martes, 25 de enero de 2011

La decisión de ella

Los manchones color vino tinto sobre los almohadones del futón, aún continuaban tibios. El “natalio” desvanecido yacía en el suelo de parquet. Su respiración estaba comprometida y su cuerpo convulsionaba de a ratos.
Ella lo había decidido. Incluso a pesar de tener algo jugando entre sus labios mientras intentaba quitarse el vello húmedo de la comisura de sus labios, lo había decidido. No tendría que andar a cuesta con un patovica como las chicas del teatro de revista. Tampoco necesitaría marcar el 101 desde su Blackberry ante la somanta de él; ni correr a casa a comer un pancho despilfarrado. ¡No!.
Ella decidiría cargar sobre sus hombros la mochila para peregrinar por los paisajes camperos de la vida, buscando un cultivador que tuviera ganas de desayunar juntos en la cama. Que riera y bajara hasta meterse entre sus piernas, exhalando su aliento sobre los carpelos deliciosos de su fuente de vida y de amor.
Por otra parte, para el “natalio” no había sido un mal día en el trabajo, había corrompido a un par de uniformados, a tres damas atractivas y a un cuidadoso desesperado.
–Al llegar a la casa, sólo quiso cambiar el juego y ser otro. Otro con su actitud, logrando un panorama nuevo, grato y terriblemente sensual para él. –dijo el sargento.
–En cambio, ella traía su estrés diurno y la cuesta abajo del sueldo miserable que le pagaban en el bar de Nueva Córdoba por limpiar el vomito de los borrachos. Teniendo que tratar de vez en cuando con algunos desquiciados que están buscando venganza, alguna redención, y otros, ambas cosas. –concluyó.
La mirada inclaudicable fijada hacia el cielo raso de la casa que la femenina conservaba, aterrorizaba a los muchachos. Ella mantenía trabada el maxilar con dureza, embadurnada con borrones de color vino tinto por todo su cuerpo desnudo, recorriéndole por su estómago, bajando por su piel, tenue y ligero, deleitable y real como un chirlo cobarde que justifica su patronato al igual que un almohadón.
El desengaño florecería arriba del futón. El “natalio” quería terminarle en su boca sabiendo que no le gustaba a ella. El agarrón violento que le hizo por la nuca empujándola hacia delante para que se atragante con su miembro, le ocasionó arcadas y un cierre automático de la mandíbula.
Sus cañonazos seminales se interrumpieron por un ahogamiento bucal.
–El grito monstruoso despertó al hijo que dormía en la habitación contigua. Se levantó y corrió al comedor, entró y observó la herida profunda del padre. Se asustó, ya que desde el muslo manaba mucha sangre esparciéndose por los almohadones del futón, y el niño también lloró. –presumió el sargento.
Luego, la femenina obligaría a su hijo a acostarse boca abajo para que se quedase quieto, le conversaría con la intención de que entendiera que no sería golpeado más, y que todo pasaría. Remató el sargento primero.
Tras treinta minutos de espera, la agente de la comisaría de la mujer llegó. Ella decidió escupir el glande de su boca atinando a decir que “en el clímax las personas nos desconectamos por unos segundos de nuestra conciencia”.
Aunque ella conciente, de reojo divisaba aliviada al “natalio” desvanecido, pidió ver al hijo un instante y abrazándolo le dijo:
–¡Termino la lucha! –, y agregó –no seas como tu padre, trata bien a las mujeres.

No hay comentarios: