-pregunté.
-Estar atestada con la vida y aspirar a más que a sobrevivir.
Esperé nuevamente unos segundos y un sinfín de sentimientos me recorría el cuerpo y no tenía nada qué decir. Supe entonces que había seleccionado mal las palabras y que ya no sería maravilloso estar a su lado, como tampoco haría falta atesorar vivencias pasadas, ni mucho menos proyectar un futuro. Aunque en realidad, hacía ya muchos año que habían dejado de aletear las mariposas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

It girls

Gran parte del día siempre estaba solitario y quisquilloso. En cambio, por la noche dejaba de ser un cascarrabias mientras trabajaba en las fotografías que capturaba con mi cámara. La esencia y el espíritu rebelde de esas imágenes me trasladaban a un territorio caliente, en donde se hallaba la memoria más primitiva.
No era fotógrafo profesional, pero conjugaba formas tradicionales con nuevas expresiones o algo así me decía la Negra Valdivia.
Ella vivía en frente de casa dentro de un garaje húmedo de sudor y de sonidos punk rock; pero llenos de deseos y sensaciones que liberaban el prejuicio. Ya que se juntaban todos los viernes a la noche, un grupito de “It girls” que se paseaban vestidas con unas culotes con motivos divertidos y remeras ajustadas que les marcaban sus nalgas pomposas.
Verlas a las chicas me hacía pensar que la cultura no es atributo exclusivo de la burguesía “cool” si no por el contrario, el de las masas sudorosas rezando por un poco de “fiesta, fiesta”.
Las chicas llegaban en patinetas o bicicletas y se agolpaban dentro del garaje escuchando música de The Clash o Sex Pixtols. Ellas bailaban y gritaban mientras los culotes blancos “pogeaban” entre sí.
Yo las fotografiaba con mi Kodak Instamatic, la transparencia del visor ocular es una invitación a mirarlas, a retratarlas, a convertirme en un voyerista.
Mi pija aprieta los pantalones y me inclino para quitármelos. Una de las chicas lame las piernas de la negra avanzando hacia arriba hasta llegar a su vagina; la cámara no deja de capturar imágenes de como la negra destila jugos empapándose su culote. La “It girls” arrodillada le quita la prenda y empieza a comerle la vagina y luego deslizándose suavemente para abajo llega a la raja del esfínter y lengüetea más fuerte con la punta.
El disparador de la cámara se traba, necesito una cerveza y el abrazo de alguien de mi mismo género.

miércoles, 11 de enero de 2017

III

Me acuesto en la cama y ella enciende la lámpara que está en la cabecera. ¡No puedo moverme! me da un beso en la frente y camina hacia el baño. Se sienta sobre el borde de la bañera y sube su minifalda hasta el comienzo de los muslos. Me gusta, me encanta y me marea.
Me somete y controla mis deseos y movimientos. Es una chica de veinte y pico con brazos y piernas torneadas y bronceadas; el pelo negro azabache lo sacude de lado a lado desnudando sus hombros.
¡Baila! y mueve su cintura de muñeca mientras se acerca a la cama. Suavemente se inclina descubriendo sus pechos y me susurra al oído:
–Una vez que se te pase el efecto de la hioscina, no te vas acordar de mí. Así que pensá ahora porque sos tan pelotudo y calentón para llevar a una desconocida a tu casa.–

…Desperté desnudo en el piso con el departamento pelado.

martes, 10 de enero de 2017

II

Trato de acercarme y ella sacude el brazo con el puño apretado, oigo sus pulseras tintinear. ¡Quiero que me vea! sus palabras son como besos que  robo en secreto y guardo en silencio sin compartirlos con nadie.
Ya es mediodía, las calles comienzan a inundarse de gente y ella sigue clamando con pasión y resiste a cualquier mirada. Su hombro se flexiona y sus nudillos se tensan nuevamente, con su verborragia arremeta con vehemencia. Grita pero con calma, se desviste en metáforas pero no se desnuda con palabras soeces. Su discurso contiene un alto calado emotivo.
Ella trata de explicarles a un grupo de jóvenes con aires parisinos porque anda en bicicleta o reza junto a sus perros sin asistir a misa. ¡Raro! pensarían los jóvenes y uno se da cuenta por la mirada altanera que le lanzan constantemente.
Pero así es ella, tiene una desnudez en el lenguaje imposible de revelar. Dice ser una chica que vive sola en una casa alejada pero acompañada con amor gracias a su luz.
Lástima, sé que soy mayor que ella, tengo la piel arrugada y mi cuerpo ya no es capaz de producir emociones, pero ¡quiero que me vea! así consigo un segundo de aceptación y sienta que aún puedo expeler un vaho joviales.

lunes, 9 de enero de 2017

I

Cuatro cuadras de cola no se esperaban a esta hora de la mañana. Sin embargo era de suponerse. Ella es la embajadora perfecta. Pelea y se embarra hablando de nuestra salud emocional y de nuestra sobrevivencia espiritual, de héroes solitarios con almas atormentadas que riñen en un mundo decadente que no celebra el estilo clásico americano.

sábado, 23 de marzo de 2013


Te sentías bien, aunque eran las once de la noche y el final del día se acerca. Te recostaste sobre la alfombra del living rodeada de los almohadones abotonados y con borlas flecadas. Hoy en el trabajo te tuvieron de aquí para allá haciendo esto y lo otro y las pantorrillas no te dan más. Esbozas una sonrisa mientras las masajeas lentamente, tu cuerpo se va relajando y el titilar del velador provoca que tus ojos se cierren. Recordas que cuando eras niña mirabas al cielo imaginándote lo que serías de grande; planeabas ese recorrido hasta la vejez junto al príncipe azul viviendo en un chalet rodeado de árboles silvestre.
Ahora abrís los ojos y esa niña tiene que improvisar para vivir el día a día acompañada de un plebeyo en un monoambiente de concreto macizo.

jueves, 7 de marzo de 2013


El otro día pedaleabas sobre la ruta mientras los autos te pasaban como hojas secas que empuja el viento hacia ningún lugar. Sonreías, aunque te costaba mantener el equilibrio ante la velocidad y el asfixiante olor a gas oil. Sin embargo, no te molestaba ya que en el morral llevabas un racimo de peperina fresca que te sacaría el regusto al llegar. De frente, sobre el final de la curva un monstruo de dieciocho ruedas avanzaba recolectando mantis religiosas sobre el parabrisas, el bufido al rebasarte no te achico y como una tenaza apretaste los muslos contra el cuadro de la bici para que no te tirara a la banquina. 
Continuaste, despeinada pero sonriente.

martes, 8 de enero de 2013

Bailando con la más fea en cancán. El dato de Lorcas

Bajamos del colectivo y “flaco” Colamuci bolsiqueó a un mamerto con traje que llevaba un bolso negro. En ese instante, para que él pudiera manotear algo del bolso, tuve que pechar de costado al “chabón” de corbata, que de paso sudaba como un lechón a la parrilla, dejándome la camiseta hecha sopa. Me disculpé entre dientes con el trajeado, luego de haber divisado la mano del flaco que se escondía debajo de su remera.
Apuramos el paso hacia la esquina y al llegar le dije que me revelara lo que arrebató. Sacó la mano de entre la remera y mostró un paquete de medias para mujer.
–¡Fuaaá! Gary, ya tengo regalo para la Jenny –me dijo sonriendo como si fueran las medias de Talleres que usó el “Lute” Oste, tras el gol de penal a Belgrano, en el ascenso de 1998.
–¡Pero mira “flaco” que con esas medias, todos los guchos van a mirar el ojete de la Jenny! –le advertí mientras acomodaba los fierros entre la joggineta y el calzoncillo.
–¡Va! esos gatos no valen ni dos pesos, sólo a ¡papá! entrega la Jenny el marrón –contestó sacudiéndose la nuca rapada como un perro pulgoso.
Y agregó:
–Cuando volvamos del laburo les doy la medias, así a la noche me tiro un queso antes de ir al baile del Sargento Cabral.
No sé porqué, pero se me vino a la mente la imagen de la Jenny matraqueando. Ella era una morocha corpulenta, con una boca ancha que cuando sonreía se le veían los dientes tan blancos y puros como la merca colombiana. Además, le colgaban un par de tetas que se asemejaban a dos pelotas “Futsal” papi fútbol número cinco termoselladas y unas nalgas que cuando caminaba se movían temblorosamente como dos gelatinas “Royal”, al sacarlos del vasito de plástico.
Cómo sería de mujerón que hasta las cachiporras de los cobani, enganchadas en sus cinturones, se empalmaban como mástil cada vez que la Jenny pisaba el tinglado del Sargento Cabral.
El “flaco” guardó las medias en el bolsillo y caminamos hasta un kiosco a mitad de cuadra de calle Lo Celso, en barrio Granja de Funes. Compré una Talca Cola grande y dos alfajores Tatín blancos que deglutí de tres mordiscos empastándome el buche, y tras un largo trago de gaseosa me prendí un cigarrillo.
Había que esperar a Lorcas para entrar y desguazar el rancho de Martínez. Él, trabajaba como jardinero de la casa y escuchó, mientras podaba los malvones, los gladiolos y los clarines de guerra en el patio, que Martínez le preguntaba a su mujer en dónde esconder la plata que habían recibido después de haber vendido unos campos cerca de Oncativo en quinientos mil pesos. Ella señaló algún rincón de la casa, que Lorcas no observó, ya que no confiaban en los bancos.
Ni lento, ni perezoso; el jardinero, que vivía al lado de casa y siempre le tuvo ganas a mi hermana, me tiró el dato. Yo le avisé al “flaco” y aceptamos realizar el trabajo sucio.
El plan era sencillo, Lorcas llegaba con la plumita y la pala cerca del mediodía y tocaba la puerta, una vez que le abrían nosotros de atrás lo encañonábamos y lo metíamos adentro amenazando y puteando a toda la familia hasta que nos dieran la plata. De esta forma él no quedaría pegado.
Era ya más del mediodía y el boludo de Lorcas no llegaba ni contestaba el teléfono. Decidimos con el “flaco” ir hasta la casa. Él nos indicó que quedaba al frente de una obra en construcción sobre calle Lo Celso. Divisamos un chalet con techo a dos aguas y tirantes de madera. Sabíamos que poseía cuatro dormitorios, un baño full y otro de servicio, living comedor con grandes ventanales, cocina, lavadero, un patio cubierto de flores, pileta y asador.
Desde la esquina un camión de basura detenía su marcha envuelto en un chirrido enfático. Al verlo le dije al “flaco” que cruzáramos la calle a paso lento y nos ocultáramos detrás del chaperío en la obra de construcción. El atronador alto de la compactadora hizo recordarme el aullido de “Alcides”, un perro mezcla calle con vereda que supe tener de chico y que había sido levantado como sorete en pala por un Ford Falcón rojo en la puerta de casa en barrio Maipú II.
Nos agachamos en cuclillas y una gota de sudor corría entre mi muslo, los fierros y la joggineta, al apoyarme contra el montículo de granza. Observé por encima de la chapa, que un recolector saltaba por detrás del camión para recoger las bolsas negras tajeadas por los perros de la cuadra. Con la camiseta verde pegada al pecho por la transpiración y los guantes de telas caquis rasgados en las palmas de las manos, el basurero agarraba las bolsas chorreadas de líquidos descompuestas que opacaban aún más los guantes.
–­¡E’ pedazo de culiau quesón! –escuché que puteaba a los cuatro vientos mientras columpiaba el brazo para lanzar los sacos putrefactos hacia la boca del acopio compactador, como si fuese un triple de Marcelo Milanesio.
Del otro lado de la vereda el segundo recolector pegaba un salto a lo Steven Hooker y se tomaba del pasamano lateral del camión ordenando:
–¡Dá gorriau, mové e’ocote!
Con el seño fruncido, el primer basurero se sacaba los guantes y se limpiaba las manos en el pantalón y luego llevándose el índice y el pulgar a la boca para sujetar el frenillo de la lengua, chiflaba con furia avisándole al chofer que arrancara hacia el otro cesto de basura.
Nos tiramos cuerpo a tierra cuando pasaron delante. Alcé la cabeza un par de centímetros y oí el acelerar del camión perdiéndose en la cuadra siguiente.
Me levanté y el “flaco” desde el piso me dijo:
–Pero culiado, cuando mierda va a venir ese conchudo, la q’ te remilparió.
–Tranqui vieja, ¡ya está!. –contesté ofuscado y envainando el 38 dentro de la joggineta “Kappa” de Talleres con la mano derecha.
Saqué del bolsillo con la mano izquierda el atado Derby suave y encendí un pucho. Miré al “flaco” y extendí el brazo diciéndole:
– ¡Toma! fúmate un careta que entramos.
Él, poniéndose de pié, apretó el cigarrillo entre sus labios rojos y curtidos por el viento seco e hirviendo; sin encenderlo. Le pasé el escopetón calibre 22 y enfilamos para el chalet.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Bailando con la más fea en cancán. La vuelta en calecita

La mañana de miércoles había comenzado húmeda, cálida y pesada. Me levanté boleado de la cama y desecho en agua por haber dormido envuelto en una colcha de Llama. A mí lado Natalia refunfuñaba por haberla despertado.
––¡Dalé Negro!, no hagas tanto quilombo.
––¡Ya va, ya va! ––Rezongué refregándome los ojos y agregué ––Sos más pesada que milanesa de chanco.
––¡Cállate pedazo de bolas tristes! Y levántate que a vos nunca te importan los demás. ––dijo dándose vuelta en la cama.
––¡Ohh, bué! ¡ya empezamos otra vez…! ––dije mientras me rascaba la entrepierna.
––¡No, ya empezamos otra vez, no!, cuando vuelvas del trabajo vamos hablar seriamente. ––sentenció, pero esta vez mirándome a los ojos.
––¡Cagamos!, dijo Ramos ––contesté irónicamente.
––Ándate a la mierda, Negro boludo. ––me puteó y volvió a darme la espalda.
Con Natalia llevábamos juntos dos años, pero a causa del tibio compromiso de mí parte con el casamiento, ocasionaba en ella, un sentimiento de ansía y preocupación constante que se manifestaba en planteos y discusiones hirientes que rebotaban adentro de mi cabeza como una bolita de flipper, de aquí para allá, restándome puntos a mí estado de ánimo.
Por otro lado, también provocaba que no tuviéramos sexo, y sólo lo conseguíamos cuando nos imaginábamos que estábamos con otras personas ––o por lo menos yo me imaginaba eso––.
 Me levanté y seguía rascándome la entrepierna por la serosidad que fluía entre los pelos del muslo y el calzoncillo. Abrí la ventana para que el aire me secara el sudor que corría desde mi sien hasta los flotadores de mis caderas; pero no hubo resultados. Afuera no circulaba ni una pizca de viento, sólo el sol se erguía en el horizonte irradiando oxígeno evaporado y condensado.
Solté el postigo y me tambaleé hacia un costado mientras bostezaba. Los dedos de los pies estaban entumecidos y luego de abrirlos y cerrarlos unos segundos, me dirigí al baño. Al pasar por el lado de la cama, Natalia se cubrió entera con la colcha de Llama.
––¡Apúrate que quiero dormir un rato más! ––gritó bajo la cobija peluda.
No contesté y cerré la puerta. Luego de orinar, enjuagarme el cuerpo y gastar la bolilla del desodorante debajo del sobaco; me vestí observándome en el espejo, palpé el ambo y todo estaba en su lugar. Excepto los cigarrillos; volví a la habitación y sobre la mesita de luz reposaba el atado. Los guardé en el saco y salude a Natalia a la distancia ––no me contestó––, hice una súplica al cielo y me retiré cerrando la puerta. Ya en la calle, encendí un cigarrillo apurado y caminé con rumbo a la oficina.
Trabajaba como vendedor ––puerta a puerta–– y comercializábamos un nuevo producto femenino; las “Slim Pantihose”. Eran medias hasta la cintura ––estilo cancán–– para mujeres “rellenita” que aspiraban a lucir sus piernas más estilizadas o menos gruesas, y más largas ante la vista de los demás.
El producto no era malo, sin embargo en nada diferían con las medias que vendían los ambulantes en la peatonal, ya que el proveedor de ellos; era el mismo que el nuestro.
Llegué a la oficina y escuché la voz chillona y afinada del “Gorrión” que hablaba por teléfono.
––Sí, es necesario respaldar las medias con algún otro artículo. ––contestaba mientras jugaba con el cable del aparato.
Él era el supervisor de ventas, un hombre de extremidades cortas y complexión pequeña, con un rostro chato y de tez café donde sobresalían sus labios rechonchos, ajados y oscuros que de perfil se asemejaban a unos machucones inflamados.
Entré y saludé a Susana con un beso en la mejilla.
––Llegas tarde, Negro.
––Disculpa Su, tuve un bardito con Naty… ––contesté tras un bostezo enérgico que ensanchaba mi boca.
––¡Ahhh, Negro! Sos un perejil, no entiendo como no te das cuenta la mina de fierro que tenes ––me dijo bamboleando la cabeza de un lado al otro.
Susana se desempeñaba como secretaria del “Gorrión” y se encargaba de armar la mercadería.
––Ya sé Su, pero así son las cosas, que le vamos hacer. ––le contesté y desviando la conversación le pregunté:
––¡Che! ¿Ya están preparadas las “Slim Pantihose”?
––Sí, están envueltas con sus respectivos complementos; las “Slim Kneehighs” (medias a la rodilla) y las “Slim Stockings” (medias a media pierna). ––me mostró señalando el armario del depósito.
––Ofrece los tres productos al precio de uno ¿entendés? ––me indicó con el seño fruncido y mirándome directo a los ojos.
Asentí con la cabeza mientras me tapaba con la mano un nuevo bostezo. Esto exasperó a Susana.
––¡Bué!, ahora anda al armario y fíjate en la planilla de entrada cuánto stock te toca hoy. Cárgalo y volvé; así te doy la ruta y los viáticos, rápido ¡despertá, nene! ––me ordenó ya con un tono más grave.
Llené el bolso con cincuenta pares, firmé la planilla y volví al escritorio de Susana. Sobre la mesa estaban los viáticos y la ruta marcada con un círculo rojo.
––¿Tengo que hacer “La vuelta en calesita”? –le pregunté sonriendo.
––¡Sí!, aunque no te guste, vas hacer la vuelta en calesita. –Me contestó y agregó ––Más vale que vendas algo o este mes no cobras.
Resoplé levantando la vista al cielo raso y pegué un giro de ciento ochenta grados para salí de la oficina con rumbo a la parada del colectivo.
“La vuelta en calesita”, era un método organizado de ventas que consistía en golpear la puerta de la primera casa en una esquina y luego seguir en otra hasta rodear la manzana, una vez finalizada, se cruzaba a la vereda opuesta y se realizaba el mismo procedimiento hasta completar el barrio.
Tomé el ómnibus y me senté pensando cómo aborrecía esa metodología, porque estaba seguro de que alertaba a los habitantes de las casas contiguas a las que yo visitaba. Entendía que a nadie le gustaba tener a un vendedor de productos importados de China, Taiwán o Brasil parado sobre el jardín de su casa, y para colmo ofreciendo un artículo que no se necesitaba y mucho menos deseaba. Concluía que los vendedores ––puerta a puerta–– éramos tan detestables como los Testigo de Jehová o los carteros que entregaban impuestos atrasados.
Bajé en barrio Granja de Funes. Ya para esa hora el sol envuelto en llamas, no daba tregua. Solté el pasamano del colectivo y sentí una ebullición que subía poco a poco por todo mi cuerpo a punto de explotar a través de mis poros. No sé porqué, pero recordé el viejo Lada Niva 2121 de mi padre cuando transitaba por las salinas del norte cordobés en enero. El calor húmedo hacía que la manguera del radiador se pinchara cada vez que ponía la cuarta marcha dejándonos varados a un costado del camino. Había que esperar que menguara el calor, bajará la humedad y se enfriara el motor para poder parcharlo y continuar el viaje.
Un empellón por la espalda me hizo volver en  mí.
––Disculpa, chabón ––dijo una voz temblorosa y apenas auditiva.
Giré la cabeza y dos jóvenes con jogginetas y gorras apuraban el paso. Me sequé la pera con el antebrazo y los observé yéndose. Palpé con las dos manos el saco y el pantalón, y todo estaba en su lugar. Entonces saqué el celular y llamé a Natalia; pero ella no contestó.
Contemplé la avenida Núñez y me entusiasmé con la cantidad de gente caminando por los comercios; con los autos de alta gama transitando sobre la calle y con el cuchicheo de las empleadas domesticas al baldear las veredas. Divisé la esquina de la avenida con calle Lo Celso y caminé hacia la primera casa. Era un dúplex de dos pisos color gris neutro que contrastaba con el blanco de las ventanas, tenía una estructura de líneas rectas y simétricas, ––muy sobrias y elegantes–– me dije. Además, estaba flanqueada por un portón con rejas al tono y un portero eléctrico. Por el cual llamé.
––¡Ejem, ejem! ¿Quién es? ––preguntó una voz gruesa que carraspeaba del otro lado.
––¡Buen día, jefe! disculpé que lo moleste pero seguramente no va querer perderse esta oportunidad, de quedar bien con su mujer o hijas…
Y antes de terminar el speech, la voz gruesa carraspeando más seguido; me interrumpió:
––¡Ejem, ejem! ¡No, no!, muchas gracias, ¡ejem, ejem! no tengo tiempo, estoy ocupado ¡ejem, ejem!.
Me la jugué y le insistí nuevamente:
––¡Perdone usted!, son la “Slim Pantihose”, un producto único para enaltecer la belleza femenina y además viene con “Slim Kneehighs” y las “Slim Stockings”...
Nuevamente me interrumpió la voz gruesa solicitándome que me retire, pero esta vez sin carraspear:
––¡Ya le dije que no! por favor váyase y no insita más.
––Pero señor, no deje pasar esta ganga.
––¡Tu, tu, tu, tuuuu! ––escuché que colgó del otro lado.
––¡La puta! ––dije y vi que el portón del garaje se abría hasta la mitad. Como un remolino ciego el rottweiler negro avanzó hasta chocar su hocico contra las rejas. Sus más de cincuenta kilos de masa corporal empujaban el enrejado gris haciéndola tambalear.
––¡Grrrr, grrr! ¡guauu, guauu! ––gruñía y ladraba escandalosamente, despertando el aullido de los demás perros en la cuadra.
Me retiré unos pasos atrás y con la mano derecha saqué del bolsillo del ambo, el atado de Derby suave. Lo acarreé hacia mí boca y soplé por la abertura del paquete para separar los puchos; di vuelta la etiqueta y contra el dedo índice lo impacté hasta que se asomó el filtro blanco. Desenvainado ya, lo tomé entre mis labios y encendí el cigarrillo. Me acomodé la tira del bolso en el hombro izquierdo y continué hasta la casa del lado.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La chica de los espejados lentes negros


Como cada mañana ella se encuentra detenida ante la luz roja del semáforo sobre el carril del frente en avenida Colón y Rodríguez Peña. Su rostro inmóvil mira permanentemente hacia adelante con sus dos manos aferradas al volante. Llama la atención sus labios bañados en rouge colorado brillante que resaltan y contrastan con el chasis blanco del Daihatsu Maxcuore. 
De vez en cuando su menuda nariz hace una mueca irreverente similar a un “tic” o a un gesto ingrato, sin embargo nunca puedo asegurarlo, ya que no se advierten sus facciones tras los espejados lentes negros que cubren, a partir de su respingada nariz para arriba, tres cuartas parte de su cara. 
Casi son las 8 y el ómnibus rebalsa de laburantes, estudiantes y jubilados que cada uno de ellos despachan un tufillo a sobacos limpios y alientos frescos. Vuelvo la mirada a ella y noto que flanquea el pescuezo hacia la ventanilla del colectivo, me impresiona como los espejados lentes negros se clavan directamente a mis ojos. En ese momento se me ocurre imaginar que es el primer contacto que hacemos en día, semanas, meses o quizás años de transitar por la misma avenido a la misma hora. 
Fantaseo entonces que ella se acuesta desnuda en la cama con su piel erizada y sudorosa tras sentarse sobre mí a horcajadas. Las yemas de mis dedos recorren su silueta a medida que nuestros cuerpos fundidos se reflejan en el espejo, desformándolos. 
Sin embargo antes de despojarla de todo suéter, jean o blusa de algodón que tuviese, me figuro hablándole en un tono bajo, sonriendo lo necesario para que se sienta cómoda y confiada. Sirviéndole un exquisito licor añejo que no rasgue la garganta, sino que le remueve el paladar y la estimule paulatinamente con un fervor ansioso.
Colocaría en el tocadiscos un repertorio de swing, jazz y ritman blues característicos de las orquestas típicas de los años ‘40, ’50 ó ’60 para incitar sus caderas. Y luego la invitaría a leer un libro de la serie “Elige tu propia aventura”, así pues, ambos tomaríamos la decisión sobre la forma de actuar de los personajes y modificar el transcurrir de nuestra historia.
Entonces ella estaría lista para dirigirnos a la habitación y desatar un juego tórrido donde nos desvestiríamos sobre la cama y yo bajaría mi boca desde sus pequeños pechos firmes hasta su entrepierna deliciosa mientras la escucho bramar de placer.
No obstante, la explosión de un pistón y el zamarreo en mi hombro de la mano peluda del inspector para pedirme el boleto, disipan el espectro sexual que aprisionan mis pensamientos, observo afuera por la ventanilla y descubro que el Daihatsu Maxcuore avanza entre la marea de metal perdiéndose entre las olas de esmog que irradian los caños de escapes. 
––¡La puta! ––digo ––tengo que disimular asombro y cortesía antes el impulso adrede del inspector que tilda con su bolígrafo azul el boleto. Boleto que me enumera como un pasajero más que engorda las arcas del corredor y que figurará, seguramente, como insuficientes para las actas de la empresa, de esta manera podrán pedir aumento en el ticket la próxima vez que viaje.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El guardián


En el pasillo del hospedaje ella muestra su desnudez en un oscuro silencio, el pequeño corredor magnifica el eco de sus pasos mientras avanza limpiándose los mocos con el puño del pullover. Por aquí las mañanas no son dulces y las voces de los niños no trasmiten ternura. Se observa mucha compota en los rostros de las muchachas que día y noche despotrican contra los mal nacidos lujuriosos.
Entre tanto un centenar de murmullos se alzan por todas las habitaciones sin alcanzar a percibirse de que se habla, sólo se escuchan ceceos que deambulan tras las paredes. Paredes raídas de humedad que asemejan a un pozo ciego que rebalsa cada dos por tres y que deshace en agua el sudor propio al intentar mantener la respiración por el tufillo a pellejos rancios contra los muros.
¡Oh, sí!, por aquí las mañanas no son dulces, el sol apura su paso al traspasar el techo del hostal, él quiere que su sombra envuelva el retumbar marchoso de los bastón largos que moran día de por medio en la zona. Así, sólo hay que espera un poco más para que las marcas de las macanas desaparezcan y el olor a sangre reseca flote por los cuarto, y poco a poco se filtre por debajo de las puertas e invada a toda la cuadra.
No obstante, el sol no sabe eso y debajo de su sombra se toman sorbitos de vino con cola en vasos de plásticos mientras los machos expertos gastan dinero con la intención de que las muchachas cedan y puedan acoplarse sin ser invitados. Una vez cabalgando pierden la sensibilidad, la timidez e intentan retirarse rápidamente con brusquedad y con una gran apatía ante los órganos genitales de ellas.
Braman y gozan perdiendo su libertad, ya lo diría Lacan –– "El goce, en tanto que sexual, es fálico, es decir, que no remite al otro como tal".
Es oscuro, extraño e inquietante como las sombras subiéndose los cierres de los pantalones transitan por los pasillos. La chica del corredor con pullover comenta que le gustaría viajar a Taiwán, ––¿Por qué? ––pregunto a la vez que exhalo el humo del cigarrillo con parsimonia. Ella me mira y contesta que Taiwán es el país de los LCD.
––¿LCD? ––le pregunto, ––Sí ––asegura con un tono de voz más firme y agrega que el LCD tiene una luz entusiasta y excitante que hace cabriolear en los ojos de uno, la vida de otros y lo llena de colores. Así pues, quiere estar en Taiwán con un LCD.
La chica primeriza enjuaga las lágrimas otra vez en el puño del pullover al mismo tiempo que esquiva a las jóvenes prepúberes ávidos de sexo, sonriéndome ingresa a la habitación de enfrente y noto tras cerrarse la puerta que sus ojos brillan como el gradiente del LCD.
No puedo explicarme que hago aquí, sólo sé que desempeño perfectamente mi papel y al primer salvaje que despotrica contra las muchachas, les muelo los huesos.

jueves, 24 de marzo de 2011

La casa del río

–¿Lo pude haber evitado?
–Tal vez. –especulaba mientras boqueaba aire unos segundos.
Él me había llamado bajo un arrebato embrutecido de medianoche y me amenazó diciéndome que iría tras de mí. Yo preocupado, le avisé a Elisa sobre la conversación que mantuve con él y le insistí que me acompañara a la casa que tenía en Cuesta Blanca.
Un espasmo hace que mi respiración pese como si corriese una maratón, él me mira y tira su cigarrillo contra mi cara, se da vuelta dándome la espalda y camina hacia la puerta. Escucho levemente que arranca su auto cuadrado, uno de esos autos que no sé sabe sí es un utilitario, una camioneta, una rural o simplemente un auto. Escucho que lo acelera hasta que regula y un azote de puerta truena tenuemente. Percibo que entra a la casa otra vez, sus mocasines retumban más fuertes en mis oídos, están tan cerca que puedo olfatear la pasta “Cobra” negra de sus zapatos.
El estallido de un saco azabache sobre el suelo como si fuera un fajo de alfalfa, inunda mis pulmones de aire como un tsunami descarriado. Me vuelve a observar y no dice nada, noto que bajo el brazo lleva algo similar a una pelota grande dentro de una bolsa y avanza hacia la cocina, sin escrúpulos come todo lo que hay dentro de la heladera sin dejar de sujetar el morral ovalado.
Trato de gritar o pronunciar alguna palabra y no puedo, el aire no es suficiente. Quiero preguntarle por Elisa y el regusto en la boca no me deja. Entonces pienso en ella, en el día que se mudó al lado de casa y traía un vestido por encima de la falda con volados de satín color rojo, de su sonrisa fresca y sensual, de como yo desde la ventana la miraba y un sudor cálido me corría por la piel invadiéndome hasta el interior del cuerpo.
Él regresa de la cocina y me muestra el lomo de una botella verde partida en una mano y la bolsa en la otra, con las puntas vidriada corta las ataduras del saco azabache y el contenido se desploma emanando un aroma conocido, una fragancia que solía envolverme entre mis alocados y húmedos sueños, donde Elisa me ayudaba a olvidar las frustración, las mala tarde después del trabajo y por sobre todo, a sentirme atraído a ella.
Ahora, él se sienta en el sofá y fija la mirada en el contenido del costal.
–Tenía un cuerpo hermoso. –murmura y saca del bolsillo de la campera una petaca.
Bebiéndola se erige sollozando y toma el bulto, balancea el brazo hacia atrás dándole impulso y lo tira por la ventana hasta el río sucio. Se acerca a mí y sin soltar el morral impacta repetitivamente la punta de su mocasín sobre mi abdomen provocándome un dolor profundo como si una compactadota moliera mis huesos una y otra vez.
Luego de unos minutos, el jadeo constante de él le impide seguir impartiendo puntapiés contra mi abdomen, cansado y dolido por lo ocurrido lleva ambas manos a su cabeza y alisa su cabello para atrás. Inhala un poco de aire y me dice “esto te pasa por tú morbosa falta de ética” y arroja el contenido de la bolsa contra el piso. El parietal derecho de ella estaba hinchado como un conejo, sus ojos pardos eran descoloridos y sus labios carnosos tajeado y podridos, emanaban un olor fétido.
Acometido por la venganza, el esposo de Elisa se saca el anillo y lo arroja entre la cabeza y mi cuerpo, me sonríe y se retira silbando una canción para mí.

jueves, 17 de marzo de 2011

La apuesta por el cabezón entre quemeros y luminosos

Tiro el cigarrillo y le doy la espalda a la mañana fría y ventosa. Sobre la mesa una hoja de diario escapa envolviendo la taza de café torreada, intento agarrarla pero un empujan más del viento hace que la hoja cruce la calle y repose en el cause de la Cañada. Lo sigo con la mirada y noto que se empapa, se arruga y se prepara para emprende un viaje hacia las afuera de la ciudad, allá, por los cañaverales del Río Primero.
Siento un escalofrío y cruzo los brazos, es temprano en el bar de 9 de Julio y Figueroa Alcorta, la brisa helada hace que ni el mozo venga a ofrecerme otro café. Prendo nuevamente un cigarrillo y agarro el celular para fijarme la hora, son las 6:30 y el Gordo todavía no llega. Entonces releo el diario y Marcelo Hugo posa dentro de su nuevo Porche Panamera S de cinco puertas, negro y con un motor V8 de 400 caballos de potencia. Diviso que en el remate de la nota informan que el precio del auto en la Argentina es de 209.900 dólares.
–¡La puta! –pienso.
Drácula no es un pobre tipo, ni un perdedor o un muerto vivo, es un monstruo más vivo que todos. Sabe succionar la sangre de las señoritas y de sus detractores también, bebe a su salud las mentes populares y produce clones belicosos de pastiche que generan su enriquecimiento sin ser un científico loco.
Impaciente vuelvo agarrar el celular y me fijo en el mensaje del “Bomba” Rodríguez, él era uno de los jefes de la barra de Huracán de Parque Patricio, habíamos apostado que en veinticuatro horas haríamos algo loco. Lo primero fue tirar un nombre y luego cada uno se encargaría de ir a buscarlo, no fue difícil elegir quién. Lo complicado fue el dónde para nosotros, ya que ir hasta Punta del Este no estaba en los planes y ahí se encontraba ese nombre. Ellos corrían con ventajas porque cruzaban en ferry el río de La Plata y en cuarenta minutos llegaban a Punta, en cambio nosotros desde Córdoba teníamos como 10 horas para arribar a la banda oriental. Por ese motivo, para hacerlo más interesante y ganar tiempo, doble la apuesta apuntándoles que había que cambiarlo por completo. Y ellos aceptaron.
Desde la esquina escucho un ronronear beligerante que corta el silencio melancólico de la Cañada, distingo que el Dacia 1300 color verde oliva del Gordo avanza haciendo un juego de luces. Estaciona frente al bar y sin bajarse del auto con el motor encendido me grita que suba. Llamo al mozo y pago el café, agarro el diario y me levanto, entro y saludo al Gordo, él me responde el saludo con el pulgar en alto y arrancamos.
–Vuelvo y termino la diplomatura en “Wedding Planner”. –me dice riéndose, mientras saca un porro del bolsillo de la campera.
Sonrió por su determinación y bamboleo la cabeza de un lado al otro, agarro la tuca que me entrega y la enciendo pitando un par de veces. El humo del cannabis irrita mi garganta haciéndome toser, le paso el porro al Gordo y aprisiono mis ojos entre los parpados recordando como lo conocí. Fue en el frustrado casamiento de la tía segunda Ester. Ella se desposaba con Sergio “babosa” Cortés, un jugador del fútbol cordobés que se desempeñaba como tercer arquero del “Luminoso” de barrio La France. Lo habían bautizado “babosa” por la poca reacción que tenía cuando le pateaban al arco.
El encuentro con el Gordo había sido justo cuando Ester tendida en el suelo del Registro Civil de calle Colón, intentaba decirle a Carranza, el ex dos de Huracán de La France y ex pareja de ella, que estaba embarazada de cuatro meses y que él era el padre. La tía había cortado la relación con Carranza cuando fue transferido al “Trampero” de Argüello. Ella dolida por el traslado del zaguero central, concurrió a las quermés organizada por el Club Atlético Huracán y allí conoció al “babosa”.
El ingreso de Carranza a la sala fue cinematográfico, pateó la puerta y entro disparando a mansalva hiriendo en primer lugar al Gordo y luego de un disparo en la cabeza última a la tía. Al quedar tendido en el suelo, tomé al Gordo del pantalón ensangrentado y lo saqué por la puerta del Pasaje Verna hacia la calle. Él siempre me le agradeció e hizo que fuese socio honorífico de Huracán de La France.
Habían transcurrido casi ocho horas bajo un sol agobiante y llegábamos a la localidad de Colón en Entre Río. Teníamos tiempo porque la ruta no estaba cargada y decidimos bajarnos a comer en un restaurante. El Gordo pidió Corvina ahumada con papas noisette y yo unos ravioles al pesto. Sobre una esquina, el televisor encendido trasmitía un programa de chimentos que hablaba otra vez de Marcelo Hugo.
–Viste que Lennon era hincha de Racing –me dice el Gordo al mismo tiempo que se reclinaba en la silla.
–¡Ah! sí, lo leí en el diario del domingo. –le contesté tragando un raviol reseco y duro.
El Gordo se jactaba de ser cabeza en la barra de Huracán de La France y no le gustaba realmente el rock, pero sí era importante e histórico para él que la “Mona” Jiménez con la camiseta verde amarilla hiciese algún baile bajo el tinglado del José Luís Cucciufo.
La marcha peronista sonaba en mi celular advirtiéndome que un mensaje me llegaba. Era el “Bomba” Rodríguez avisándome que ya se encontraban en Punta del Este y que se dirigirían al casino del Conrad. No se podía perder más tiempo, terminamos y pagamos sin comer postre, subimos al auto pesadamente y cruzamos la frontera con el Uruguay.
Dos horas más tarde estábamos en Punta por la zona de playa brava, los faros trapezoide del Dacia 1300 nos mostraba un paredón color naranja que cubría todo el frente de la casa con una entrada estilo colonial cerrada por un portón de caoba y la inscripción de “La Mary”.
–Esa es la casa de la Sú, la vi en la revista Caras. –murmuró el Gordo con un aliento a dulzón que empalagaba a dos manos.
Continuamos por la ruta hasta llegar a un angosto camino de tierra sinuosa rodeada de vegetación autóctona que se encontraba entre La Barra y José Ignacio. Recorrimos cinco kilómetros más sorteando pozos y lomos de burro hasta que nos topamos nuevamente con un portón, pero esta vez era de troncos bien macizos y rustico.
–¡Es acá! –dijo el Gordo estirándosele los ojos como un chino contento.
Bajamos del auto y nos acercamos al paredón de troncos, sobre la entrada había un cartel de madera tallado que decía “Guanahami”, el Gordo no se equivocaba, él leía la revista Caras todo el tiempo. Trepé por una de las columnas y observé que en la cancha de fútbol había dos personas pateando penales, el que iba al arco parecía ser el Chato y el que se preparaba para ejecutar, el cabezón.
Volvimos al auto y del baúl sacamos la llave cruz y dos bolsas negras de consorcio bien grande, nos mandamos tras saltar el perímetro y el Gordo de un llaverazo noqueo al Chato, mientras que yo tumbé a Marcelo Hugo y le apliqué cloroformo mezclado con marihuana así le daba un sabor ligeramente dulce. Lo envolvimos en las bolsas negras y lo cargamos en el baúl del Dacia, dimos vuelta marcha atrás y aceleramos por la ruta.
Atravesamos la frontera nuevamente sin sobresalto, el gendarme no salió de su garita y con la mano derecha ordeno que siguiéramos. Le pegamos como siete hora hasta la rotonda de San Francisco cuando el cielo se cerró y se puso más negro que un pozo ciego. La garúa comenzaba a caer de frente y se intensificaba a medida que avanzábamos sin que el desempañador del vidrio trasero funcionase. A la altura de Jesús María la policía caminera tampoco nos detuvo, la lluvia nos permitía cierta impunidad, ya que los cobani no querían empaparse y se quedaban dentro del lanchón.
Saco el celular y le mando un mensaje al Gallego, son las tres de la mañana y le aviso que estamos llegando. El Gallego es guardia en un edificio en construcción de Ayacucho y 27 de abril al lado de la Biblioteca Córdoba, pertenecía a la facción que comandaba el Gordo y él se encargaba de estampar los trapos con las leyendas y estandartes del querido Huracán que se colgaban en el alambrado del José Luís Cucciufo. El portón de chapa estaba abierto y metimos el Dacia 1300 de cola por Ayacucho frente a la Plaza Italia.
–¡Lo lograron! –exclamó el Gallego con una sonrisa que se estiraba como chicle.
Bajamos a Marcelo Hugo y lo dejamos para que el gaita se encargara de cambiarlo. Con el Gordo fuimos afuera a esperar y preparar la pick up para trasladarlo a La France. Una hora después, el Gallego nos entrego al cabezón listo y lo cargamos en caja de la F100.
Ingresamos al estadio por el pasaje Garayar s/n y estacionamos en la boca de entrada de una de las tribunas donde Taralila nos esperaba. Ciertamente, él vivía debajo de la tribuna y cuando nos hizo entrar al campo de deporte tuvimos que traspasar un tambor de asador con la parrilla vencida y chorreada de colesterol; un par de gomeros, una hortensias y cuatro masetas con alegrías del hogar. Al pisar el verde césped, el gordo colgó de los brazos a Marcelo Hugo en el travesaño semidesnudo. Sólo vestía una zunga roja y la cabeza teñida color verde amárela como el globo insignia del luminoso de barrio La France. Aturdido, el cabezón empezaba a volver en sí pataleando y gimoteando. Yo me apuré en sacarle una foto con el teléfono y mandársela al “Bomba” Rodríguez mientras el Gordo le decía que era una jodita. Aunque en realidad, más que una jodita era una apuesta entre huracanes.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Natalina López II

Es de madrugada y regreso en ómnibus. Natalina me deja y me dice que ella va ir a casa en puntitas de pies y que entrará por la cocina, pondrá en el fuego una sartén grande y colocará panceta picada en cubos, cebolla en trozos pequeños, ajo y margarina. Dejará que se dore unos minutos y agregará castañas con pasas de uvas polvoreándola con harina. Tal cual indica la receta materna. 
Mientras tanto, el ómnibus se va poblando de gente. Con el traqueteo de cada parada empiezo a sentir arcadas, estoy sentado contra una ventanilla empañada por el calor humano que exhalan los cuerpos de los empleados públicos, estudiantes secundarios, mujeres con niños en brazos, jubilados y uno que otro borracho trasnochador. Llevo en mis manos el documento. Gustavo Goith anuncia las primeras páginas con birome. En el centro, un retrato de mocoso serio peinado con raya hacia un costado manteniendo la boca y el corazón cerrado por ser tiempos de personalidades equívocas, brilla al traspasar el anular por encima.
Presiento que una vez cocinado el menú, Natalina masticará la “farola” y preguntará ¿Cuándo será el día?. Tragará el último bocado y pensará en la familia, los amigos, el trabajo y el amor. Recordará todas las cosas de su vida que la sobresaltaron sin penas ni gloria. Se dirá en silencio que le hubiera gustado haber nacido de nuevo y que en el documento apareciera una foto de nena con cabellos suelto, sin raya al costado.
Ahora llueve. Me doy cuenta por el chino que sube al ómnibus en la parada de la plaza San Martín, su camisa amarillo patito está pegada a su torso lampiño, dejando entrever sus tetillas rosadas y erectas, además el pantalón de vestir color gris está salpicado de puntitos negros y húmedos como un colador de acero inoxidable. Entonces pienso sí Natalina se acordará de aquél encuentro sexual fortuito que consiguió en la góndola de fécula en un súper chino.
Moqueo un poco y ese chino empapado haría recordar a Natalina lo exquisita y excéntrica que es. Ella levantaría los platos y los llevaría a la cocina. Se maquillaría a cal para entrega su piel risueña y altiva. Recorrería las calles y llegaría a la esquina donde se convertiría en carmelita descalza sí se lo propondrían, pero sólo en hoteles de principios de siglo, oficinas soñolientas o estaciones de servicio, sí la paga sería buena. Hipnotizaría a su clientela trasladándolos entre fantasías y anécdotas, haciéndoles olvidar el dolor y la soledad sin estafa. Reiría entre gatillos fáciles, detenciones arbitrarias y torturas carcelarias; y cantaría canciones Redondas con un pañuelo urbano anudado a su cuello luciendo la imagen del “Che”.
Frena nuevamente el colectivo, afuera Natalina se encargaría de ir tras su sombra y se quedaría parada sobre los mimbres oliendo a gaitas irlandesas como a cumbia regional. Sonreiría al borde de las olillas del río y mearía los jardines de alcohol artesanal sabiendo que no lograría cambiar la tinta de la birome. Entonces con un gesto imperceptible y ausente recordaría a Julio. Firmaría con su apellido para salir del cadalso.
Bajo en mi parada y seco los mocos que me hacen viajar hacia ninguna parte. Observo la entrada de la cocina y una campana de dolor resuena en mi pecho mientras sostengo la peluca en mis manos, ya sin tacón ingreso para poner la sartén en el fuego y sacarme la cal de la cara.

martes, 25 de enero de 2011

La decisión de ella

Los manchones color vino tinto sobre los almohadones del futón, aún continuaban tibios. El “natalio” desvanecido yacía en el suelo de parquet. Su respiración estaba comprometida y su cuerpo convulsionaba de a ratos.
Ella lo había decidido. Incluso a pesar de tener algo jugando entre sus labios mientras intentaba quitarse el vello húmedo de la comisura de sus labios, lo había decidido. No tendría que andar a cuesta con un patovica como las chicas del teatro de revista. Tampoco necesitaría marcar el 101 desde su Blackberry ante la somanta de él; ni correr a casa a comer un pancho despilfarrado. ¡No!.
Ella decidiría cargar sobre sus hombros la mochila para peregrinar por los paisajes camperos de la vida, buscando un cultivador que tuviera ganas de desayunar juntos en la cama. Que riera y bajara hasta meterse entre sus piernas, exhalando su aliento sobre los carpelos deliciosos de su fuente de vida y de amor.
Por otra parte, para el “natalio” no había sido un mal día en el trabajo, había corrompido a un par de uniformados, a tres damas atractivas y a un cuidadoso desesperado.
–Al llegar a la casa, sólo quiso cambiar el juego y ser otro. Otro con su actitud, logrando un panorama nuevo, grato y terriblemente sensual para él. –dijo el sargento.
–En cambio, ella traía su estrés diurno y la cuesta abajo del sueldo miserable que le pagaban en el bar de Nueva Córdoba por limpiar el vomito de los borrachos. Teniendo que tratar de vez en cuando con algunos desquiciados que están buscando venganza, alguna redención, y otros, ambas cosas. –concluyó.
La mirada inclaudicable fijada hacia el cielo raso de la casa que la femenina conservaba, aterrorizaba a los muchachos. Ella mantenía trabada el maxilar con dureza, embadurnada con borrones de color vino tinto por todo su cuerpo desnudo, recorriéndole por su estómago, bajando por su piel, tenue y ligero, deleitable y real como un chirlo cobarde que justifica su patronato al igual que un almohadón.
El desengaño florecería arriba del futón. El “natalio” quería terminarle en su boca sabiendo que no le gustaba a ella. El agarrón violento que le hizo por la nuca empujándola hacia delante para que se atragante con su miembro, le ocasionó arcadas y un cierre automático de la mandíbula.
Sus cañonazos seminales se interrumpieron por un ahogamiento bucal.
–El grito monstruoso despertó al hijo que dormía en la habitación contigua. Se levantó y corrió al comedor, entró y observó la herida profunda del padre. Se asustó, ya que desde el muslo manaba mucha sangre esparciéndose por los almohadones del futón, y el niño también lloró. –presumió el sargento.
Luego, la femenina obligaría a su hijo a acostarse boca abajo para que se quedase quieto, le conversaría con la intención de que entendiera que no sería golpeado más, y que todo pasaría. Remató el sargento primero.
Tras treinta minutos de espera, la agente de la comisaría de la mujer llegó. Ella decidió escupir el glande de su boca atinando a decir que “en el clímax las personas nos desconectamos por unos segundos de nuestra conciencia”.
Aunque ella conciente, de reojo divisaba aliviada al “natalio” desvanecido, pidió ver al hijo un instante y abrazándolo le dijo:
–¡Termino la lucha! –, y agregó –no seas como tu padre, trata bien a las mujeres.

viernes, 21 de enero de 2011

Se acabó el mito que nos hacía sentir completo ya que luego de dieciocho lunas, el gritos se ahogo

El viento áspero se quiebra en mi nuca cimentándome un dolor en el pecho. Vuelvo loco con mis pensamientos dejando atrás la huella de ser un otario. Transito la recta del santo y la brisa con olor a algas, me acompaña. El eco del ronroneo y la vibración del Aleko retumban en los añejos ladrillos del horno histórico. A medida que acelero, intuyo que el rechinar de la marcha cuando entra en tercera, no se escuchará más por el paraje.
–Me asfixia la tristeza y la desilusión ante la sordidez y la indiferencia (…), las palabras disfrazadas de sentimientos inexistentes se desvanecen como el humo que exhalas cada vez que haces una pitada. –dijo.
Me doy cuenta entonces, que no cruzaré más los barrios cerrados, tampoco los caminos sinuosos de los sierras chicas, ni el gran lago; la flor de Busto no me recibirá y la santa virgen no me acogerá bajo su poncho serrano.
Rebajo la marcha ante la procesión folklórica de autos y los moscardones verdes que se aferran a la parilla delante del radiador, me vaticinan que no comeré más los pollos de corral, que mis pies dejaran de pisar el agua fresca encerrada entre el pedrusco cause como guarda rail debajo de la casas de los locos, y que las jaurías de cucos y cuquitos no me ladraran y mearan las llantas del Aleko, nunca más.
Resoplo por el desconsuelo reverso de nuestro amor. Afuera las sombras metálicas avanzan en trancos cortos tras poner primera. El pataleo insistente de la mantis religiosa para hacer pie en el parabrisas, me advierte que allá, sobre el monte dulce, el cristo no vigilará más el andar de este a oeste y de norte a sur que el Aleko automáticamente recorría.
Punto muerto de nuevo. Adelante, el sable luminoso de la caminera decidiendo quién pasa o quién se queda ya no servirá más como talismán. La venia aprobatoria hace que atraviese y mire por última vez la pradera, el sueño Ingalls se desvanece, se esfuma como el humo exhalado del cigarrillo. Coloco primera y miro para arriba, sobre el tapizado gris del Aleko que la luna ya no brillará.

martes, 18 de enero de 2011

El coleccionista de minas

El “flaco” enrollaba bien apretadas ocho hojas de diario hasta que quedaban como “chorizos”, luego apoyándolos sobre la parrilla los ataba uno por encima del otro formando círculos serpentinos hasta dejarle una mecha arriba. El tunga tunga de Sabroso repiqueteaba por los parlantes del fondo que se encontraban detrás de la barra del comedor junto al asador. El parrillero –de delantal blanco y gorra del mismo tono con el logo de las tres tiras –distribuía en forma pareja los cascotes de carbón negro  alrededor de la chimenea de papel, así una vez finalizado, le prendería la mecha para que el fuego comenzara a sacarle el frío a la parrilla.
Nosotros no esperábamos por el asado, sólo tomábamos café en el bar frente al Paseo de las Artes sobre calle Belgrano. Joséma conversaba mientras se despegaba las entrepiernas del jeans apretado, y yo daba pequeños sorbos al jarro de café. De tanto en tanto, la puerta de entrada bamboleaba de lado a lado crujiendo tan molestamente como el chirrido insesable de los colectivos al frenar en la parada delante del ventanal donde nos encontrábamos.
Tras tragar la cafeína torreada divisaba que un chico entraba con su cara lustrosa de transpiración y sin que el mozo se percatase de ello dejaba sobre las mesas las estampitas santorales y las tarjetas de amor Junot. Le hice una seña con la mano derecha y le entregué un billete con el retrato azul de Bartolomé Mitre. Le dije que me dejará la estampa de San Cristóbal –el popularísimo gigantón que transporta a los conductores en sus hombros–, el cara sucia me lo entregó sonriendo y tímidamente me pidió un trago de soda, luego de vaciar el vaso sin piedad se atragantó con las agitadas burbujas hinchándole los cachetes, me miró retirándose con el billete de dos pesos entre sus manos envuelto en un tufillo de carne asada y eructando dijo “gracias”.
–¿Tenés que viajar? –preguntó Joséma.
–Sí, mañana tengo que ir hasta Cuchi Corral, competimos con unos amigos en parapente. –le contesté sin quitarle la vista a la estampa del santo.
–¡A sí, qué bueno! –me dijo y agregó:
–No sería entonces mejor llevar la estampa de “San José de Cupertino”.
Me quedé mirándolo un instante y por la cabeza se me cruzó la idea de que sólo los tontos podían esperar que una simple estampa proporcionara un protectorado antes las calamidades de lo dado en el aquí y el ahora, ya que tarde o temprano llegaría, y ningún supersanto nos salvaría.
–¡Sí es por mí! preferiría un protector que tenga capita como Superman. –contesté y luego le manifesté mi inquietud por el arte:
–En realidad las colecciono, me gustan las imágenes renacentistas y barrocas que muestran las tarjetas.
 Al escuchar esto Joséma asentó con la cabeza. Él era un artista provocador de tez morena, cabellos negro que usaba alpargata de yute azules y una camisa a rayas rojas desabotonadas hasta el pecho dejando entrever un penacho oscuro en forma de mota enredada; ojos saltones y penetrantes con fuertes rasgos masculinos que no revertía parentesco con su tono de voz aflautado y afeminado.
–Me parece muy bien, –contestó –aunque prefiero coleccionar minas y algunos cuadros. –sentenció.
–¡Mmmm…! eso es un hobby caro y difícil de clasificar. –le dije.
–No te creas. –indicó columpiando el dedo índice de un lado al otro.
Además, preguntó mientras me quemaba los labios con el borde de la taza caliente y humeante:
–¿Una mina es coleccionable por el hecho de ser mujer? o ¿un cuadro es coleccionable por el simple hecho de ser pintura?
Tragué el sorbo de café hirviendo lentamente y releí el panfleto de las clases de pintura que él daba mientras pensaba en el sexo –ya que cuando se habla de minas automáticamente lo asocio al sexo –, pero por alguna razón innata nunca pude asociar a las minas con un cuadro abstracto. Inquietamente mi memoria empezó a divagar por diversas imágenes publicitarías de minas carneadas y voluptuosas sobre lienzos con soportes mediáticos, y como los eslogan de moda permiten a esas “minitas” subirse a cococho sobre nuestras sombra cada vez que ingresábamos a un baño caliente.
 La mirada retórica de Joséma a espera de una contestación hizo que como un boludo le respondiera sonriendo:
–¡Y sí!, coleccionar culo y tetas es tentador pero, a mí no me importa porque sólo quiero arte plástica y no minas plásticas.
La carcajada espontánea de Joséma me inquietó un poco, el tono parecido a un chacal en celo y el brillo característico que adquiría sus encías aumentándole las secreciones lacrimales, de orina y saliva, me recordó a mí hermano mayor Ezequiel.
Ezequiel, –o como yo lo llamaba, cabeza de piedra para trancar portones –reía de igual modo. Joséma se descostillaba de la misma forma que él, sobretodo cuando el “big brother” con su circunferencia redondeada, abollada, hosca, dura y sucia que portaba como balero similar a una roca hueca, me decía “niñito de mamá”.
El mozo percatándose de tanta exacerbación, se acercó a nuestra mesa tratando de advertir a que venía semejante risotada. Yo rascándome la cabeza le pedí la cuenta. El joven asentó con la cabeza y nos anunció “que la estaban preparando”, recogió los jarros de cafés vacíos y se retiro.
Joséma refregándose los ojos volvió la mirada hacia mí y me pidió un momento para recomponerse, cambió las muecas de sus facciones y me dijo:
 –¡No! lo coleccionable de las minas es que no tienen algo que le cuelgue sobre las piernas. Y así también es en la pintura, no tenés que tener nada que te cuelgue para poder fluir y expresarte en el lienzo.
Luego de su particular explicación sobre el compilar de las mujeres el mozo trajo la cuenta y pagamos, me invito que fuéramos a su taller en calle Laprida a media cuadra del bar. Caminamos esos pocos metros y decidí convidarle un cigarrillo, agarró un pucho con la mano derecha mientras con la izquierda revoleaba como unas boleadoras el largo llavero de tela.
Me explicaba, tras cada pitada, que dentro del “fauvismo” hay un colorismo fuerte con un profundo trasfondo psicológico fragmentado en contrastes y desigualdades, pero que todo ese academicismo era una boludez tan grande como una casa y que veía en mí una vocación conmovedora.
Al llegar a la puerta volvió acomodarse la entrepierna sujetando la colilla del cigarro con el meñique y el anular, balanceó el picaporte e ingresamos. El taller era muy amplio, una casona con las paredes volteadas que asemejaban a un gran deposito de materiales plásticos donde en el fondo mantenía el baño; ventanales con grandes aberturas de madera y un cielo raso muy alto donde el eco de la voz retumbaba una y mil veces. En fila india avanzábamos por una especie de corredor con varias puertas que ya no estaban, pero sí los marcos, decía que las mantenía en pie porque representaban portales hacia la creatividad. Cruzamos uno de los zaguanes donde se encontraban una docena de cuadros con imágenes de mujeres atrevidas, lujuriosas y vanidosas que habían posado para sus lienzos en posiciones morbosas.
–¡Acá tenés!, mi compilación de minas. –dijo sosteniendo uno de los retratos.
–Ésta minita tenía sueño húmedo y la fantasías erótica de que le pintara el cuerpo. –explicó.
Miraba absorto cada una de los lienzo y especulaba con que esas mujeres seguramente no cocinaban galleta, sino chorizos, que no jugaban con muñecas pero si con muñecos y que no contaban cuentos clásicos más que con el fiolo de la cuadra. La representación de una mujer rubia con el pelo recogido, semidesnuda y recostada sobre el césped, cubierta solamente con una bombacha celeste y blanca, me impactó.
Al darse cuenta de mi fascinación, Joséma me reveló que ella era tan hermosa como el zapatazo del “Chango” Cárdenas que derribo en 1967 al Celtic de Escocia sobre el Centenario de Montevideo. Además, tenía la impronta de la justicia social, nacional y popular.
–Así que las mujeres bellas son de Racing y peronista. –le dije con una sonrisa pícara.
–Por supuesto, te cabe alguna duda. –sentenció serio.
Nos retiramos del cuarto y me explicó como era el taller, cuanto salía y que materiales utilizaría. Acordamos para comenzar el lunes y lo saludé con la mano izquierda ya que con la derecha él seguía acomodándose las bolas.
Salí del taller y me dirigí a la parada del colectivo sobre Belgrano. Una vez allí y luego de treinta minutos de espera, el C4 no pasaba, el reloj parecía detener su ritmo y el olor a licor, tabaco y perfume barato empezaba a esparcirse por la zona. El silencio monótono atravesó mis tímpanos ya que a esa hora no pasaban ni las lauchas.
Después de un par de pitadas, lentas y suaves que corroía mi garganta seca, observé en la esquina de Achával Rodríguez, como un cuerpo femenino de pierna y senos sensuales que te obligaba a respirar despacio para saborear cada partícula sudorífica, estiraba el brazo haciéndole seña a un auto que parecía ser un Taxi.
Yo que me encontraba media cuadra antes que ella decidí jugármela e intentar que el chofer me llevara a mí, y al igual que la mujer extendí mi brazo deslizándome del cordón a la calle, casi perdiendo el equilibrio. El Renault 9 paró a un metro mío y bajando el vidrio desde el interior una voz preguntó:
–¡A donde vas pá!
– Para el cerro. –le contesté
–¡No! muy lejo, estoy terminando el turno ¡disculpá! –argumentó fijando la vista en Achával Rodríguez.
Puso primera y arrancó disminuyendo la marche en la esquina. Un repartidor de pizzas en moto me rozó a cien km gritándome –¡cuidado pelotudo! –, giré nuevamente y observé que la mina se acomodaba bajo la minifalda la entrepierna mientras abría la puerta delantera, volteó la cabeza sobre sus hombros y me lanzó un beso, luego trepó al auto como si fuese una palmera y se fueron.
Sin poder creerlo guarde las manos en el bolsillo del pantalón, la estampa de San Cristóbal estaba allí reposando. La froté un segundo y concluí que a los tacheros les gusta coleccionar traviesos.

viernes, 1 de octubre de 2010

Steven no tiene un bolso negro en su placard, pero mi mujer sí

La cámara lo enfocaba de frente, Steven montado en su camioneta “Cadillac Escalade ESV” junto a su equipo de élite policial, monologaba con una escopeta en la mano y sin enfocar su mirar a la lente de la cámara. Desde otro ángulo, una segunda cámara divisaba a dos muchachos de color caminando por las calles de Louisiana, y éstos al ser interceptado por el "gordo" Seagal y su grupete de gorilas arrojaban un papel al suelo.
El fundido de la imagen en negro dio inicio a la tanda publicitaria, me levanté de un envión de la cama y asenté los pies sobre el suelo, tomé de la mesita de luz el atado y encendí un cigarrillo ha espera de que comenzara el episodio siete de Steven Seagal Lawman por la televisión.
Estando sentado en el borde de la cama con el cigarrillo en mis labios, miré el bolso negro que se encontraba guardado en un rincón del placard, ella no me decía nada y yo notaba su mirada profunda e intranquila sobre mi nuca. Por el silencio y la rigidez que percibía detrás de mí, me daba cuenta que ella pensaba que armaría un escándalo si no veía lo que había dentro del bolso.
Sonreía ante la situación y recordaba, mientras el fulgor del televisor impactaba sobre el parietal derecho de mi cara, que la segunda vez que la vi a ella llevando el bolso negro de las manijas rellenadas de goma espuma, con la insignia de General Paz Juniors, fue cuando nos mudamos al departamento de bulevar Illia en el barrio de Nueva Córdoba. Pero la primera vez, fue cuando la conocí en el camping municipal de Mina Clavero un día de enero donde acampábamos en una carpa iglú con dos amigos, y ella junto a su familia aparcaban el motorhome al lado nuestro.
Había sido raro el encuentro, tuve que tocar la puerta de la caravana andante para pedir un poco de yerba mate, y cuando me abrieron observé que ella estaba transpirando y jadeando un poco, sus padres al parecer no se encontraban y ella parada al frente mío con el bolso negro en la mano derecha y la mano izquierda en el picaporte, me deslumbró, la miré de arriba abajo, tenía un pantalón corto rojo con el botón desprendido y la parte de arriba de la bikini color piel. Al subir la mirada hasta sus ojos, se me cayó el cigarrillo de la boca quemándome el dedo gordo del pié por contemplar tanta hermosura. Le pedí yerba, la invité a tomar un amargo y también, que se quedara la vida eterna a mí lado. Ella aceptó aferrándose a su bolso negro y luego de diez meses de romance decidimos vivir juntos.
Así, comenzaba la época del 8 “C” en Illia, un monoambiente de mierda que medía cuatro metros de largo por cuatro metro de ancho, además, la única ventana que conservaba el piso daba a una pared de concreto gris de un edificio colindante al nuestro. El paisaje del “orto” que amanecía todos los días al correr las cortinas, hizo que ubicáramos la cama debajo de la ventana para no mirar la pared gris de concreto al despertarnos. Entonces, decidimos cambiar el muro de las mañanas por la cocina grasienta y diminuta que se limpiaba solamente gracias a las lluvias torrenciales que se filtraban por la campana del extractor.
Pasaron dos años y no mudamos nuevamente, hasta ese momento nunca me había percatado que debajo de la cama, Marcela dejaba el bolso negro entre sus pantuflas y las cenizas amontonadas de los cigarrillos fumados por mí.
Alquilamos esta vez un departamento de dos ambiente en la calle 25 de Mayo de barrio General Paz, a unas pocas cuadras donde vivían los padres de Marcela. Desde la ventana las copas de los árboles eran verdes y no grises, los pájaros volaban atravesando el firmamento del cielo celeste y sus cagadas no se resbalaban por una pared de concreto gris y húmeda, sino que ahora se imprimían en las baldosas del balcón de casi un metro cuadrado adosada a la ventana.
Hago un pitada extensa dándole la espalda a ella y le digo –Sé qué seguramente me lo dijiste un montos de veces– exhalo el humo un momento y pregunto –¿pero realmente es importante lo que hay dentro?
Sin dejar de darle la espalda escucho que ella me contesta –¡Para mí sí! y vos sabes bien por qué– y agrega –te he contado un montón de veces que no aguanto las ganas d...
–Shhhh…! –atino a callarla con el dedo índice en la boca antes de que terminase la frase.
Seagal baja de la camioneta “Cadillac Escalade ESV” y detiene a los dos muchachos de color, los coloca contra el paredón de la cuadra y los interroga sobre el papel que acaban de tirar. Dos jóvenes oscuros en los “state” detenidos; como si fueran dos guachos caminando por las veredas de barrio Oña y porque no, como dos orientales que pataconéan por la acera de Seúl o dos turcos deslizándose por las callejuelas de Estambul. En fin, los formatos “realitys” de poli son todos iguales, pienso.
Marcela se levanta de la cama y distingo que su silueta cruza entre el televisor y mi cuerpo flácido sin dureza alguna que se amalgamaba al colchón “Piero” de una plaza y medio. Dirigiéndose hacia el placar, escucho que saca algo y se mete rápido al baño.
Mientras tanto, los morochos intentaban explicar que no estaban haciendo nada malo y que sólo caminaban por el barrio; el “Lawman” dudando se desplazaba como media cuadra hacia el lugar en donde uno de los pibes habría tirado el papel.
La vibración y los gemidos que salían del baño me extrañaron, giré la cabeza en dirección al placard y divisé que en el rincón no se encontraba el bolso negro con la insignia de General Paz Juniors. Vuelvo la vista al televisor y veo que Steven levanta un papel de “Chiclets Adams” y putea por haberse equivocado con los jóvenes afroamericanos, él se disculpa y justifica su error haciendo un chiste a cámara donde sostiene que su vista lo traicionó porque no tuvo sexo la noche anterior con su secretaria, y riendo sube al “Cadillac Escalade ESV”.
La vibración y los gemidos se detienen y Marcela sale del baño traspirando y jadeando, no distingo el bolso en sus manos, pero supongo que lo dejó arriba del bidet para que yo lo viera cuando vaya a mear y así, al abrirlo y observar el contenido del bolso negro, me hiciese sentir culpable y menos hombre por no tenerlo a pila.